“Desde que murió aquel chico en [el barrio de] Tablada la policía empezó a controlarnos más, pero nos apañamos”. Esta es la explicación que da Redondo* del porqué cada vez es más difícil localizar carreras urbanas y el cuidado que hay que tener a la hora de organizarlas.

Redondo está parado, pero tiene cerca de una docena de coches en su garaje. Nació hace 25 años y vive en un barrio conflictivo de Sevilla, donde se gana la vida revendiendo coches en desuso o destrozados que él compra a un precio ridículo.

Con sus conocimientos de automovilística, y junto a su hermano, que tiene un taller de mecánica, crean también máquinas aptas para competir en carreras, como mínimo contra la ley.

Son coches preparados para correr, para competir en la vía pública en lo que comúnmente se conocen como carreras clandestinas, y están modificados para tal efecto.

A Redondo no le gusta competir, pero sí observar, y desde los 8 años ha ido con su hermano a todo tipo de concentraciones, a disfrutar del rugido de los motores y las velocidades puntas que alcanzaban en recta los bólidos.

“Antes era mucho mejor” afirma. “Las carreras no eran legales pero la policía, siempre y cuando estuviéramos en Tablada, nos dejaba competir. Teníamos una avenida grande y hasta cuatro coches podían correr a la vez. A la gente le gustaba mucho apostar, aunque no se moviese mucho dinero —se ponían de normal entre 60 y 120 euros— y se lo pasaba muy bien. Podíamos correr incluso de día y no como ahora que nos tenemos que esconder”, añade.

A Redondo se le llena la boca cuando habla de todo lo que mueve el mundo del motor y no duda en contar mil y una anécdotas de los años que lleva metido en el mundillo. Sin preguntárselo invita a que vea en primera persona como se desarrollan estas historias.

“En la Facultad de Ingeniería que hay en el campus universitario de La Cartuja [a diez minutos del centro histórico de la ciudad], todos los miércoles hay ambiente.

Son las doce de la noche y cuidadosamente callejeo con mi coche por las estrechas vías de su barrio, mirando ambos retrovisores para que no roce lo más mínimo con otros coches. La tensión es inherente a mi cuerpo hasta el momento que por fin el GPS me indicó que había llegado a su casa. Allí estaba, apoyado en el coche junto a un gigante de 1,90 metros y posiblemente 150 kilos. Al verme, Redondo se dirige hacia mí y me explica que, por seguridad, vendrá su amigo.

Antes de comenzar la aventura, me enseña su garaje. En él hay guardados coches que son reliquias de los 70.

El resto del garaje es un continuo orden dentro del desorden. Un taller en toda regla, con todo tipo de herramientas y piezas para montar y desmontar todo lo que se antoje. Aún embelesado por todo lo que veía me avisaron de que debíamos ponernos en marcha.

Me indican el camino para salir del barrio y mirando, Redondo le comenta a su amigo quién cree que puede estar o no por Ingenieros. Tiene memorizada en su cabeza la matrícula de todos los coches de sus conocidos en el barrio.

En autopista, seguramente por miedo a que me desilusione, mi guía me comenta, “Oye, no pienses que lo que vas a ver son putas, drogas y pistolas. Yo la pistola me la guardo en mi casa. La gente se cree que allí la gente va a pegarse y drogarse y eso es falso. Simplemente la gente se reúne para beber en la vía pública y si surge algún pique pues bien y si no pues nada”.

Trago saliva y le pregunto sobre el hecho que ocurrió en la pista de aterrizaje de Tablada hace ya trece años, donde murió un niño de nueve años durante una carrera entre varios coches. Redondo comenta que “Tablada antiguamente era una maravilla para estas competiciones, pero empezó a llegar gentuza empastillada y pasada de vueltas y pasó lo que pasó. Fue una pena porque allí se vivían cosas impresionantes, pero por culpa de dos tontos ahora nos vemos evitando siempre a la policía y sin estar cómodos en ningún lado”.

Me llama mucho la atención como Redondo, a pesar de negar que participe en carreras, utilice siempre la primera persona cuando habla de ellas. O bien siente tan suyas las carreras que las vive como un corredor o bien me ha mentido sobre lo de no haber competido nunca.

A medidas que llegamos al lugar de concentración, nos encontramos con un Mustang con un gitano al volante. Seguramente tenga nuestro mismo destino y me surge la primera duda de si nos encontraremos muchos coches de alta gama. Redondo comenta bromeando que en las 3000 viviendas o en Torreblanca tienen más coches de alta gama que en Puerto Banús y que alguna vez se dejan ver por Ingeniería.

