En Chile hay dos políticos con verdadera presencia internacional: Ricardo Lagos y Michelle Bachelet. Diría que con el paso del tiempo Michelle Bachelet ha conquistado incluso mayor relevancia. Es menos intelectual, pero más emblemática. Se la menciona para puestos de gran significación mundial, encarna muchos de los valores políticamente correctos en boga y se le admira con una intensidad difícil de entender para un amplio sector de chilenos que la evalúa por sus logros concretos y no por los simbólicos. Es natural que así sea: mientras acá el efecto de cada una de sus decisiones se experimenta muy pronto en la vida diaria, en la distancia configura horizontes deseables. No da lo mismo, en todo caso, esto de los horizontes deseables. A veces sirven para esconder el fracaso o las aberraciones inmediatas (Fidel) y otras veces su desprecio le despeja el camino a la barbarie (Trump). Su ausencia, en todo caso, implica el fin de la cultura, la muerte del arte, la desnutrición de la política.
Y si Bachelet es una política de rango internacional, ¿no habrá que agregar este dato a la hora de especular sobre qué fue a hacer a Cuba en este viaje? Me resisto a pensar que la media hora que Bachelet estuvo en privado con Raúl Castro la usó para decirle cuánto lo quería y cuánto lo admiraba. ¿Y si llevaba el encargo de mediar en la tragedia venezolana? Meses atrás, fue el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, un hombre eminentemente de derecha, quien lo hizo. La influencia de Cuba en América Latina, que alguna vez permeó todo el continente, hoy sólo permanece en Venezuela y, de algún modo, en Bolivia. La presencia del embajador chileno ante La Haya en la comitiva presidencial –Gabriel “Gato” Gaspar- podría significar que la disputa territorial con Evo Morales también estuvo entre los temas a tratar. Hay que recordar que en 2009, para su anterior visita, Fidel defendió en una de sus reflexiones publicadas en el Granma el derecho boliviano de una salida al mar. “No ha sido ni es aún fácil deshacer la urdimbre legal que, con la ayuda yanqui, la oligarquía vengativa y fascista ata a la nación chilena, digna de un mejor destino”, dijo entonces. Quizás había una deuda por cobrar. Son todas especulaciones, pero la que más me convence es la de su mediación en el tema venezolano. De ser así, el asunto tenía que mantenerse muy en secreto y encontrar una excusa nacional para esconder este servicio al continente.
La excusa comercial, en todo caso, no es absurda. En Cuba no hay casi nada, todo escasea y de no ser por las incertezas jurídicas y la inestabilidad en los pagos, constituiría el paraiso del emprendedor. Países como España. Francia y Canadá lo han entendido así y han tomado posiciones de avanzada en las últimas inversiones isleñas. Es un gran negocio hallarse en la pole position cuando la apertura, tras su ralentamiento por culpa de Donald Trump, retome el ritmo que había adquirido con Obama.
Por último, ¿quiere decir todo esto que para Bachelet no significa nada terminar su gobierno casi junto con la salida de Raúl y el fin de la revolución? No. Para toda una generación de izquierda que creyó en otro mundo posible, el cierre de esta etapa histórica, más allá de sus perversiones, es también la muerte de un sueño.