Camila Rojas Valderrama (26) tiene la piel morena y un apellido común y corriente. Su papá trabaja en la construcción y su mamá es modista. Creció en una vivienda social pareada en Cerro Alegre, San Antonio. Se educó en “Nuestra Señora de Pompeya”, un colegio chico y subvencionado del puerto. Los orígenes de la diputada electa más joven del Parlamento, tienen poco que ver con los de otros dirigentes del Frente Amplio, que cargan con el mote de ser “hijos de”, tienen los ojos claros o provienen de linajes extranjeros.

-No son todos cuicos, me gusta ser Rojas. El FA tiene una raíz muy universitaria, surge del movimiento del 2011. En la Chile y la Católica la élite pesa harto, me tocó vivirlo en la U, en algún momento me sentí incómoda. Igual, ahora, en el bloque, hay gente que no tiene plata, pero, claro, los principales líderes… Es que este es un país muy desigual, entonces en las universidades buenas, está la gente con plata, los dirigentes son hombres, blancos, educados… los privilegiados-, admite.

También recuerda que cuando discutía de política con sus compañeros sobre las necesidades que ella vivió en carne propia, “sentía que estaba rodeada de gente que sabía más y sabían más, precisamente, porque eran cuicos. Estaban más preparados y creo que los chiquillos lo hacen sentir. Las desigualdades estructurales afectan todo, en ese caso a mí, pero es una cuestión más general”.

Todo ese aprendizaje le sirvió para abrirse camino en Izquierda Autónoma (IA), el más intelectual de los movimientos que conforman el bloque, con un liderazgo conciliador y el visto bueno de Carlos Ruiz, que apostó por ella.

Junto a la constatación de la diferencia de clase, en la universidad también interiorizó las desigualdades que se daban por el hecho de ser mujer. Desde hablar menos en las asambleas, hasta estar relegadas a tareas de organización o secretarías. Durante su presidencia en la Fech, además, enfrentó la explosión de las denuncias de acoso sexual.

En uno de los días más calurosos antes de despedir el 2017, Camila llega hasta el bar Rapa Nui, en Providencia, escoltada por su jefe de gabinete, Diego Corvalán, para hablar de cómo ha construido su ruta al parlamento. Es hora de almuerzo. Pide el menú del día, lomo de cerdo con papas fritas y una bebida. Comenta que le encanta comer en lugares baratos. Al principio se ve algo tensa, pero en el transcurso de la entrevista, se relaja, tira tallas. A diferencia de sus compañeros de militancia, no transmite arrogancia en sus palabras, se ve relajada y alegre.

Acaba de terminar una reunión con el resto de las diputadas electas del Frente Amplio, con las que pretenden conformar la primera bancada feminista en el Cámara. En un par de horas, parte en bus a San Antonio, para celebrar el año nuevo junto a su familia, a la que describe como la típica “familia chilena promedio”. En la casa de sus papás, donde todavía vive y se quedará al menos un año más, cuando era niña no se hablaba de política, tampoco de fútbol o religión. Su familia no se considera de izquierda ni tampoco militan.

De pequeña participaba en las organizaciones sociales de San Antonio. Estuvo en la pastoral, en el coro, bailaba en la comparsa. “Era muy canapé, andaba metida en todas. Era bien ñoña y medio inaguantable. He evolucionado”, dice. En su colegio era conocida por su carisma y buenas notas. Cuenta que se graduó con un NEM 6,8, aunque luego matiza y aclara “mi colegio era malito”.

Dice que es fanática de las teleseries, ahora está viendo Perdona nuestros pecados y también siguió Verdades ocultas. Cuando tiene tiempo, ve series. Entre sus favoritas, están Breaking Bad, Game of Thrones y Orange is the New Black. Toca la trompeta y carretea con sus amigos, pero no toma nada de alcohol, no fuma marihuana, ni cigarrillos. Una de sus amigas comenta que es la encargada de recordarles qué sucedió la noche anterior y de asistirlos cuando las borracheras se les escapan de las manos.

El 2006 para la revolución pingüina, Rojas, estudiante de segundo medio, ya se perfilaba como dirigente estudiantil. Ese año derrocaron al centro de alumnos; en su reemplazo, armaron un consejo y fue electa representante de su generación. Por ese entonces, había decidido estudiar Administración Pública. Había muchas expectativas sobre ella y su futuro. Y al menos las de sus vecinos en San Antonio, las cumplió con creces. El próximo 11 de marzo, el mismo día que asumirá como diputada por la V Región, cumplirá 27 años.

-Sabíamos que éramos competitivos, pero no éramos la candidatura favorita, ni la más asegurada, ni nada. Hicimos todo lo posible en la campaña. Cuando salí, fue bacán pero ¿sabí qué? Lo siento bacán sobre todo por Izquierda Autónoma, sentí más la felicidad colectiva, que algo tan tan personal. Si hubiese salido el Pancho Figueroa y no yo, hubiera sentido la misma felicidad-, reflexiona Camila en la sobremesa.

