El cambio del ciclo político se da dos veces, primero socialmente, después políticamente. Primero por inundación, luego por competencia. Al primero aquí lo llamaremos ‘acontecimiento’; al segundo ‘momento cero’. El primero es desborde, el segundo es irrupción. El primer instante desestabilizará la geología de los procesos políticos y sociales; el segundo los reestructurará. El primer momento lo identificamos con los movimientos sociales (y especialmente el de educación) en 2011. El segundo lo identificamos con la elección nacional del 19 de noviembre de 2017. El cambio de ciclo político tiene hoy un nombre: Frente Amplio, que es simplemente la tercera fuerza política del país que producirá una nueva estructuración del ser oposición, que dibujará una nueva relación con el modelo de sociedad y que es la respuesta política vigente al ciclo político de crisis. Pues aun cuando su tercer lugar llevará, al Frente Amplio, a ser un actor sin capacidad de gobierno y sin capacidad suficiente para imponer su fuerza parlamentaria, no es menos cierto que es ya hoy (y será probablemente cada vez más) el actor con mayor capacidad para adaptarse a la necesidad de cambio de repertorio político que ha impuesto el malestar social con el mercado y el descrédito de la política. Nadie puede dudar hoy que el Frente Amplio surfea la ola correcta o, al menos, una ola que existe.

A toda crisis social de alto impacto suele acompañarla una respuesta política. No es poco frecuente que la primera respuesta política falle. Y entonces se abre la opción en que, más tarde o más temprano, surja una segunda respuesta política. Y es normal que la primera respuesta política sea menos lejana al viejo orden que la segunda respuesta. Es decir, si la crisis social fue de gran tamaño y politizó el escenario hasta exigir una respuesta, la primera respuesta suele ser una ruptura solo parcial con el viejo orden, es decir, una ruptura que tiene bastante de ritual y no tanto de real. Pero cuando esa respuesta no funciona, suelen surgir respuestas más radicales y audaces. Las sociedades son sumamente conservadoras. Solo un gran malestar y el fracaso incesante de los cambios parciales conducen a la búsqueda de más transformaciones. Las sociedades ensayan toda clase de conservaciones antes de apostar por una transformación. Y cuando aceptan el cambio, suelen morigerarlo en el camino. Por eso las ciencias sociales deben poner particular atención cuando la tendencia a la inercia de una sociedad no se cumple. Y es que muchos piensan que un escrito sobre el Frente Amplio es simplemente la presentación de un nuevo actor. Sin embargo, lo que es necesario comprender es que se trata de un hecho excéntrico que solo puede explicarse por una condición social específica y robusta en su significación. La irrupción del Frente Amplio y su (relativo) éxito electoral el 19 de noviembre no es un hecho meramente electoral, no deriva de las virtudes tácticas o estratégicas de la coalición naciente, o al menos no es solo eso. Es ante todo un acontecimiento, una fisura en el orden político, una transformación en el sentido común. Es un hecho social que solo puede explicarse por otros hechos sociales. No es el tiempo de la anécdota situacional, sino de comprender la historia.

La crisis social que marca el acontecimiento central en los albores del Chile del siglo XXI, el momento en que lo social inunda lo político luego de un distanciamiento sostenido que tornó impertinente lo social para los códigos de la política; se produjo en 2011 y tuvo como principal actor (pero indudablemente no el único) al movimiento estudiantil o, mejor dicho, el movimiento por la educación gratuita y de calidad, cuyo centro político estaba en las orgánicas del mundo universitario y particularmente de la CONFECH. La incapacidad de respuesta ante la crisis, en ese instante, por parte del gobierno de Sebastián Piñera, no se tradujo en una oportunidad para su oposición política, la Concertación. Más bien al contrario, tanto la coalición de gobierno como la coalición de oposición bajaron simultáneamente en las encuestas su aprobación y fueron vistos, crecientemente, como un grupo homogéneo, como una elite, que era toda ella incapaz de dar respuestas. Ello condujo a la necesidad de cerrar el proyecto histórico más exitoso electoralmente jamás conocido en Chile, la Concertación; para fundar una nueva coalición que, al incorporar a líderes importantes del movimiento por la educación, pudiera articular una respuesta. Esa apuesta fue electoralmente exitosa y la existencia de una figura no contaminada por la crisis, como Michelle Bachelet, cuyos excelentes rendimientos en confianza eran completamente excéntricos en comparación con el sistema político; permitieron así que la Nueva Mayoría (la coalición naciente que va desde la Democracia Cristiana hasta el Partido Comunista) fuera la primera respuesta a la crisis.

