guillermo nuñez

En la retrospectiva “Núñez 85, dibujar con sangre en el ojo”, el Premio Nacional de Artes revisa su trayectoria desde los años 60 a la actualidad. Son dos pisos del Museo de Arte Contemporáneo –que Núñez dirigió en la Unidad Popular– en los que está resumida su vida. La muestra incluye su instalación más emblemática y polémica llamada “Printuras y exculturas”: una serie de pequeñas jaulas en cuyo interior guardan objetos variopintos, y que le valió a Núñez la cárcel y el exilio en 1975. Su icónica lengua roja estilo Rolling Stones –aunque varios años anterior–, tampoco podía faltar. Presentada originalmente en la Bienal de Colombia de 1967, se transformó en un emblema cuando el artista, tras el triunfo de Allende en las elecciones presidenciales, la llamó “¡Vencimos!” como una especie de saca pica a los opositores.

También están a disposición del público una treintena de libros que ha publicado. Muchos vienen con recortes de diarios, fotos antiguas, dibujos suyos, poemas, ideas sueltas. Verdaderas joyas que en gran parte ha diseñado artesanalmente. La escritura ha tenido una presencia permanente en la obra de Núñez, pero él aclara que la pintura es lo primero. “Tampoco puedo pretender ser un gran escritor”, reconoce.

“Días, meses, horas: archivo cotidiano” es lo último en lo que ha estado trabajando. Reúne los dibujos que hizo durante los 365 días del año pasado, a los que iba agregando breves poemas, y que se pueden ver en la muestra a gran escala. Ahí aparece la frase “con sangre en el ojo”, que da nombre a la retrospectiva, y que según Núñez tiene que ver simplemente “con dibujar airadamente, y no de picado”.

Toda esta retrospectiva –abierta al público hasta el 28 de junio– Núñez la donó al MAC. “Es el lugar donde tienen que estar las obras. Hay que donarlas en vida, porque así tiene gracia. Y para que la familia no ande vendiendo después, y todas esas cosas”, dice. Tampoco aceptó dinero de ningún privado para montarla. Con el lío de platas que han dejado los casos de corrupción, prefirió no meterse en ese juego. “No quiero comprometerme ni con las mineras ni con los bancos ni con el Estado ni con el gobierno”.

¿De dónde sacó la plata?
-De mi bolsillo. Y quedé endeudado.

REGALAR LAS OBRAS

A Guillermo Núñez le encanta interactuar con el espectador y que sean ellos los que finalicen su obra. En esta antología pretende desacralizar su firma. Propone que los visitantes se lleven una serigrafía suya y que la firmen con su nombre. O que se lleven una hoja en blanco, pero firmada por Guillermo Núñez, para hacer su propia obra de arte.

“Me gusta invitarlos a poner su mundo sobre alguna obra en la que he estado trabajando. No siempre da resultados plásticos, pero me interesa poner al espectador en la misma situación cuando me enfrento a la hoja en blanco, un terror que tienen todos y que incluso tenía Picasso. Y que sean ellos los que la terminen, porque si no un cuadro no sería más que un cementerio”.

Usted suele regalar copias de sus obras, firmadas y numeradas, a cualquiera. ¿Por qué lo hace?
-Es una manera de agradecer la visita. Al espectador lo tengo como amigo. Y los regalos se tienen que hacer entre amigos. Y si puedo hacerlo, por qué no. Por mí, que todo lo que uno hiciera se repartiera. No tiene sentido acumular. Pero vivimos en un régimen ultra capitalista, en el que hay que acumular, lo que hace más difícil desprenderse de las cosas. Falta democratizar las obras. Me gustaría hacer una exposición donde la gente se llevara todas las obras gratis. Pero en las galerías no se puede. Quieren ganar plata y nada más.

