El general que hacía caminos

Hernán Abad pasó varios años de su vida en la construcción de la Carretera Austral y dirigió al Cuerpo Militar del Trabajo en 1990. Estuvo al mando de varias faenas en pleno invierno y en muchas ocasiones acompañó a Pinochet en su gira anual por la Patagonia. En uno de esos viajes, en 1993, el dictador casi se muere en el río Baker: “si el camión se daba vuelta mi general se ahogaba”, cuenta.

Hernán Abad hojea dos mapas ruteros, de esos que se venden en las bencineras y se va a las páginas finales en busca de la Región de Aysén. Con su dedo índice indica una raya quebradiza de color celeste. “Este es el río Baker”, dice. Del baúl de los recuerdos desclasifica un relato que podría haber cambiado la historia del país: La vez en que Pinochet casi muere ahogado.

Abad tiene 75 años y ha llegado a viejo sintiéndose orgulloso de su carrera: fue general de división, jefe del Cuerpo Militar del Trabajo desde 1990 a 1994, y ministro de Obras Públicas en 1989, un año antes de la vuelta a la democracia. Lo suyo siempre ha sido la ingeniería. Tanto, que en el Ejército eligió esta profesión como una especialidad. Así fue como llegó a construir caminos y a presenciar –en 1993- el día en que Pinochet casi muere ahogado en el Baker. “Mi general iba en un camión adelante y yo en otro atrás. Andábamos viendo un terraplén que habíamos hecho para que el río no se llevara el camino, cuando el camión donde él iba quedó colgando, a punto de caer al agua”, recuerda. Pero la puesta en práctica de años de entrenamiento militar le salvó la vida ese día a Pinochet: mandó a 20 soldados a colgarse de la cola del camión para que no cayera y luego lo rescató por la puerta del piloto: “si el camión se daba vuelta mi general se ahogaba”.

El ex jefe del CMT habla con nostalgia de esa época. Los recuerdos no sólo están en su mente, también en un par de fotografías en blanco y negro que caen de su mapa. Allí se le ve pasando revista a su contingente, en medio del primer desfile de Fiestas Patrias que se organizó en Alto Palena: “Esta gente nunca había tenido un 18 de septiembre”, dice con tono evangelizador. “Ellos no se sentían chilenos. Se vestían de gauchos y no tenían identidad con los símbolos patrios”, agrega. Abad tiene una extraña teoría. Si no se hubiera hecho el camino –dice- los soviéticos hubiesen tomado posesión del Estrecho de Magallanes y otra sería la historia de la Guerra Fría.

Es por eso que esta construcción tiene para él ínfulas de gesta heroica. No sólo por haberle “ganado” un territorio al comunismo, también por conectar una decena de pueblos aislados del territorio central. La construcción de la ruta trajo nuevas comunicaciones, y de la mano de eso, el progreso.

Abad nuevamente retorna a su mapa. Esta vez apunta a Chaitén. Según él, a mediados de los 60, la gente de allí conoció por primera vez un auto gracias a la presencia del Ejército. Él mismo dice haber manejado un jeep por un camino y haber visto a la gente arrancar hacia el monte, asustada por tamaña máquina con ruedas. Pero el auto no fue lo único nuevo que llegó a la zona. A un costado de la vía, en los cerros más altos, se instalaron antenas repetidoras, que trajeron un nuevo atractivo a la TV: la señal en vivo. Desde ese momento, el arcaico sistema con el que veían noticias y programas, que no era más que un VHS grabado que provenía de Santiago con las buenas nuevas del día anterior, quedó en el pasado. Lo mismo ocurrió con la luz de la vela. Poco antes del fin de la dictadura, Abad recuerda que Pinochet inauguró tres centrales eléctricas que compró en China, que llevaron la luz de forma permanente a los pueblos de Santa Lucía, Chaitén y Futaleufú. “La gente estaba feliz. En Futaleufú, a pocos meses de dar la luz, una persona puso en su casa un letrero: ‘se arriendan películas’. Allí donde no había cine, él puso un video club”.

No hubo año que el camino no fuera supervisado por Pinochet. Cada verano organizaba una gira para conocer los avances que se hacían en la zona. No sólo quería estar al tanto de los pueblos que se conectaban, sino que también le gustaba dar su opinión sobre la estética de la ciudad. En uno de esos viajes le recomendó al alcalde de Cochrane, Luis Rueda, que le pusiera más “pino” a la plaza de armas. Al año siguiente, la manzana entera apareció llena de pinos, que hasta hoy siguen allí.

Pinochet aprovechaba también el recorrido para comer todo lo que en Santiago no podía. “A mi general le gustaban los berlines y en una comida me dijeron que también le gustaban las prietas”, desclasifica. Según el ex jefe del CMT, Pinochet se dejaba seducir por el estómago, porque su esposa –la señora Lucía, como le dice él- siempre le controló las comidas. “Acá se sentía liberado. Le gustaba que le contaran chistes picantes y que le hicieran sopaipillas y arrollados”.

Sobre los abusos que se cometieron con los conscriptos durante la construcción de la Carretera, Abad dice no saber nada. Reconoce que las faenas eran duras, que ellos abrieron la ruta a pulso donde sólo había bosque y roca, pero que las condiciones eran las mismas tanto para la oficialidad como para los soldados rasos. “Nosotros teníamos parkas que se pasaban enteras y nos bañábamos en el río. Todos iguales”, dice.

Abad saca nuevamente su mapa. Entre 1975 y 1985 –dice- el CMT tenía más de mil hombres disponibles para la construcción de caminos, especialmente la Carretera Austral. Este verdadero ejército de obreros hace indesmentible, según él, el rol que han tenido los militares en la incorporación al desarrollo de las zonas aisladas del país. Por eso defiende que la Carretera Austral lleve el nombre del dictador: “para mí esta ruta se llama Carretera Austral General Augusto Pinochet Ugarte, porque él dispuso y ordenó su construcción”, dice con vehemencia. “Creer que esta es la pirámide de mi general es una visión muy mezquina. ¿Tú crees que él estaba pensando en hacer su pirámide para que el resto lo admirara?”, se pregunta.