El fracaso de dicha respuesta invitó a todos quienes consideraban que en 2011 no había ocurrido un cambio geológico a pensar que, dado el fracaso del gobierno de Bachelet (cuya aprobación llegó a estar en 15%), entonces la derecha sería la que crecería hasta ganar fácilmente la elección de 2017, incluso con la opción de transformar la segunda vuelta en un mero trámite. Sin embargo, el fracaso de la primera respuesta política supone la necesidad de una segunda respuesta política. Y ésta es el Frente Amplio. Si la primera respuesta fue una combinación de actores principales del viejo orden con incrustaciones nuevas, la segunda respuesta se articula claramente desde fuera del viejo orden, al menos desde fuera del orden político.

Por supuesto, muchos enfatizan y hasta la Presidenta Bachelet lo señaló, que el Frente Amplio son literalmente ‘los hijos de la Concertación’, revelando un mero recambio generacional. Aunque no es falsa la existencia de frecuentes vínculos familiares con la anterior política, cuestión nada extraña en la historia de Chile y por lo demás bastante normal sociológicamente (los que apuestan a la política suelen conocer el código de la política con más facilidad y saben jugar el juego), es evidentemente claro que la respuesta del Frente Amplio no es una respuesta orgánica del viejo orden para adaptarse a lo nuevo. Esto no lo hace revolucionario. Ni siquiera lo convierte, al Frente Amplio, en una estructura política radicalmente disidente. Pero sí es la primera respuesta política a la crisis social que efectivamente se sitúa fuera del orden transicional.

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El Frente Amplio ha tenido una verticalidad intensa, pero disimulada. Y esa verticalidad ha estado más asociada a la administración interna que a la disputa política externa. Hoy la verticalidad comenzará a crecer como una exigencia de la disputa a nivel nacional. Los liderazgos no solo tendrán que ser cercanos, sino eficaces, capaces de llevar a cabo las tareas señaladas. Ya no bastará con las buenas intenciones, con la ausencia de corrupción, con la renovación generacional. Se requerirá del logro sistemático. La ciudadanía ejecutó el 19 de noviembre algo parecido a un voto de protesta. Por supuesto, ese voto ya tenía cierta forma y alcanzaba a ser un prólogo en favor de un voto de gobierno. Pero seguía siendo un voto de protesta. De hecho, es posible que el clima electoral en contra del Frente Amplio, impulsado por las encuestadoras de la derecha, pudiese no haber perjudicado al Frente Amplio. Un votante ritual que quiere señalar su protesta puede hacerlo por una coalición con más calma cuando sabe positivamente que no llegará al gobierno. Este es un asunto a investigar, no es una afirmación, pero debe estar sobre la mesa. Y en ese marco todavía el voto de Frente Amplio no tiene verticalidad, no habla de la presidencia de la República, no habla del mando, de la conducción, del poder que se impondrá en la historia. Cuando se vota por un gobierno se vota por alguien que puede decidir, en último término, ir a la guerra. Es la verticalidad mayor. Hoy el gran desafío del Frente Amplio está en satisfacer la verticalidad y no solo la horizontalidad. Y de comprender que toda la oferta realizada es una oferta de grandes mutaciones, es una oferta prometeica de quitar el fuego a los dioses (o el capital a los empresarios). No se puede arribar a la cima de esa montaña sin haber afrontado grandes batallas y haberlas ganado. He ahí el desafío, que es además un dilema.