¿Habrá algún artista que regale sus obras?
-Yo creo que nadie lo hace. En España, Cuba, Ecuador y Colombia, he salido a la calle a regalar obras. La gente piensa que uno está loco, pero me interesa ese estupor de la gente. En todo caso, no son dibujos originales, sino que serigrafías, que se hacen en gran número, pero que van firmadas y numeradas. Tienen valor en el mercado, si tú quieres.
Hace un tiempo, en el centro cultural Matucana 100, Núñez vendió sus obras a cien pesos: “Una cifra ridícula, más baratas que una caja de fósforos”. La venta fue un éxito. Hubo colas y las serigrafías se agotaron rápido. Incluso, dice el artista, no faltó el que después vendiera las obras a precio de coleccionista. “Hubo galeristas que compraron a cien y después las revendieron más caras. Siempre hay una cosa de bajos instintos, de aprovecharse, cuando ese era un acto cariñoso”.

¿Qué le dice la gente cuando le da una obra en el museo?
-La gente no me va a decir gracias. Pesca el regalo y se lo lleva. La gente no es habladora. Lo raro es que paran a tomarse fotografías conmigo.

¿Y le gusta?
-No, a tal punto que quería poner un recorte de mi cara para que la gente se tomara fotos con ella. Era muy chistoso, pero la gente a lo mejor iba a pensar que era egocentrismo y lo descarté. Pero la impresión que me queda es que a la gente le gusta ver obras: se pasean, leen y participan en todas las hojas que le ponemos para que escriban. Y responden por escrito las preguntas que les dejo. En todo caso, no pienso hacer nada con sus respuestas. Es solo para que reflexionen.

CON VICTOR JARA EN DISNEY

La obra de Núñez está marcada por el horror y el sufrimiento del ser humano, y la cruza la problemática social ligada a la violencia. Lo primero que lo impresionó siendo pequeño fue la masacre de los niños inocentes mandada por el rey Herodes. “Puede haber sido cierto o no, pero para mí, que estudiaba en colegio católico, era una verdad. O las matanzas en la inquisición me marcaron mucho”. Luego vino el primer quiebre en su vida: cuando se dio cuenta que Dios no existía. “Siempre estaba la idea del pecado, del estar siempre en falta, no estar disponible como para irse al cielo”.

Era muy culposo.
-Muy. Imagínate las culpas que podía tener siendo niño. Pero ese es un horror que te metían en la cabeza los curas. Una tontería.

Su juventud coincidió con la Segunda Guerra Mundial y en el cine, dice, mostraban los bombardeos. Era imposible abstraerse de la realidad. “Uno se entera de los campos de concentración, el exterminio. A nuestra generación nos tocó vivir un siglo muy despiadado, con mucha violencia y mucho horror. De modo que no había descanso”, reflexiona.

Años más tarde, Núñez, que toda su vida había pintado sobre la condición humana y sobre la violación de sus derechos, sufrió en carne propia el horror de la dictadura. Estuvo detenido dos veces por la DINA. La primera por esconder a un mirista en su parcela. Y la segunda por hacer una exposición sobre dicha detención: las jaulas. Pasó por Cuatro Álamos y Puchuncaví.
Su primer encierro fue en la Academia de Guerra Aérea y duró cinco meses. Lo encerraron en una pieza con unas quince personas con los ojos vendados. Solo durante media hora al día podía ver la luz. Durante esos minutos, escribió un diario de vida en hojitas más chicas que la palma de una mano. Ahí reflexiona sobre el arte, recuerda a sus seres queridos y su vida en libertad. También dibujaba.

Preso en Puchuncaví, le escribió una cariñosa carta a Víctor Jara, ya asesinado, con quien desarrolló una amistad. Les tocó hacer un viaje juntos en 1968 a Estados Unidos, y en la misiva, fechada un 13 de junio de 1975, lo recuerda: “Tantos momentos juntos que hoy parecen absurdos: riéndonos con las estupideces de Disneylandia, con Cherry Jo Strow –en Riverside– bailando en una discoteque con una luz rara que nos convertía en sonámbulos, trabajando, peleándonos. Fuiste mi alumno y mi amigo. En New York me ayudaste en un momento de dolor y soledad y una noche cantaste ‘El cigarrito’, mientras comíamos tallarines preparados por nosotros, entre rascacielos que no nos pertenecían y una gringa amiga que tampoco nos pertenecía”.

