Dossier 24

Recuerdo el día en que empecé a tener cara de adulto. Tenía veinticinco años. Muerto de sed, me levanté a medianoche y fui al baño de la casa de mis padres, con los que vivía todavía. Chile-España con Holanda, Ñuñoa, un pasaje de ladrillos casi nuevo en medio de casas, productoras de televisión y conventos de monjas. La reproducción exacta de unas viviendas sociales belgas. En estas se habían refugiado escultoras, periodistas y exiliados de oposición, que para ese entonces, 1995, ya eran parte del gobierno. Sin encender la luz me miré a la pasada en el espejo y no me reconocí. No quedaba nada de mi cara de tragedia, de hambre, de espera; de cuando era puro hueso y ojos enormes coronados con un pelo rizado de inmigrante, pálido como una película en blanco y negro, siempre trágico, siempre solo, sentado entre los jumpers de mis compañeras que solían someterme a largas semanas de ley del hielo.

Ya no era el mismo. Perfectamente instalado en mi falta de cuello, era ahora un diputado de Renovación Nacional, un dueño de fundo tranquilo que arrastra por su cara los restos de sus ancestros. Una cara cómoda y acomodada que podía leer a Rimbaud o a Baudelaire pero que no sería ya nunca más un poeta maldito. Enfundado en mis mejillas más redondas aun que mi peso, aunque solo tomara agua y comiera pura espinaca seguiría siendo en adelante y para siempre redondo de cuello. Profundamente chilena en esa redondez saludable, mi cara confirmaba lo que decía mi carné de identidad, que era un profesor de castellano, pero negaba que tuviera solo veinticinco años. La ropa de Carlos Ominami, mi tío ministro, que heredaba a pesar de medir él treinta centímetros más que yo, mi pelo que expulsaba por todas partes caspa, mis opiniones, mis dedos siempre manchados, podían permanecer en una pubertad infinita, pero mi cara a los veinticinco había decidido ya tener treinta, cuarenta, cincuenta años.

Era un aprendiz de adulto que ya no tenía cómo retroceder hacia los huesos de su pecho, como un pájaro que vuelve a su jaula. Mucho antes de que lo hiciera mi mente, o mi estado civil, mi cara se asentó en una versión inesperadamente tranquila de mí mismo. Era un marido sin esposa, era un funcionario sin trabajo estable; era, sin pesar un kilo de más, un gordo; sin escribir más que críticas de televisión en la fenecida revista APSI, era un cronista chileno. Era eso también, chileno. Llevaba solo diez años en Chile, mi infancia entera la había pasado lejos de aquí, pero mi cara de repente fue completamente chilena.

Para ese entonces, los años noventa del siglo XX, la palabra «burgués» había dejado de ser una anatema con el que nadie quería cargar. Todo era tan burgués que resultaba redundante decirlo. Se buscaba entonces ser algo más, empresario bohemio, emprendedor insomne, especulador nietzscheano. Se había aprendido de la revolución de los setenta a vivir en perpetua guerrilla; se había aprendido también, de esa incomodidad, el amor al lujo sin calma ni voluptuosidad que lo atenuara. La rutina, la normalidad, la mediocridad eran un enemigo tanto como la pobreza, la enfermedad o la debilidad. Los miles de condominios que se construyeron por ese entonces en Chile jugaban a ser mansiones con nombres que recordaban La Dehesa o Lo Curro, aunque todo sucediera en Maipú. La ropa usada americana que llegó por kilos acabó con la uniformidad que caracterizaba a los chilenos hasta entonces. Todo el mundo quería ser distinto de la misma manera. Nunca había sido más triste ser profesor de castellano y más vergonzoso parecer un funcionario.

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