El Freddy se levantó mañoso, la caña que le dejó el pisco Campanario con Pap que se tomó solo la noche anterior lo tiene mal. Se soba la guata con su mano izquierda, la misma donde tiene tatuada Colo-Colo, una de las pocas palabras que sabe leer. Se queja, se echa en el suelo refunfuñando. Ya no da más. Cruza unas palabras con El Peca, quien le entrega una bolsita, un remedio. Entra a su carpa y en menos de un minuto ya está bien. “Un saquecito pa´ despertar, dice sobre la cocaína que acaba de inhalar.

Son las diez de la mañana en Plaza Italia.

El Freddy tiene que estar despierto, “aguja”. Se levantó tarde y ya es hora de trabajar estacionando autos en la calle Ramón Carnicer, a un costado del Parque Bustamante. Pasará la mañana como casi todos los días. Freddy saludará al encargado del parquímetro municipal, funcionario al cual no le quedará otra que respetar su cuadra, estacionará el auto de Luis Dimas, quien cariñoso le dará un abrazo. Luego de un par de horas de pega, volverá a encerrarse en su carpa para drogarse otra vez.

Mientras eso pasa, el Peca lava su ropa en un balde lleno de agua y jabón Simonds. Refriega sus calzoncillos, sus calcetas y su objeto más preciado, sus Nike Air. Las lava con particular atención. Primero saca las plantillas y con una escobilla las repasa minuciosamente, hace lo mismo con los cordones, finalmente lava cada zapatilla, las que quedan completamente blancas, es lo único blanco -aparte del jale- en el campamento donde cada noche duermen siete hombres.

El campamento de Plaza Italia llama la atención, pero pocos de los transeúntes parecen verlo. Eso a pesar de las cuatro carpas que lo componen, la parrilla que humea a la hora de almuerzo, la música gitana que retumba en un parlante y la tele que sintoniza Chilevisión religiosamente a las siete y media de la tarde, hora en que se encienden los focos del parque, los mismos de donde sacan la energía eléctrica por medio de un cable, una toma de corriente triple y cinta adhesiva.

Solo el Freddy y el Peca se quedan todo el día en el campamento, los otros cinco indigentes que duermen en el parque salen a trabajar en otros puntos de la ciudad. Venden helados y baratijas en las micros, trabajan en la construcción o algunos salen con su mejor pinta a buscar pega.

Tal es el caso de Matías, “el cabro chico”, como lo apodan. Fue el último en llegar al grupo, tiene 25 años, es moreno, tiene el pelo corto, los dientes blancos y los ojos pardos, hace un mes que vive en la calle.

Se fue de su casa por problemas familiares, igual que el 62,8% de las 10.610 personas que viven en la indigencia, según datos del Ministerio de Desarrollo Social. Nunca antes había vivido fuera de su hogar, de hecho, trabaja part-time en una multitienda del Mall Plaza Oeste, pero la plata no le alcanza para arrendar una pieza donde dormir.

“Me fui de mi casa por problemas familiares y una depresión que me agarró. No tenía donde ir, pasé una noche en la posta de Puente Alto, pero después me vine acá a Plaza Italia, aquí los cabros me dieron una mano mientras salgo de esto”, cuenta Matías, quien hace pocos días se ganó el espacio dentro de una carpa, luego de que una vecina les regalara una nueva al grupo. Antes dormía a la intemperie.

Matías no es como los demás indigentes de Plaza Italia, tiene estudios medios completos. Según él, estudió Logística y Operaciones Industriales en Inacap, maneja terminologías bastante específicas y actualmente está leyendo el libro El Secreto de Rhonda Byrne. Un texto de autoayuda que promueve “la ley de atracción”, que postula que cada persona puede obtener lo que quiere a través de pensamientos positivos.

El libro se lo regaló Javier Tentracoste, un ciudadano argentino y chofer de Uber, que regularmente visita el campamento para ayudar a algunos de los que allí viven. Matías es su predilecto. A parte del libro, le presta la ducha de su casa en el centro de Santiago, le regaló ropa e incluso lo ayudó a redactar un currículo. Metódico, estructurado, proactivo, responsable, disciplinado. Esas palabras usaron para definirlo.