Cuesta imaginarlos con Mickey Mouse.
-Sí. Incluso, hay una foto en la que estamos con el ratón Mickey: Víctor a un lado, Mickey al medio, y yo al otro abrazándolo. Con Víctor nos subimos a la montaña rusa, estuvimos toda una tarde en Disneylandia. Lo pasamos fantástico. Éramos como niños chicos”.

En casi todos sus escritos, se hace la misma pregunta: ¿es posible transformar la ira, la soledad, el dolor en arte?
-Mi idea siempre ha sido meterme en el dolor y expresarlo de alguna manera. Y en eso he estado. Si lo he conseguido, no lo sé. De repente alguna gente lo siente, porque me han dicho “ese cuadro no lo tendría en mi casa, es muy fuerte”. Ese es un piropo. Porque, claro, eso no te reconforta, no te ayuda. Y tengo esa posición, en cierto modo, distinta a la de Matisse, que siempre habla de lujo, calma y voluptuosidad. No quiero eso, quiero que la gente se sienta removida.

Usted enfrenta el dolor, casi como una especie de exorcismo.
-No sé si será tanto como un exorcismo, sino que me indigna nomás. No tengo claro si eso me alivia o no. Pero es complicado trabajar con el dolor. A veces me pregunto si acaso hemos transformado el dolor en objetos de consumo o simples mercaderías. Y me hago esa acusación. Esa es una dicotomía que no ha sido resuelta. Hasta dónde puede llegar esto. No lo sé.

Usted les pasa a los niños imágenes crudas de guerras, gente quemándose viva para que las pinten encima. Como para borrar el dolor. ¿Se puede hacer?
-Simplemente es llenar las tumbas de flores. Y las dos cosas existen: sigue existiendo el horror, pero está cubierto con flores. Es lo único que podemos hacer. Eso nos demuestra un poco nuestra invalidez frente a eso. El dolor no es posible borrarlo, por eso se tapa y eso seguirá estando abajo. De hecho, millones de seres se transformaron en cenizas y humo en campos de concentración, y esa fue la única manera de elevarse al cielo que ellos tuvieron.

LEMEBEL Y EL ROBO

En el texto “Bitácora de taller”, que viene al interior de “Alquimia”, Guillermo Núñez escribe el 18 de noviembre de 1994 sobre la exposición que estaba tramando por esos días: una serie de grandes serigrafías para ilustrar el poema “Palabras” de Eugenio Llona. La idea era que un grupo de niños las intervinieran para así tratar de borrar el horror que hay tras ese escrito. El día del reparto de los dibujos a los niños, en el MAC, ocurrió algo inesperado. En medio del natural desorden, Pedro Lemebel y Pancho Casas se las ingeniaron para robarse dos de sus cuadros. Todo a la vista del mismo Núñez: “Fue muy divertido. Los agarraron y se fueron corriendo. No dije nada. Era bonito que se los llevaran. En el fondo, era una acción de arte que bien podía encontrarse dentro de lo que yo estaba realizando, dándole una cuota de humor. Al menos dos cuadros se libraron de ser pintados por niños”, recuerda hoy.

¿Le gustaban las performances de las Yeguas?
-No soy muy amigo de las performances, pero había algunas interesantes, pero no sé para qué. Por ejemplo, era bonito que reconstituyeran el cuadro de las dos Frida Kahlo. Pero para qué, si estaba el cuadro de la Frida Kahlo. La verdad es que no lo entendía. Cuando los artistas recibieron a Aylwin como candidato, a las Yeguas no las dejaban entrar. Con mi mujer, los agarramos y escondimos entre nosotros para que entraran. Ahí fue cuando salieron como bataclanas bailando. Me encantaba que quebraran esas cosas tan formales. Una vez llegaron con tutú de bailarinas, una cosa increíble, porque eran tan re feos, y vestidos como mujeres con tutú, era una cosa muy grotesca.

¿Por qué no es muy amigo de las performance?
-No sé. Hay cosas que son interesantes, pero muchas veces son vacías y se apoyan demasiado en la literatura. Y de verdad no se entienden. Ciertas performances terminan siendo mal teatro con mala escenografía.

