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A través de su habitual columna en El Mercurio, titulada en esta oportunidad “Jaime Guzmán, a 25 años”, el abogado de la UC, Gonzalo Rojas, defiende lo que denomina la doctrina guzmaniana, relata cómo vivió el asesinato del fundador de la UDI, y refiere lo que sintió Pinochet aquel 1 de abril de 1991, esto a propósito de la reciente carta de Rosario Guzmán (hermana del fallecido senador), quien deslizó que su hermano pudo haber sido ultimado por la propia dictadura.

“El 1º de abril de 1991, la triste tarde del asesinato de Jaime Guzmán, yo estaba trabajando en mi oficina, tranquilamente, a menos de 50 metros de la sala donde él impartía su última clase. No lo vi cuando pasó por secretaría de nuestra facultad, ni me crucé con él cuando bajé hasta el paradero”, narra Rojas, quien además describe que “permanecí ahí entre las 18:05 y las 18:13. Los asesinos tienen que haber estado a pocos pasos, pero no recuerdo nada especial de esos instantes en que esperaba tomar un taxi. A las 18:28, más o menos, a Guzmán le dispararon en ese mismo lugar”.

“Si mi contacto con Jaime Guzmán había sido el de un simple seguidor, la tarde de su muerte no podía entregarme una especie de privilegio final al que otros sí tenían derecho”, agrega Rojas.

A continuación, sostiene que por esa misma razón goza de la soltura para hablar de quien considera “desarrolló durante un cuarto de siglo uno de los movimientos más notables de la historia republicana de Chile”.

“Más que plasmarlo en documentos, lo forjó en personas. Las buscó directa o indirectamente, una a una; intentó corregir nuestros defectos, nos exigió compromisos y lealtades que solo podía pedir quien tenía títulos de una coherencia intachable. Y eso es de una relevancia única, porque la gran mayoría de esas personas hemos intentado por décadas seguir sirviendo a Chile, incluso 25 años después de la desaparición de nuestro líder. La gran mayoría, no todos, por cierto”.

Según Rojas, “la actividad de Jaime Guzmán fue infatigable, desprendida, valiente y versátil como se conocen pocas en la historia nacional. ¿Cuántas personas pueden hoy en Chile enseñar en un aula, debatir ante las cámaras y redactar un proyecto constitucional con igual eficacia en los tres ámbitos? Y ese vértigo sereno lo inyectó en cada una de sus fundaciones. Había que hacer el bien todos los días, a fondo, sin claudicaciones. Por eso su proyecto busca hoy nuevos caminos, quizás nuevas instituciones”.

Finalmente, y sobre la citada tarde del asesinato, dice que luego de arribar al Hospital Militar confirmó el final de la esperanza.

“Y fue ahí mismo, en el hall del hospital Militar de entonces, que oí de los labios de Augusto Pinochet -directamente, no me cuentan cuentos- las palabras definitivas: “falleció, falleció”. Pinochet estaba demudado, destrozado”.

Boric recibe impensado halago de uno de los pinochetistas más duros – The Clinic Online