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– Rolling Stones- Black and blue (1976). Aquel año que pasamos bastante pasados


Algo raro pasaba: no era normal que un guitarrista diera roscos a los todopoderosos Stones, la mejor banda del mundo. Mick Taylor se largó sin explicar bien el motivo. Aún hoy Keith se lo pregunta: “Todavía no sé por qué nos dejó”. Algunas hipótesis: la peor fase con las drogas de Richards, las ansias de Jagger por entrar en contacto con la jet… El caso es que con Taylor se marchó el rhythm and blues más auténtico. Black & Blue fue el primer álbum de la banda en su peor versión de adultos más aplicados al negocio que al rock and roll. A partir de él, inician su particular y disimulada cuesta abajo creativa, dejando aparte el corto Some girls y algunos momentos de Tattoo you.

Tras el rockglamouroso de It’s only rock’n’roll, el grupo se intrinca en otros estilos más de moda en aquellos tiempos: funky para público blanco, música disco o reggae más etílico que marihuanero. Se ha escrito sobre este elepé que es como si sus autores hubieran tratado de suplir la ausencia de canciones a base de alargamientos instrumentales, y en eso quizá tenga bastante que ver el infausto organista Billy Preston, que ya había enguarrinado el Let it be de los Beatles. Aquí incluso llega a compartir micrófono con Jagger en el pedorro Melody. Por cierto, el labiudo cantante empieza a contraer gran parecido con una señora, gracias a un falsete que bordea lo ridículo. El recién fichado Ron Wood llega sólo para hacerse las fotos, quedando las guitarras –y varios bajos– en manos de un Keith Richards más atento a la vena que a otra cosa. Horrendas Hot stuff y Hey Negrita, puro dance hortera, lo peor es Cherry oh baby, en la que el grupo se mete en un jardín de reggae pisoteando las flores como hooligans borrachos. Fin del sueñostone. Texto: Fernando Martín.

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– The Beatles- Let it be (1970). La oveja negra de una discografía insuperable

Hay encargos envenenados: elegir el peor disco de los Beatles es una puñalada trapera. Su peor disco figura seguramente entre los 500 mejores de la historia, siendo pesimista, y cualquiera de sus contemporáneos lo habría firmado con los ojos cerrados. Pero elegirlo también tiene morbo. Si descartamos los tres primeros álbumes, por ser una inmensa explosión de inspiración y delirio universal, llegamos al cuarto, Beatles for sale, en el cual se nota una cierta fatiga sin ningún single matador: habían vivido 24 meses de exceso de producción de singles, ep’s, elepés, giras de Inglaterra a EE UU, de Francia a Australia, incluso una película, todo en apenas 24 meses. Pero seguíamos hipnotizados y no lo discutimos entonces ni ahora.

Después vivimos dos años de delirio, de Help! a Sgt. Peppers, pasando por Rubber soul y Revolver, durante los cuales no hubo tiempo para tomar aliento. ¿Alguien ha sido capaz de tanto en tan poco tiempo? Apenas hemos consumido un lustro desde el principio. ¿Le hacemos pagar el pato a Magical Mystery Tour o a Yellow submarine? No, porque no fueron propiamente dos álbumes: el primero era un doble ep, y el segundo un ejercicio imaginativo con sólo cuatro novedades y una cara B ajena. Así que llegamos al White Album, con sus 30 pequeñas joyas individuales, y a Abbey Road, exquisito en su cara A, que iba de Come together al electrizante I want you, pasando por Something, y la delirante cara B, conHere comes the sun, de aperitivo, y una suite impresionante de pequeñas gemas.

Como llegamos a la recta final de una carrera irrepetible, sólo puede haber una oveja negra y esa debe serLet it be. En primer lugar, porque a pesar de una de las partes (Paul McCartney), la obra fue entregada a Phil Spector para que añadiera cuerdas y coros a su antojo, destrozando la idea original. Después, porque fue la manzana de la discordia que acabó con el grupo más creativo y revolucionario de la historia. Y por último, y sobre todo, porque desde hace poco tiempo existe Let it be… Naked, tan próximo al proyecto original, con la frescura y los defectos de una grabación en directo y sus indudables encantos. En cualquier caso, si el mundo estuviera lleno sólo de discos tan malos como Let it be, la vida sería sin duda más bella. Será el peor disco de los Beatles pero volvería a comprarlo. Texto: Alberto Vila

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– Led Zeppelin- The song remains the same (1976). Todos se citaron en el Madison, pero faltaron las musas

En 1973, Led Zeppelin ofrecía en EE.UU su gira más celebrada hasta la fecha. Conciertos multitudinarios, récord de taquilla y todo eso. Cuando el tour ya tocaba a su fin, la banda, muy endiosada, decidía grabar un recital en el Madison Square Garden para su posterior lanzamiento como filme. A la cita se presentó todo el mundo, pero fallaron las musas. Tres años más tarde, a finales del 76, el estreno del rockumental The song remains the same resultaría un fiasco, como la banda sonora que lo acompañaba. El disco se hacía demasiado espeso incluso para los amantes del rock progresivo: sí, Plant aullaba como siempre, había solos larguísimos y el repertorio esperado, pero, ¿y la magia? The song remains the same, tanto la película como el doble elepé, fue un gancho al mentón de la reputación de los Zep como grupo de directo. En cuanto al filme, el propio Page admitía la misma semana de su estreno que era un poco coñazo, aunque “es una declaración razonablemente honesta del lugar en el que estábamos en ese momento concreto”. Texto: Tito Lesende

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– Bob Dylan- Self portrait (1970). Sus fans hurgaban su basura en busca de una respuesta

A posteriori, Dylan ha intentado justificarlo como un intento de desmitificarse: en aquellos días, hasta tenía dylanólogos vaciando su cubo de la basura en busca de evidencias (“¿es yonqui?/¿se ha pasado al sionismo?/¿en qué invierte sus millones?”). Otra excusa era su bloqueo creativo, pero, entonces, ¿por qué lanzar un disco doble? Self portrait señala la llegada del cáncer que le convertiría en el más frustrante de los artistas: el desprecio por el proceso de crear en el estudio (hay temas que se grabaron en Nashville sin su presencia), la humillación sistemática de sus canciones clásicas, las versiones de piezas ajenas hechas con los pies. La fea portada, paradójicamente, era fiel al desgalichado contenido. A Self portrait sólo lo defendió Juan de Pablos, en la revista AU. Ahí es cuando descubrimos que lo de Juan era grave. Texto: Diego A. Manrique

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