Desde afuera, uno se imagina casi un orgasmo en el Frente Amplio por los resultados en la primera vuelta.
-Puta, es que nosotros somos los antiorgásmicos del FA, tenemos disfunción sexual, ja,ja, ja. No, en serio, no sentí eso, porque estoy en un grupo político como IA en que somos más cautos. Tenemos que mirar la abstención, mirar la composición de los votos, estamos contentos, pero con cautela. Y está bien que cumplamos ese rol en el bloque.

En concreto, los autónomos necesitaban obtener al menos un cupo en el Parlamento para no volverse irrelevantes en el FA. El quiebre con Gabriel Boric y la irrupción del Movimiento Autonomista los ha golpeado fuerte. Ahora, desde el Congreso, Rojas estará a cargo de levantar sus banderas: La recuperación de derechos sociales, descentralización y género. También, apunta, se preocupará del trabajo en terreno para revertir la abstención que, cree, le facilitó el triunfo en segunda vuelta a Sebastián Piñera.

-Creo que en el FA no hemos asumido tan seriamente esa tarea, hay un mundo que convocar. Eso la derecha lo leyó bien y salió a buscar votos por fuera, hicieron bien su pega y, por otro lado, la NM hizo una muy mala campaña, tuvo un año desastroso, con dos candidatos, dos listas parlamentarias, discursos ambiguos. La perdición de la NM y la Concertación fue despreocuparse completamente del mundo social. Se perdió el vínculo entre lo político y lo social, eso se traduce en un resultado como el de la segunda vuelta-, reflexiona.

EL ASCENSO
Entrar a la Chile fue el punto de inflexión de Camila. El primer año se mantuvo lejos de la política. Su mala base, la obligó a esforzarse más que sus compañeros. “Me fue muy mal el primer año, como le pasa a muchos de los alumnos de colegios subvencionados o municipales que no son emblemáticos. No me eché ramos, pero nada de lo que había estudiado fue suficiente. Tenía una brecha importante”, cuenta.

El 2010, su segundo año en la universidad, fue un apronte de la explosión estudiantil de 2011. Junto a sus compañeros de administración pública, se movilizaron porque su carrera no tenía sede propia. En medio de un Consejo del Cruch, ingresaron cerca de 200 estudiantes y funaron al ex rector Víctor Pérez, y se comieron todo a su paso.

-Creo que fue una de las experiencias que más marcó, fue como una catarsis. Después de la funa, nos fuimos a paro, armamos ollas comunes, cosas que nunca había visto-, recuerda.

El 2011 empezó a asistir a los plenos de la Fech. A mitad de año, luego de conversar con Francisco Figueroa, ingresó formalmente a militar en IA. Fue la primera de su carrera en entrar al movimiento.

“Nos juntábamos a hablar, discutir temas, era una dinámica completamente distinta para mí. Nos formaban políticamente, nos pasaban textos, nos orientaban, hasta nos enseñaban a hablar”, dice en alusión a las técnicas de formación teórica y política que ostentan los autónomos.

Ella, cuenta, no es tan estudiosa como otra gente del colectivo. Admira a Luis Emilio Recabarren, Rosa Luxemburgo y Alexandra Kolantái, esta última porque “problematizó el tema de las mujeres y políticas. Planteó que el socialismo no iba a traer de por sí la liberación para las mujeres. En Latinoamérica, me parece interesante el proceso de Evo Morales, es medio machista pero igual”.

Al principio leía mucho a Carlos Ruiz o a Víctor Orellana. Pero dice que “nunca he sido muy fan de tener referentes al igual que el amor romántico, los aborté”.

La reticencia de Camila no fue un tema personal, sino una posición frente a la idealización en las estructuras partidarias. En sus palabras “eso de tener a alguien que sigues, que defiendes, que tienes idealizado, no lo comparto. Obviamente, he leído a Gramsci, a Rosa Luxemburgo, a Marx. Somos materialistas. Pero no tengo esa cosa romántica, como esa gente que adora el Che. Eso a mí me carga y no estaría en una organización que tuviera esa desviación”.

El año 2013 asumió en el consejo de delegados de su carrera. Luego pasó a ser senadora y de ahí, en 2016, dio el salto a la presidencia de la Fech y se convirtió en una figura nacional. Una compañera de carrera, dice sobre sus años en la universidad como dirigente: “Camila era diferente, conversaba con todos los grupos, era querida y respetada, ella es bien dialogante, mesurada, trataba de no antagonizar tanto las posturas”.

El atributo de poseer un liderazgo dialogante y capaz de tender puentes, se lo reconocen también dirigentes del FA de otros movimientos. Uno de ellos dice: “Camila se construyó de menos a más, es bien capaz, tiene un ánimo constructivo y sabe crear confianzas, tiene buena capacidad de diálogo. A diferencia de Valentina Saavedra, ella es más incluyente, menos confrontacional, generaba más consensos en la Fech”.

Con esta impronta, Camila Rojas, la líder sin cuna del Frente Amplio, llegará en marzo al Congreso.