¿Cuál fue su relación con la Escena de Avanzada?
-No tuve ninguna, porque estaba fuera, en el exilio. Pero tuve una discusión pública bien fuerte con Nelly Richard en Francia. Ella había dicho que el trabajo nuestro –el de Balmes y el mío– no valía nada y que los únicos que valían políticamente eran los de la Escena de Avanzada. Y la Escena de Avanzada no los vio nadie. Incluso, mi exposición de la jaula la vieron 500 personas, pero ella siempre desconoció que esa fuera la única exposición que se opuso de cara abierta a la dictadura. La Escena de Avanzada existió nomás entre cuatro paredes.

Pero en las escuelas de arte se valora mucho a la Escena de Avanzada.
-No sé nada de escuelas de arte. He estado muy alejado de la pedagogía. No entiendo nada. Nunca he hecho clases de arte. Solo hice clases de escenografía, porque era una cosa meramente técnica. Mira, la única manera en que tú puedas aprender, es solo. Nadie te puede enseñar. Cómo lo haces, no lo sé, pero nadie te puede enseñar.

¿Para ser artista no hay que entrar a una escuela?
-No lo necesitas en absoluto. Si te lees tres o cuatro libros y te empeñas, te servirá. Lo único que me enseñaron en la escuela fue a poner los colores en la paleta y por eso cobran millonadas. Por otro lado, uno puede terminar influyendo mucho en el alumno, y eso es lo que me mueve a no hacer clases. Me desesperaría que puedan ser iguales a mí. La única manera es que conquisten su propio vocabulario y su propio modo de hacer.

En una charla que dio en el MAC, decía que habría que eliminar a los profesores de artes en los colegios. ¿Tan así?
-Sí, los eliminaría. A los niños no hay que enseñarles artes plásticas. Hay que dejar que hagan lo que quieran. Deberían suprimir los profesores de dibujo. Son unos asesinos de niños. Transforman lo lindo en cosas horrorosas. Al nuevo ministro de Cultura habría que pedirle que suprima ese ramo, ja, ja, ja.

¿Y qué le parece el nuevo ministro?
-No estoy muy al tanto de esas cosas. En todo caso, el nuevo ministro es un tipo muy culto y emprendedor. Otra cosa es que si le darán la posibilidad para hacer los cambios. No sé. Se dice que mandaron a la Bienal de Venecia a 30 personas. Un despilfarro enorme. Es una tontera mandar a toda gente en un país como el nuestro que no tiene plata.

Más allá de eso, ¿qué piensa del arte chileno?
-Hay bastantes jóvenes pintando y trabajando mucho. Pero no tengo ocasión de verlos. No voy a galerías ni a inauguraciones.

¿Le dan lata?
-Me aburren las inauguraciones. Por mí no iría ni a las mías. Es muy tonto todo eso. La gente dice puras tonteras. Todos esos cócteles no tienen ningún sentido. Me opongo. De hecho, esta inauguración se hizo sin cóctel. La gente va a ver obras, no a tomar tragos.

Pero esa es la idea…
-No, lo que tiene que ver lo puede hacer sin trago. Nunca me ha gustado eso. Esta moda se usa aquí, pero en otras partes no lo hacen. Tengo 85 años y tengo que empezar a seleccionar el tiempo. Y prefiero estar trabajando entretenido en mi casa. Pero encuentro que hay un exceso de escuelas de arte. Imagínate que al año deben salir unos 300 artistas. Y esos artistas tienen que vivir de alguna manera e inventar cosas para que la gente les compre. Y, por otro lado, las galerías para vender te dicen que empieces a pintar cuadros azules porque son los que se venden más.

¿Le ha pasado?
-Una galerista me dijo que tenía que pintar cuadros azules porque se vendían. Y hace muchos años un decorador me dijo si podía cortar un cuadro, porque era muy grande para una casa. Hay mucha banalidad.

