El efecto político de los cuarenta años del golpe ha sido novedoso. Fue novedoso para la derecha, que creyó que elegir como candidato presidencial a la hija de un miembro de la junta no era problemático (porque “la familia chilena está esencialmente reconciliada”), y que hace algunas semanas todavía creía que podía celebrar, como dijo algún comentarista, el hecho de que el golpe no se ha apoderado de la agenda”, porque “la mayoría de los actuales votantes ni siquiera habían nacido” (como si para cada uno el mundo comenzara el día en que nace). Pero ha sido también novedoso en una dimensión mucho más prospectiva que retrospectiva; el foco ha estado puesto mucho más en la manera en que el golpe todavía afecta nuestra convivencia política que en los hechos ocurridos hace 40 años. Uno de los que lo ha formulado con más claridad es Ricardo Lagos, quien ha sostenido que “es difícil pensar en reconciliarse cuando alguien todavía está, a juicio de otros, abusando de un sistema electoral que se hizo al amparo de la fuerza y se mantienen los altos quórums que exigía la constitución de Pinochet” (en su contribución a Las Voces de la Reconciliación).

A mi juicio, al hacer este vínculo Lagos ha dado con la razón por la que no hay petición de perdón que parezca ser suficiente, por qué la que las contriciones de personas como el ministro Andrés Chadwick el año pasado o el senador Hernán Larraín este año parecen tan estériles. “Estériles” en el sentido específicamente político de que después de haber ocurrido, nada realmente parece haber cambiado.

I

La esterilidad de estos gestos se explica porque ellos siempre quedan truncos, por al menos dos razones. La primera es que las peticiones de perdón que acostumbramos escuchar en público (ya por las violaciones a los derechos humanos o por el mejor censo de la historia) no implican normalmente reconocer ninguna falta relevante. Hernán Larraín pidió perdón “por lo que haya hecho”. El subjuntivo (o “modo irreal”, dice la gramática), característico de esta forma de pedir perdón, permite hacerlo sin identificar el acto por el que se pide perdón. Pero pedir perdón sin reconocer la realidad del acto es un gesto vacío (¿Qué pensaría la mujer cuyo marido le pide perdón “por todas las veces que haya podido serte infiel?”).

Pero hay también un segundo sentido por el que hoy pedir perdón es políticamente inerte. Esta es la conexión que fue correctamente identificada por Ricardo Lagos.

Porque no podemos entender qué es lo que alguien hace cuando pide perdón si no sabemos qué importancia le asigna él mismo al error cometido. Pero esta magnitud no se deja explicar con palabras, porque políticamente lo que importa no es lo que alguien piensa o cree sobre su pasado, sino el modo en que ese pasado afecta su presente; y reconocer un error de alguna magnitud implica verse forzado a reescribir la biografía propia en alguna magnitud correlativa (por eso, cuando es genuino, basta lo segundo y la petición expresa de perdón es en muchos casos redundante). Lo que habla no son las palabras sino el modo en que el reconocimiento cambia algo. Pero las peticiones de perdón de hoy no cambian nada. Así, por ejemplo, yo pensaría que el que pasa de no creer en el terror a creer en el terror se vería obligado a modificar su juicio respecto de quienes se sublevaron contra la dictadura, porque no puede ser lo mismo sublevarse frente a un gobierno por diferencias de programa que para evitar ser “exterminados como ratones”. Esto no ha ocurrido.

Lo que nos lleva de vuelta a la observación de Lagos. Lo que él ha dicho es que pedir perdón o arrepentirse por haber apoyado a Pinochet no es una contribución a la reconciliación, a menos que vaya acompañado de alguna resignificación que sea políticamente relevante en el presente. Esto es porque el que pide perdón sin que el perdón pedido tenga impacto alguno en su vida política, revela con eso que políticamente hablando su acto no es genuino, es una estrategia. Para que pedir perdón sea una contribución a la reconciliación, el que lo hace necesita mostrar cómo esa petición es consecuencia de una nueva manera de entender su pasado, y cómo esa nueva comprensión de su pasado ha cambiado su presente.

La conclusión de las observaciones anteriores es que el que dice tener ahora una posición crítica de la dictadura que en su momento apoyó prendiendo antorchas con emoción no puede afirmar que cometió un error grave y al mismo tiempo seguir defendiendo las trampas constitucionales que esa dictadura pudo imponer precisamente porque descansaba en el poder de las metralletas y los corvos.

En efecto, hoy la derecha es beneficiada por una constitución que no es de todos, es de ellos. Es su constitución impuesta sobre nosotros. Y fue impuesta por precisamente las mismas razones por las cuales ahora tantos defensores de esa constitución se arrepienten de haber apoyado al gobierno que la impuso. Por lo tanto, su afirmación de que ellos rechazan categóricamente toda forma de violación de los derechos humanos es políticamente vacía si no están dispuestos a revisar su respaldo a reglas constitucionales que les dan una posición de privilegio al reconocerles veto. No tiene sentido pedir sentidamente perdón por algo y seguir profitando de las ventajas abusivas que ese algo ha dejado.

