En la corta vida de Julio Sánchez Espinoza, las palabras “madre”, “patria” y “pobreza” se mezclan en una sola. Todos sus esfuerzos, que lo llevaron a ingresar al Ejército en abril de 1973, estaban centrados en terminar con las necesidades de su extensa familia, con 20 “hermanos”, y cumplir los sueños de su madre, Rosa Espinoza Romero. Sueños que se reducían a comprarle unos zapatos de charol.

Hoy, con 92 años, la madre de este soldado conscripto muerto el 23 de septiembre de 1973 tras ser baleado “accidentalmente” por un compañero, cuenta cómo ha sido su vida sin el “mártir” de la familia, a casi 40 años de su desaparición, producida en el ajetreo de aquellos días militares centrados en allanamientos, “guerra” y detención.

“Nosotros vivíamos en San Bernardo, que era muy humilde, pura gente pobre. Tuve 15 hijos, siete mujeres y ocho hombres. Y fuera de eso, crié tres niñitas huérfanas de una comadre. Además, tres sobrinos. 21 niños en total. Los crié a todos en un cité, comiendo porotitos, pantruquitas y pancito añejo. Pero era una vida más sana. Había pobreza, pero era bonito, tranquilo”, parte diciendo en la entrevista concedida a The Clinic OnLine en la misma casa donde veló a su hijo Julio, quien nació en 1955, siendo el onceavo en la lista. “Era muy bonito, fue un muñeco que Dios me mandó”.

Pero toda posible belleza terminó para su familia, que votó en masa por Jorge Alessandri, con el gobierno de la Unidad Popular. “En 1973 no teníamos qué comer, había harta plata, pero no había qué comer. Para unos pollitos así (indica pequeñez con las manos) había que hacer tremenda cola. Llegaba una persona media macanuda y te pegaba el empujón. No había pan, harina, azúcar, nada. Tampoco había pega”.

“Un día mi hijo Julio me dijo ‘mamita tengo que hablar con usted. Con unos amigos nos inscribimos voluntarios en el servicio militar y el lunes nos presentamos’. Tenía 17 años, pero era grande y gordito. Me dijo tantas cosas cuando se fue que yo aquí las tengo, en la memoria. Me dijo ‘mamita, yo con mi primer sueldo le voy a comprar unos zapatitos de charol como esos que usted me contó que una vez le compró su papá. Y va a tener para darle a mis hermanos’”, contó emocionada la señora Rosa, clásica vendedora de lanas en puestos de varias ferias de San Bernardo.

El golpe

Tras el juramento a la bandera, en julio del 73, el joven soldado comenzó a hacer un curso de radioperador, oficio que finalmente lo llevaría a la muerte.

El 8 de septiembre, a días del golpe, Julio fue al casamiento de su hermana Margarita, ceremonia que sería la despedida de la familia. “Un día me dice ‘mamita, si me llegara a pasar algo usted va a quedar bien, porque va a quedar mi sueldo a usted. Ya no va a haber más pobreza mamá, va a tener mi platita para comprarle zapatos a mis hermanos”.

Y ese día llegó. El conscripto fue protagonista -según el relato de su madre- en el asalto a La Moneda del Presidente Allende y como radioperador fue clave en los múltiples allanamientos a poblaciones; lo que es motivo de orgullo para su estirpe.

“El 18 de septiembre supe que a mi hijo lo habían trasladado de la Escuela de Infantería de San Bernardo a la Famae. Fui a verlo, y al rato llegó en una camioneta. Irreconocible, flaco, tiznado, todo rajado. Yo le dije mijito tanto qué te he echado de menos, vente con nosotros. ‘No mamita, eso es imposible’, me dijo, ‘esto es una guerra terrible, hemos visto morir a tanta gente’. Hasta que se fue. Le di la bendición. Me dijo ‘mamita, ¿por qué no me rasca la cabeza, como cuando era niño?’. Le dije mijito cuídate. Esa fue la última vez que lo vi”, confesó Rosa.

“Él me contó que entró a La Moneda el día del golpe a desalojar la gente después del bombardeo. Contaba que habían cosas tan bonitas… los cuadros. Y los militares de más grado les decían “lleven sus recuerdos, porque esto va a ser histórico”, Y él sacó un lapicero y dijo que después me lo iba a regalar, me dijo que le dio pena ver La Moneda toda destruida”.

Efectivamente, la Escuela de Infantería de San Bernardo -a la que pertenecía el soldado Sánchez- fue el regimiento que ingresó a registrar el palacio de gobierno el 11 de septiembre.

Muerte y locura

Según el Informe de la Corporación Nacional de Reparación y Reconciliación, Julio Sánchez Espinoza murió el 23 de septiembre a las “14:15 horas, en la Posta Central de Santiago, por una herida de bala pelviana con salida de proyectil (…) de acuerdo con la versión oficial del Ejército, en circunstancias que Sánchez Espinoza asistía a un curso técnico de radioperadores, fue herido accidentalmente por otro uniformado que manipulaba un fusil”. “El consejo superior, no obstante el carácter accidental de su muerte”, la atribuyó a la violencia política imperante.

Sin embargo, para la señora Rosa los culpables son otros: “Los francotiradores que hacían desórdenes, instalados en un edificio en la Alameda. Todos estos tipos estaban armados. Los comunistas, los socialistas”.