¿En el mundo del arte o en general?
-En todo. Basta ver la televisión: o es fútbol o las tonterías de teleseries turcas. O basta con escuchar la radio. La cantidad de tonterías que se oyen. Como tengo que ir a imprentas, a pesar del ruido espantoso que tienen, todos están escuchando radio. Pero no escuchan música, sino a esos tipos que conversan con la gente que los llama. Y le cuentan la vida íntima a un tipo que lo único que hace es palanquearlo. Una cosa muy triste.

LOS PACOS

Núñez está molesto, más bien indignado, por la violencia que se ha visto en las últimas marchas en Valparaíso. “Es una vergüenza. ¿Viste lo que hizo ese paco cobarde de pegarle a esa muchachita? Es un maldito. Tienen que suprimir a ese grupo. Son unos bandidos. No puede ser ese nivel de violencia. A esa niñita le pegan con total cobardía. Un gallo armado, ridículo, más encima arranca”.

Es una vergüenza.
-Y qué hacen nuestros jefes de Estado. Incitan a eso. Y cómo vamos a votar por esa gente nosotros. No puede ser. Me indigna hasta el alma. Después de eso debería haber salido todo el mundo a la calle y hacer pedazos todo. No puede ser eso. Cómo es que la presidenta no disuelva a ese grupo de malditos. Y el ministro del Interior dice que se va a investigar, pero sí está más que claro: ¡terminen con eso de un viaje! Estamos viviendo en un sistema demasiado egoísta. Ves lo que pasó con este tipo que mató a esos dos jóvenes. Sacar una pistola porque te rayaron la casa, no se justifica. Ni siquiera amenazar con una pistola de juguete.

¿Por qué habremos llegado a este nivel de violencia?
-Lo único que se ha incentivado es que tú eres solo y te la arreglas solo. Lo único que vale es lo que compras. Los muchachos en las poblaciones andan con esas estupideces de trajes de marcas y hacen los mayores sacrificios para comprar eso. Y son capaces de vender su alma. Antes no sucedía eso. Hace sesenta años éramos un país modesto. Ibas a un almacén y tenías una o dos posibilidades para comprar algo. El azúcar era una marca nada más. Lo mismo con la sal. Ahora hay pasillos únicamente para distintos tipos de sal y azúcar. Nadie piensa en eso. Este sistema nos ha hecho muy poco solidarios, en el mundo entero. Sencillamente se trata de una falta de amor. Y la palabra amor no tiene esa carga católica, parroquial, sino que tiene que ver con la solidaridad, con lo que tendría que ser el ser humano. Todo eso se ha ido apagando y casi no existe. Hay que replantearse muchas cosas.

Gastón Soublette decía en The Clinic que todas las reformas que se están discutiendo olvidan al ser humano. Y que se hacen reformas pero no sé sabe para qué.
-En el último lugar está el bien común. No se piensa en el ser humano, ni siquiera en el ciudadano. Al contrario, le complican la vida cada vez más. Los supuestos estadistas que debieran pensar en ese contexto, no lo hacen. Lo único que hacen es arreglárselas para que los reelijan. Uno conversa con los antiguos compañeros y algunos dicen “por Dios que hacía tonteras”, están como arrepentidos, “¿dar tanto para esto?”. Para esto hubo miles de muertos, desaparecidos, torturados, vidas quebradas… y que hayamos heredado esto, es muy triste.

Usted militó en el Partido Comunista. ¿Qué lo llevó a alejarse?
-Viví el socialismo real en Checoslovaquia. Ahí ya se empezaban a vislumbrar cosas. El que tenía mejores contactos se las arreglaba, se vivía hacinado, mal. Siempre el ser humano estaba dejado de lado como entidad. Cuando volví me fui separando del Partido. Además que siempre fui un mal militante. Me cansaban mucho las reuniones. Eran una lata.

¿Qué lo lateaba?
-Que se pudiera hablar una sola vez y de a uno. Y que después alguien sacara conclusiones. No era entretenido, simplemente. Pero sigo teniendo un cariño por el partido y sobre todo los militantes jóvenes que son maravillosos. Todavía siento que tengo que ver con esas ideas que ponen al humano como centro. Seguramente ese mundo no es posible. Pero lo sigo sosteniendo.