A varios kilómetros de la playa de Zarzis, ciudad tunecina próxima a la frontera con Libia, un amplio terreno de arena removida por la pala y por la lluvia esconde la cara más amarga, pero también solidaria, de la tragedia de la migración en el Mediterráneo.

Gestionado por Marzoug, un pescador de 52 años en paro, ofrece descanso eterno a decenas de personas que se dejaron la vida en el mar en busca de una quimera y a las que se les ha robado incluso el derecho a reposar en paz en el cementerio municipal.

“Cualquier día de estos alguno de los cadáveres saldrá a la superficie”, se lamenta ante Efe mientras pasea cabizbajo entre las tumbas, sin vacilar en sus pasos, conocedor de un túmulos que ha excavado con sus manos.

Hasta 2014, aquellos que sucumbían al periplo del Mediterráneo -en su mayoría subsaharianos- recibían sepultura en un rincón del cementerio local destinado a quienes no han sido identificadas.

Pero las familias se quejaron, primero, por la falta de espacio y después por la presencia de desconocidos junto a sus allegados fallecidos.

Para evitar disputas, el Ayuntamiento cedió un terreno situado en el extrarradio, un antiguo vertedero que un grupo de voluntarios limpió y acondicionó como pudo.

Hoy es un camposanto prácticamente anónimo, como quienes ocupan sus sepulturas, algunas marcadas por ladrillos y piedras que las lluvias torrenciales de los últimos días no han logrado arrastrar; otras, simples bultos que sobresalen de la tierra.

“Estas personas no tienen a nadie aquí, somos su familia. Tienen derecho a ser enterradas con dignidad y con respeto”, dice Marzoug, voluntario de la Media Luna Roja.

Explica que cuando los Guardacostas reciben el aviso de los pescadores, se desplaza para recuperar el cuerpo hallado en una furgoneta prestada.

“La alcaldía no tiene recursos y no podemos permitir que vayan en un camión basura”, añade. Después, con “guantes, ropa desechable y desinfectante” que algunas ONG le donan, los limpia y entierra “a pala”.

Sin muestras de ADN, sin estudio forense, un simple y anónimo cadáver escupido por el mar.

Solo se identifica “a quienes se cree que pueden ser tunecinos. Cuando entierro a una persona no veo su religión o su color de piel. Si se encontrara a una joven rubia o a un hombre de ojos azules todo el mundo se movilizaría”, deplora.

Marzog asegura que en los últimos dos años ha sepultado a cientos de personas, incluidos niños, y que hay escenas de extrema dureza amarradas en su memoria.

“Son imágenes que no podré olvidar.. como la de una mujer joven que rodeaba con sus brazos a un niño de tres o cuatro años u otra que sostenía a su bebé en un pedazo de madera”.

La migración irregular desde las playas del sur de Túnez se ha multiplicado en los últimos meses, en gran parte a causa del desplazamiento de las pequeñas mafias de la costa oeste de Libia empujadas por el acuerdo secreto y millonario firmado por Italia con las milicias.

Pero también por el deterioro continuado de Túnez, país sumido en un grave crisis económica y social que mezcla mala gestión pública, recorte de derechos, precariedad, paro y malestar por lo que empieza a percibirse como el fracaso de la revolución de 2011.

Solo en el mes de octubre, el número de profesionales liberales y de jóvenes desempleados, sin esperanza de futuro, que han abandonado el país -legal o ilegalmente- se ha triplicado respecto al año anterior.

“¿Qué van a hacer aquí?”, señala Marzog, padre él mismo de dos hijos que cruzaron el mar de forma clandestina, el primero hace año y medio y el segundo, cinco meses atrás.

“Sólo me lo dijeron cuando llegaron al otro lado. La primera vez me afectó mucho, pero después pensé que Dios me recompensa por mi trabajo”, afirma.

Ambos tuvieron suerte y trabajan ahora en Francia, todo un alivio que en el caso de Marzog se empaña por el dolor de los se quedan en el camino: “mis hijos lo lograron pero ¿y los otros?”, se lamenta el hombre.

“Cuando hablas con estos jóvenes y les preguntas por qué han arriesgado sus vidas en el mar te dicen: yo ya estaba muerto en mi país. Prefieren morir en el agua que en su tierra”, concluye antes de expresar en voz alta el que dice es su último sueño.

“Un cementerio de verdad: con muros, una puerta, una habitación de servicio, un espacio para la memoria de las víctimas, con flores y árboles?”. La Media Luna Roja tunecina ha lanzado una petición en internet para recaudar fondos.

En tan sólo 24 horas lograron 800 euros. Ahora tienen 5.000 de los 35.000 que necesitan y para lo que Marzog reza a diario mientras mira el mar.