En la Posta Central, “se demoraron tres días en entregarlo. Si no nos hubiera avisado un enfermero que conocía la familia hubiera quedado como desaparecido. Mi hijo Ricardo fue a reconocerlo y dijo que la morgue estaba llena, era terrible. Contaba que en el piso había gente como hoja aplastada por los tanques. A los días fui y recuperé toda su ropita, que ahora está en el Museo de la Escuela de Infantería”, relata Rosa, para quien los meses siguientes estuvieron al borde la locura. “Yo vivía en el cementerio, cuatro veces me sacaron los bomberos. Estuve yendo 40 años al cementerio, todos los días jueves y domingo. No podía aceptar que mi hijo se estaba pudriendo ahí”.

El monumento a los “soldados caídos”, en la Escuela de Infantería de San Bernardo.

¿No sintió rabia contra el Ejército?

No, yo fui a buscar todas sus cositas a su dormitorio de la Escuela de Infantería. Cositas muy pobres. Pero las fui a buscar. Mi coronel Montalva, un hombre tan militar y tan hombre, lloraba junto conmigo.

¿Y a quién le echaba la culpa?

A los que dirigen este país, a la situación mala. Los políticos que no saben ordenar. Yo como madre con tantos hijos, a pesar que no tuve educación -porque nunca fui a la escuela- pude ordenar las cosas, de alguna manera.

¿Y cómo la trató el Ejército?

Las fuerzas armadas fueron contenedoras para la familia. Me incorporaron a un grupo de mamás que les había pasado lo mismo. Mi hijo cayó en septiembre, por eso tenía otro tipo de beneficios, como ayudas para el colegio, becas, y el sueldo como conscripto. Teníamos contacto con la señora Lucía. Estuvimos muchas veces con ella, en navidades. Con el General Pinochet también, él era cariñoso y muy afectivo con la gente. Fui a terapias y aprendí a valorizarme como persona. Todos los días lunes nos juntábamos en un departamento que compró la corporación 11 de septiembre.

Rosa en una reunión con Pinochet. La segunda de izquierda a derecha.

¿Piensa que su dolor es similar al que han sufrido las miles de familias de detenidos desaparecidos?

Cuando a nosotros nos citaron para los Derechos Humanos nos juntamos con ellos. Había una señora que justo le tocó el mismo abogado mío. Ella contaba que su marido había ido a comprar pan y no lo vio nunca más. Estuvimos yendo como un mes a reuniones. El resultado es que con el tiempo se supo que el esposo de esta señora estaba en otro país casado. Hay mucha gente que se aprovechó de eso. Muchos han mentido, algunos se han rasguñado. ¿Pero tú crees que esa gente está viviendo en una población? No, en una linda casa que les hicieron. Mi hijo no andaba haciendo maldades, él defendió a su país porque quería a su país. Adoraba su bandera.

Pero esas madres sufrieron igual que usted

Pero son muy agresivas, terribles, han tratado hasta de pegarnos a nosotros.

Usted se enfrentó con muchas de ellas en Inglaterra

Sí, fue terrible el trato con esas personas.

¿Por qué viajó a respaldar al general Pinochet a Londres?

En la Fundación preguntaron “quienes son las mujeres valientes que van a viajar a pedir de rodillas para que larguen a mi general”. Yo dije cuándo voy a subirme a un avión yo. Una mujer dijo “yo con la Rosita mi general”. Entonces trajeron profesores especiales que nos prepararon para protestar.

¿Y se topó con los comunistas?

En el avión justo nos tocó viajar con seis mujeres enemigas. A mí me tocó sentarme con la más rebelde, la Gladys Marín, la que llevaba el pandero a todos lados. Yo quedé entre la profesora y la Gladys. Íbamos oyendo todo. Llegamos a un hotel lindo, en diciembre, lloviendo torrencialmente. Hicimos una oración entre las casi cien mujeres que habíamos.

¿Y peleó en los tribunales?

Fuimos al frente de los Tribunales, a mí me pusieron un gorro y todas teníamos el nombre de mi general. Al frente estaban los enemigos. Como éramos chilenos los garabatos iban para allá y para acá. Y cómo estaba la Maldonado… a mí me tocó entrar a la Cámara de los Lores para escuchar uno de los fallos. Estuvimos ocho días en Londres, en 1988.

Rosa en Londres.

¿La reprocharon cuando volvió a Chile?

Cuando llegué a trabajar a la feria todos me abrazaron. Y eso que salí varias veces dando entrevistas para la televisión.

¿Y cómo fue ver a Pinochet volver y pararse apenas se bajó del avión?

Uh, la felicidad más grande. Y los contrarios como gritaban en frente.

¿Fue a despedirlo al funeral, en 2006?

No, porque tenía una porquería de muela enferma. Pero mis hijas fueron.

¿Cómo han sido estos años sin Pinochet en el planeta?

Terminó todo po hijo. Todo lo lindo que era ir a la Fundación, a las onces, a los cumpleaños. Les hacíamos unas cosas fabulosas, unos canastitos con cintitas.

Culto a Lucía Hiriart en el dormitorio de la señora Rosa.

¿Ya no existe el pinochetismo?

Ya no estamos tan unidos.

*

Cada 23 de septiembre, cuando se cumple un nuevo año de la muerte de Julio Sánchez Espinoza, doña Rosa reparte 30 ajuares para los recién nacidos en los hospitales más pobres de Santiago. Eso, y un club de fútbol de San Bernardo que lleva su nombre, no permiten que su recuerdo se esfume.