ANFORA

(sobre el Doméstico y la pasta base)

Se sostiene que antiguamente los choros finos tenían códigos: no se roba en el barrio –no se caga donde se come– y se respetaban algunas cosas como el trigo o la harina. Me imagino que tiene que ver con la relación cristiana con el pan, ya que el mundo canero es muy cristiano: la imagen de la madre –la virgen, en el fondo– es sagrada. No se cogoteaban jubilados, ni curas de izquierda, ni jardines infantiles ni a gente que hace una actividad por una pobla.

Algunos dicen que eso se acabó en los años 90 con la pasta base, que creó a su vez la figura del doméstico. Doméstico es el que roba en su cuadra, a su gente. Asociar su aparición a la angustia de la pasta base y la coca no es una teoría conspirativa. Tiene que ver con la naturaleza corrupta de quienes deberían controlar la droga e intervenir en las poblas, y por supuesto de los otros, los que deberían invertir en infra: piscinas, talleres, capacitación, esparcimiento. Porque efectivamente el ingreso de la pasta y la coca pateada a las poblas significó el anestesiamiento de la capacidad de respuesta y organización por parte de la gente. Lumpenizar para controlar. Si no salen de esos antros, da lo mismo que se maten.

Pero hay gente que se mete a las patas de los caballos para hacer teatro, cine, actividades. Robarles a ellos lo considero una mariconada sin nombre. Sandra Alvarado, que hace teatro a pulso en una pobla de Punta Arenas, afirma lo siguiente en la prensa magallánica: “Nos robaron las mesas de iluminación y sonido, máquinas de nieve y de humo. En la segunda ocasión nos entraron a robar focos LED, de luz negra, un teclado, y ahora con el robo de los parlantes no tenemos con qué funcionar”. En marzo le robaron por tercera vez a Sandra, una persona que hace teatro infantil y para la comunidad en general en un lugar donde tradicionalmente no se da teatro. Lo mismo ocurrió en el FECISO, un festival de cine hecho en las poblaciones con música (Tijoux estuvo ahí, leí yo, Carreño, etc., bandas de rock y de hip hop) y cine realizado por los mismos pobladores. Cuando se hizo en La Pintana, unos hijos de puta domésticos se robaron una mezcladora de sonido muy cara, de manera que se tuvo que hacer una fiesta y un campeonato de fútbol para reunir dinero. Sandra sólo ha recibido mails de apoyo. Me imagino que van a organizar algún evento porque su labor es casi santífica, pero si es en poblas, y además en provincia, a todos parece importarles un piko.

A principios de marzo hubo una situación muy extraña: en Villa El Encanto, Curicó, unos ladrones se robaron un ánfora pensando que era un joyero. Lo más divertido fue que estos domestiquetes, que además robaron balones de gas, ropa y esas cosas, devolvieron el ánfora. Uno puede pensar dos cosas: o lo devolvieron por respeto al muerto y a su familia, o lo más probable, se recagaron de miedo pensando que los iban a penar. Hay una escena del Decamerón de Pasolini donde alguien se esconde de un robo en una urna de reyes. Van luego unos ladrones a robarle las joyas al monarca en su tumba y ven que la tapa del féretro se mueve, por el ladronzuelo que estaba adentro y quería salir. Se cagan de miedo y salen arrancando… de un ladrón atrapado.

Alguien permite que la pasta base siga funcionando, ladrones que dejan que otros ladrones roben o se hagan mierda a tajos o a balazos mientras no sea en un barrio respetable. Dan lo mismo. Pero no da lo mismo alguien que hace cine y teatro para la juventud, los niños y la comunidad: es imperdonable robarle a esos. Por eso Sandra Alvarado, que paró a pulso un galpón, con máquinas de humo y de sonido, que prepara calzones rotos y termos de té gratis a las visitas al teatro, que ama su oficio, merece el apoyo de toda la comunidad en estos momentos.