Hoy todos son grunge, rockeros, indies. Hasta Cruz Coke salió a carretear con Mike Patton. En fin, situémonos: cae el muro y los gringos quedan como la única superpotencia. Eso rima con el exitismo yuppie y con novelas, como American Psycho, que muestran con cinismo la decadencia de los millonarios: drogas, diversión, crímenes, lujos. Paréntesis: para la clase alta es fácil hacer literatura. Sólo necesita descorrer el tupido velo -al decir de la Donoso- para mostrar el espectáculo obsceno que, por morbo, todos quieren ver.

Cuando vimos la primera vez el video de Black Hole Sun todos nos deslumbramos. Era una pieza como del Greenaway de Zoo o Drowning by numbers pero en el clip de la banda aparecía lo absurdo de las costumbres de un pueblo mega satisfecho: la tierra baldía eliotiana, lo raro que se ponen los hábitos en una especie de paraíso rosa. Un tipo de frac y humita alimentando una ternera. Recordemos que por entonces se había clonado una oveja. Es ese video, un grupo de gente de pronto ve aparecer a la muerte personificada en un viejo que anuncia un sol negro que se traga todo ese absurdo mundo asquerosamente kitsch de champagne rosado, mascotas exóticas, fisicoculturistas aceitados, una sugerida zoofilia, una niña demasiado grande en un columpio, alguien que hace una barbacoa con una Barbie, gente de blanco y todo esa tierra baldía, ese sinsentido, esa gente sin conciencia de la muerte. “No pensar en la muerte/ es no amar la vida”, dice Julio Barrenechea. Por eso las poleras con calaveras de estos piratas musculosos, por eso esta muerte no es motivo de llanto, sino de resistencia y aguante.

Frente al exitismo yuppie nace el contrapeso, el lado B del espíritu americano, una música cruda que mezcla punk con la herencia rockera. Las letras de algunas bandas son doloridas o irónicas, especialmente las de Alice in Chains y Nirvana. Pero hay un matiz vitalista en este asunto: Soundgarden. Del aspecto frágil de Cobain y Layne Staley de Alice, a la voz vital de Chris Cornell, ese aullido que parece emerger de las calugas de este superman del grunge quien decía que intentaba pensar el dolor como un grito. Por eso la muerte no importa: “kill your health and kill yourself/ and kill everything you love/ if you love you can fall to pieces”, canta en Burden in my hand.

No es literal. Está en esos versos el no aferrarse de los budistas, el rechazo al ego, una incitación irónica y desafiante al suicidio y a vivir a concho. La afectación es sincera y, en la voz de Cornell, adquiere un impulso vital que no tiene que ver con el nihilismo ni con un desencanto, sino que con una sensibilidad dañada por el curso mundano de las cosas. Habla de la carga en las manos, cuando la depresión deviene dolor físico, a la que no le queda otra alternativa que convertirse en poema (Burden in my hand). La voz de Cornell, más sus letras, son el fundamento de un vitalismo brutal. Una reacción sincera y aterrizada contra el yuppismo de los 90. Y, a diferencia de las otras bandas grunge, son masculinos, vitalistas, resistentes. No usan las ropas infantiles del resto de las bandas y tienen cuerpos trabajados. Como letrista, Cornell es más cercano a la visceralidad de Staley de Alice que a Cobain, que siempre es irónico.

Los biógrafos le atribuyen todo al divorcio en la adolescencia de los padres (de Cornell y Cobain). No lo sé, casi todos somos hijos de parejas separadas. Luego de esa separación, Cornell abandona sus estudias de piano y se va de su casa. El cliché del rockero. El piano, asociado en cierta forma a una serenidad y una virtud solitaria, es reemplazado por otros instrumentos más asociados a una pulsión vitalista, a un flujo excesivo a energía y al rock.

No es nihilismo, es al revés: es vitalismo y resistencia. Lo que nos gusta de Cornell es que no haya sido llorón, lo que lo diferencia de los demás, y a una profundidad lírica (Staley de Alice siempre es quejoso). Como decía uno de sus versos: sígueme en el desierto/con toda tu sed. O, al menos, admiro esa resistencia y firmeza en este poeta. No idealizo, leo su poesía y siento su voz. Por qué nos inventamos héroes. Con todo respeto por la gente que admira a gente, como Stella Díaz o Lira, y necesita idealizar gente, necesita símbolos, cuando lo que hay que revisar siempre son las obras, aunque sean de galanes imperfectos. Y ante la idealización, el héroe nos da un portazo en la cara: la muerte, el sol negro.