Espero que el argumento anterior pueda ser comprendido correctamente. No se trata de una vulgar “reductio ad hitlerum”, como si estuviera diciendo que rechazar el terror de Pinochet implica rechazar todas y cada una de las posiciones que ese gobierno asumió. No es que el que pide perdón por los crímenes de la dictadura no puede transitar por la Carretera Austral. Del mismo modo, sería desde luego falaz y absurdo decir que todo el que rechace el terror de Pinochet debe por eso mismo rechazar el modelo neoliberal impuesto en esos años (ese modelo debe ser rechazado, pero por otras razones). Pero las reglas constitucionales tienen una posición especial, porque son las que definen el modo en que se adoptan decisiones que nos vinculan a todos. Esas reglas hoy no son imparciales entre mantener y cambiar lo que nos dejó Pinochet. Quien hoy quiere defender la educación provista con fines de lucro, por ejemplo, no está en la misma posición que quien quiere acabar con ella. Junto con el modelo neoliberal, Pinochet nos dejó un orden constitucional que permite a la derecha vetar abusivamente cualquier cambio a ese modelo (es decir, vetar incluso cuando ha sido derrotada en elecciones). Es esa ventaja constitucional abusiva la que está en cuestión. La derecha que hoy se avergüenza de su apoyo a Pinochet por el terror mostrará que su rechazo es verdadero por la vía de renunciar, no a sus opiniones sobre el modelo económico, sino a las ventajas abusivas que, construido sobre ese terror, Pinochet les legó.

II

Hay otra cuestión que puede ser importante mencionar ahora que ya hemos recordado los 40 años del golpe. La derecha insistentemente exige que, como contrapartida a su rechazo del terror, la izquierda debe hacer un reconocimiento simétrico de su responsabilidad en el quiebre democrático (recuérdese la discusión sobre el museo de la memoria, que la derecha querría ver transformado en el museo de la memoria y del Congreso de Chillán del Partido Socialista). La exigencia ha tenido efecto, y ya se han escuchado voces desde la izquierda pidiendo perdón (Escalona, también usando el subjuntivo: por la conducta que pude tener”, “el grano de arena que pude haber colocado”). Lo que motiva esta reacción simétrica entre algunos en la izquierda es la idea de que, como no hay “buenos” y “malos” en política, si ellos reconocen algo tendrá que haber algo que reconocer de este lado (es tentador hacerlo, para recibir halagos como “hombre de Estado”). La derecha por su parte, insiste en que el golpe no cayó del cielo (esto es irónicamente falso), sino que fue el resultado de un proceso que comenzó antes: si queremos aprender de los errores del pasado, dicen, tenemos que mirar no sólo al terror, sino también a sus causas. Se apresuran a decir que no es, por supuesto, para justificar nada, sino sólo para entender y así aprender.

El argumento, sin embargo, prueba demasiado. Porque así como el golpe no cayó del cielo (sic), tampoco lo hizo el Congreso de Chillán… ni la reforma agraria, ni el cohecho, ni el inquilinaje, etc. La cadena de causalidad en sentido natural nunca se corta; siempre un evento tiene su explicación en eventos anteriores. Pero cuando discutimos políticamente lo que hacemos es precisamente cortar, en el nivel del sentido, esa cadena natural de eventos, y separar unos de otros. Si no es posible hacer eso, entonces no hay espacio para la libertad, porque todo tendría que ser explicado como el desenvolvimiento de condiciones anteriores. La acción política (este es uno de los puntos más elocuentemente enfatizados por Hannah Arendt) es la oportunidad de un nuevo comienzo, es la posibilidad de una acción que se reconduce a la agencia de alguien, no a la necesidad del desarrollo de una serie interminable de eventos.

Atribuir sentido político a los hechos, entonces, es (o al menos implica) una manera de cortar la cadena de causalidad natural. Cuando es leída como si fuera una afirmación de que un cierto evento no pertenece a ninguna cadena de causalidad, esa ruptura siempre parece arbitraria, lo que es lo mismo que decir: la ruptura no opera en el nivel de los hechos sino en el nivel del sentido. Pero entonces la tesis de que no podemos entender el terror post-golpe sin atender a “el contexto” es lo mismo que la afirmación, en el nivel del sentido, de que no es políticamente el caso que el terror deba ser separado de su contexto. Y eso, pese a las protestas de quienes lo dicen, es lo mismo (=tiene políticamente el mismo sentido) que atenuarlo o justificarlo.

La promesa de “nunca más” es precisamente romper las causalidades naturales (porque nótese que ese “nunca” tiene la significación precisa de excluir todo “contexto”). Es un acto de afirmación política, que declara que el terror no puede nunca comprenderse como el desarrollo de circunstancias o contextos que venían de antes.

Todas las afirmaciones que hemos escuchado de “nunca más”, o de que las violaciones a los derechos humanos “son inaceptables, no tienen excusas ni pretextos de ninguna manera”, “no son aceptables nunca”, o que el terror es “completamente inaceptable y no tiene perdón”, si realmente tienen el sentido que sus autores quieren transmitir, implican una decisión política de cortar la cadena naturalista de causalidad. Significa entender que independientemente de lo que en sentido de causalidad natural pueda ser la explicación del terror, políticamente hablando cuando ocurre siempre debe ser entendido como acción no vinculada a su pasado. Por lo demás, el que genuinamente pide perdón, el que pide perdón en modo indicativo y no subjuntivo, es el que rompe la cadena de causalidad al reconocer su falta.

III

No hay que olvidar qué es aquello por lo que, escondido tras el subjuntivo, la derecha pide hoy perdón. Ellos celebraron el golpe y sostuvieron que las denuncias de torturas, asesinatos y desapariciones eran inventos del comunismo internacional. Ellos decían a las esposas de los detenidos desaparecidos que sus maridos no estaban detenidos, sino que habían huido del país con una amante. A sus hijos que sus padres los habían abandonado. A sus amigos que ellos mismos los habían asesinado en enfrentamientos o “ajustes de cuentas”. Ahora saben qué era lo que vitorearon cuando, iluminado por las antorchas que portaban, Pinochet lamentaba las “limitaciones excepcionales que transitoriamente hemos debido imponer a ciertos derechos” que no eran sino “el complemento duro pero necesario para asegurar nuestra Liberación Nacional”. Corresponde a ellos ahora decirnos qué parte de su presente quedó manchado por eso.