El sábado 15 de julio Santiago amaneció blanco. Quienes andaban de fiesta esa madrugada salieron a disfrutar de la nieve mientras caía, pero la inmensa mayoría se encontró con la ciudad cubierta por ella al amanecer. En los barrios bajos cayó poca y no tardó en derretirse, pero a medida que uno se acercaba a la cordillera el espectáculo era extraordinario. Algunos niños esquiaban por calles y jardines, otros hacían monos de nieve, todos se arrojaban bolas heladas. La nieve se acumuló hasta formar colchones sobre las madejas de cables que recorren la ciudad, desplomando muchos de ellos. Otros se fueron al piso por culpa de las ramas y árboles que les cayeron encima. Pero el corte de luz que afectó a los barrios altos todavía era un detalle durante esa mañana formidable. Instagram se llenó de fotografías alegres que mostraban una capital de aspecto nórdico. “¡Ahora sí que somos como Finlandia!”, bromeaban por twitter. A medida que las horas transcurrían y la energía no regresaba, sin embargo, los comentarios fueron cambiando de tenor. Mientras más rica es una casa, más depende de la electricidad, y al llegar la noche de ese sábado heladísimo, empezó a cundir la desesperación. Hubo quienes estuvieron hasta cinco días sin luz. Quienes tenían dinero para pagarlos, repletaron los hoteles de Vitacura, Las Condes y Providencia. Ya no tiene sentido hablar de que se corta la luz cuando desaparece la electricidad. Es el funcionamiento completo de la vida cotidiana lo que se interrumpe. Uno de los directores de ENEL, la transnacional propietaria de la energía en Chile, reclamó porque esa mañana de nieve no le había llegado el periódico ni le estaban funcionando los canales por cable, sin reparar en que la empresa a su cargo tenía a muchos de sus usuarios a oscuras, sin calefacción, sin agua caliente, sin música y sin televisión. “Pico ENEL ojo” fue una frase que se viralizó rápidamente. En los edificios se detuvieron los ascensores y durante las horas y los días que siguieron, sus habitantes daban gritos de rabia por las escaleras. La gente de más edad quedó atrapada entre mantas y frazadas. Los refrigeradores dejaron de funcionar y la comida se les descompuso. La hediondez que alcanzaron algunos de estos fue insoportable. Las bombas que suben el agua a los pisos altos dejaron de trabajar, de modo que tampoco había agua para ellos. Se acumuló mierda y orines en sus escusados. Como muchos de sus hornos y cocinas ya no son a gas, sino eléctricas, debieron arreglárselas con sándwiches y ensaladas. “Hacía un frío feroz”, me dijo uno, “y si llenar la casa con velas podría resultar romántico, ese frío insoportable lo impedía y volvía humillante”. “Las almohadas parecían escarchadas”, me dijo otro. Escuché a varios referirse a la suya como una “situación de guerra”, de “ciudad sitiada”, de “catástrofe”. Las multitiendas se repletaron de familias ricas en busca de estufas a parafina y anafres, pero rápidamente se agotaron. Quienes alcanzaron a comprar la suya se reunieron adentro de sus casonas en torno a la Toyotomi como pordioseros junto a una fogata. Sobre ellas pusieron teteras y tostadoras olvidadas. Burgueses indignados armaron barricadas en sus cuadras para protestar. No funcionaban los microondas ni los hervidores. Las mujeres no se podían lavar el pelo, porque los secadores no encendían. No sonaban los timbres, de modo que las visitas se avisaban a gritos en propiedades donde el portón puede llegar a estar muy lejos de la puerta de entrada. Vecinos cubiertos con parkas y ponchos conversaban en las veredas, donde hacía la misma temperatura que en sus dormitorios. Como no tenían televisor, se vieron en la obligación de conversar. Cundieron los litigios maritales. Supe de quienes inventaron paseos en auto sólo para enchufar sus celulares y disfrutar del calor que conseguían ahí. De admirar la belleza prístina de la nieve, pasaron a despotricar contra la empresa que los exponía a esa crueldad que la nevazón disimulaba como una prostituta vestida de novia. El lunes siguiente se informó de la muerte de dos electrodependientes. La palabra era nueva para muchos, y aunque se refería a enfermos que sobrevivían conectados a un aparato eléctrico, resumía con exactitud la condición actual (y futura) de nuestra civilización: “electrodependiente”.
Según los ejecutivos de ENEL y los defensores de la ortodoxia libremercadista, la seguridad y calidad del servicio eléctrico depende de cuánto estemos dispuestos a pagar por ella. Lo cierto es que las utilidades de la empresa son lo bastante grandes como para exigirle una inversión mayor, pero la pregunta que, al menos para mí, dejó rondando este desplome del sistema, es si acaso puede quedar entregado simplemente a la lógica del mercado un recurso tan esencial y medular para la vida comunitaria. El mundo de las comunicaciones también depende de la electricidad. Computadores, televisores, teléfonos e internet no existen sin ella. Dentro de poco incluso los automóviles serán eléctricos. Es muy delicado que su manejo esté todo en manos de una empresa movida por la simple lógica de la ganancia. Y no hablo necesariamente de estatizar, pero sí al menos de desconcentrar su propiedad, ya sea promoviendo la generación doméstica de energía solar (u otras por desarrollarse), la competencia de más empresas en el rubro, o por último una regulación de tal magnitud que vuelva privada la gestión pero políticas, y no comerciales, las decisiones y estrategias finales. De lo contrario, los dueños de la energía poseerán un poder ante el cual la democracia se verá postrada.
Felizmente, el mal desempeño de ENEL esta vez afectó a los ricos. Digo “felizmente” porque ellos pueden batírselas por sí mismos con más facilidad. ¿Pero el resto de los “electrodependientes” –no los enfermos, sino los hijos de la tecnología- pueden quedar entregados así como así a la lógica comercial en el acceso a un bien sin el cual de nada sirven los demás? Y valga que en tiempos de cambios climáticos, la excusa de lo extraordinario -inundaciones, temporales, nevazones- puede perder sentido de un día para el otro.