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La historia de la Iglesia católica está plagada de rencillas como esta entre el cardenal Ezzati y los tres curas. Es parte de su tensión permanente: a un lado el Vaticano, su pompa, su jerarquía y sus macabrerías; del otro, los hombres de fe. Sobre los primeros recae la responsabilidad del orden, con toda la carga de intereses en juego y cálculos que el poder implica, mientras en los otros descansa el espíritu que vuela. Ahí no hay respuestas terminantes ni dogma que resista una mirada adolorida. El orden, en cambio, es inclemente mientras puede. Si se dejara conmover constantemente perdería el rumbo, y sus defensores sus privilegios. La Iglesia es una institución no muy distinta de cualquier otra: posee tesoros inmensos en un mundo colmado de pobres, templos de lujo en los que se predica exactamente lo contrario que se practica. El tipo semi desnudo que cuelga de la cruz decretó imposible que un rico entre al reino de los cielos. Alguna vez, los Papas hicieron la guerra, establecieron políticas de alianza con otros reinos para doblegar ejércitos enemigos, encabezaron Cruzadas invasoras que dejaron regueros de muertos en el camino. Hay pasajes de las Mil y una Noches donde los cristianos son retratados como bárbaros inclementes. “Bestias sedientas de sangre”, les llaman por ahí. En uno de sus cuentos, le preguntan a Baschra el descalzo, ¿cuál es la cosa más abominable? “Y el sabio contestó: ‘El hecho de permanecer mucho tiempo de rodillas, para alardear del rezo, la ostentación de la piedad’”.

Los tres curas cuestionados, hablan con el lenguaje de la tribu. No temen usar garabatos, ni mezclarse con los pecadores, ni escuchar, muchas veces, en lugar de predicar. Mariano Puga ha trabajado como maestro pintor y vivido en la casa vecina de una prostituta; Pepe Aldunate denunció la tortura junto a todos los ateos que también quisieron hacerlo; y Berrios, el más taquillero del grupo, ha prestado su oído clemente al extraviado que se lo pida, sin devolver a cambio un dictamen moralizante. Ezzati, en cambio, como Errázuriz, como Cox, como Karadima, prefieren los salones consistoriales, hablan con esa entonación feminoide y dulzona (voz piadosa), babean a propósito de cualquier cosa la importancia de los sacramentos, llaman a mirar de frente a la virgen del Carmen y repiten montones de frases hechas que agreden la inteligencia de sus interlocutores, a los que llaman rebaño o feligresía, en lugar de compañeros de ruta, como un día decidieron considerar a los pobres del mundo los curas obreros. Nada más distinto de Ezzati, un perfecto funcionario, literalmente más papista que el Papa, en momentos que se desarrolla un sínodo, y Francisco, el pontífice argentino, se abre precisamente a los temas que esos curas están poniendo sobre la tabla. Llamó a escapar de los ritos vacíos. Los homosexuales, ha dicho el César de la cristiandad por estos días, “tienen dones y atributos que ofrecer”, algo que, en lenguaje vaticano –el más sofisticado y tramposo de los lenguajes políticos- representa un giro copernicano respecto de considerar sus relaciones “intrínsecamente desordenadas”, como decía Benedicto. Yo pensaba que este che era puro show, pero parece que no.

A comienzos del siglo XIII, cuando la Iglesia vivía tiempos de franca decadencia, san Francisco de Asís, un reformador de la línea de estos curas obreros, consiguió ser recibido en San Pedro. Mientras la curia ezzatiana lo despreciaba, Inocencio III le dio la bienvenida. El orden, cada tanto, requiere de ajustes. Baste recordar que por esos años todavía se discutía detrás de las sacristías si los indios tenían alma y si los esclavos eran personas. En esta vuelta, querido cardenal, la historia vuelve a estar del lado de los curas callejeros. Mejor no se meta con ellos. Amén.