Cruzamos el puente de la Barqueta que da acceso al destino y me indican que baje la velocidad y que extreme las precauciones. Conseguimos llegar a la puerta de la facultad y observamos en los estacionamientos varios pequeños grupos de personas junto a sus coches. Suena reggaeton y trap a todo volumen y, por supuesto, todas las miradas se dirigen a nosotros. Había unos veinticinco coches y, aunque ninguno es de alta gama, sentía que mi Peugeot 206 desentonaba allí.

El ambiente no es que fuera muy selecto precisamente. La mayoría de los asistentes bebía alcohol o fumaba hachís. Se reunían alrededor de sus automóviles y comentaban sus andanzas o contaban chistes. Lo cierto es que si no fuera por los coches, no se diferenciaría mucho de lo que es un carrete común junto a las discotecas.

Pasa el tiempo y no parecía que fuera a pasar nada destacado. Redondo me pide paciencia, pero hace mucho frío y cada vez veo que más miradas se dirigen a nosotros.

En ese momento aparece un coche de la Policía Local que lo único que provoca es que se baje un poco la música. Los porros no se movieron de los labios del personal ni los vasos se movieron de sus manos. Seguramente a la policía le interese mantener la tranquilidad que existe en ese momento, a pesar de que los presentes están cometiendo ya de por sí varios delitos.

La Cartuja, además de ser un campus y una zona empresarial, cuenta con varias terrazas de verano y por lo tanto con más alboroto de personas y coches durante esa época. Pregunto si durante esa temporada existe más control policial. Redondo me sorprende al explicarme que es la época del año cuando se producen más concentraciones.

Empiezo a escuchar rugidos de motores a lo lejos. Dos Renault Megane han empezado un pique y se lanzan a toda velocidad por el Camino de los Descubrimientos, una avenida prácticamente recta de unos 2,5 km que para los competidores es una maravilla. Redondo me hace un gesto con la mirada indicándome por donde van a aparecer. Saco de mi bolsillo del chaquetón mi cámara de fotos, pero inmediatamente mi guía me la quita de la mano y me la vuelve a guardar en el bolsillo. “¡Ni se te ocurra, te puedes buscar una ruina!”. Lo cierto es que las cosas estaban bastante tensas últimamente por allí, tal y como recogieron los medios locales posteriormente.

De repente aparece una mujer conduciendo un Dacia Logan por la misma vía, a quien los competidores esquivaron a una velocidad infernal justo antes de llegar a una rotonda tras la que se pierden de vista. La señora tardó varios minutos en volver a arrancar, seguramente llevada por un susto que no se le pasaría en horas.

Fue el primer y único pique de la noche, pero sin duda entretuvo a la gente. Una muchedumbre que se mueve en este ambiente que muestra la buena relación que mantenían los amantes del mundo del motor.

Más tarde, pasadas ya las dos de la madrugada, cruzaba la avenida un mito de las carreras ilegales sevillanas. Esta vez no está compitiendo, ni siquiera se para, como si solo le interesara ver quién se había dejado caer esta vez por la quedada. Al volante de un Renault Clio 1.8, está Antonio*, un chico con apenas un grado medio de electricidad lleva un coche modificado por él mismo para superar los 200 cv en un banco de potencia, con adaptaciones en la caja de cambios, en el tubo de escape, la dirección y sin equipos de músicas ni asientos traseros ya que cada gramo del coche cuenta. “¿Es esto tunning, Redondo?” pregunto. “No, esto es una verdadera obra de arte de la ingeniería de un chico por el que se pelearía medía Wolkswagen”.

Antonio me hace reflexionar sobre cómo un muchacho de un barrio tan humilde, sin apenas estudios y con un porvenir muy negro es capaz de crear semejante máquina. Quizás existen personas que podrían ser muy bien aprovechadas si se les diese la oportunidad de actuar en ciertos campos en los que, a pesar de no tener la cualificación requerida, podrían ser sin embargo auténticos genios.

“¿Por qué se dedican a esto?” pregunto a mis acompañantes. “Quizás porque queremos tener la máquina perfecta, mejorarla, cuidarla, que crezca, que sea la más veloz y la más potente, la que suene mejor. En definitiva, perseguimos un sueño, aunque no sea legal”.

*Para respetar la intimidad de las personas mencionadas, sus nombres han sido cambiados.