“Matías no calza con el tipo de gente sin techo. De hecho, la primera vez que lo vi andaba con un saco de carbón. Pensé que estaba ayudando como yo. El Freddy, el Peca y los demás llevan más de veinte años viviendo en la calle, ellos no se van a reinsertar. Te puedo asegurar que si les das una casa, ellos se irían igual. En cambio Matías no, él quiere salir de esa situación, pero no le alcanza la plata”, asegura Tentracoste.

La misma idea repite Matías.

-No quiero vivir así-, cuenta.

“Pero la calle te llama, no la puedes dejar”. Al menos eso dice el Peca, minutos antes de encerrarse en su carpa a drogarse para desaparecer, para no hablar más.

Y ese precisamente es el miedo del argentino: “Él pasa hambre, frío y los demás miembros del campamento son acogedores, son su familia. Eso le debe hacer mierda la cabeza, porque ellos lo contienen, pero al mismo tiempo son gente difícil que toma y se droga para evadir la realidad y el Mati puede agarrar eso. Pero yo estoy seguro que no le debe gustar vivir así”.

Llega la tarde en Plaza Italia. El Freddy deja de estacionar autos, las zapatillas del Peca se siguen secando. El grupo junta las monedas para el Campanario con Pap. La bebida amarillosa es servida en vasos plásticos. En el parlante sigue sonando la música gitana, corren cigarrillos rojos de boca en boca. Uno a uno los indigentes entran a la carpa para el jale correspondiente.

“Cabro chico, te toca”, le gritan a Matías, que entra a la carpa sin titubear.

***

Eva Lara, coordinadora del programa Calle del Hogar de Cristo, separa, selecciona y empaqueta varios kilos de ropa ayudada por un grupo de cincuentonas y sonrientes voluntarias. Mientras lo hace, resume lo que conoce de la gente sin techo:

-Los jóvenes en situación de calle no demuestran pasarlo mal. No tienen ninguna responsabilidad, se levantan cuando quieren, lo pasan chancho. Están preocupados de pasarlo bien, de carretear, de las zapatillas, de ser onderos. Muchas veces creen que tienen controlada su situación de indigencia.

-¿Y no es así?

-No po’ si esos mismos jóvenes de veinte años se van a convertir en los viejos de la calle, esos mismos que no se asean, que perdieron a la familia, que no tienen dónde ir. Seguramente el Freddy en algún momento de su vida fue como Matías.

Y Eva, al menos en el caso de Freddy y Matías, tiene razón.

Se fueron de sus casas por los mismos motivos: no podían tolerar el orden que en sus hogares les imponían. Ambos son padres de muchachas a quienes dicen querer más que nadie. Sin embargo, la relación con ellas es bastante lejana. Freddy no ve a su hija hace más de tres años, mientras que Matías aún no le admite a la madre de su pequeña que está viviendo en la calle. “Si supiera, no me dejaría seguir viéndola”, reflexiona.

-Yo quiero lo mejor para mi hija, pero salió igual que yo, anda de mecha, es buena pal choreo. Parece que ahora está más tranquila porque fue mamá, yo ni siquiera conozco a mi nieta. La última vez que la vi, me dijo que no quería que mi nieta me viera en la calle, yo la mandé a la chucha. Le dije: tu mamá me conoció en la calle, le puse el pico en una ruca y naciste vo. Si no puedes aceptar eso es mejor que no nos veamos-, cuenta Freddy sobre su hija, con su voz ronca y rasposa, parecida a la de un viejo cantante de blues.

El recuerdo de sus hijas es una de las pocas cosas que pone tristes a los dos. Al menos dentro de lo que admiten como tristeza, porque en la calle parece ser una norma no hablar de los dolores. “Si nos pusiéramos a pensar en hueás tristes estaríamos todos con depresión” o “acá en la calle no te puedes mostrar débil porque si no te comen vivo”, son algunas de las reflexiones casi consensuadas de los miembros del campamento de Plaza Italia.

Otra de las apreciaciones comunes en el grupo, tiene que ver con la principal virtud que reconocen sobre vivir en la calle: la libertad. Al hablar de ella las palabras tanto del Freddy como de Matías parecen calcadas. Aprendidas de memoria.

-Lo mío es la libertad, no quiero una señora que me mande. Yo viví en una casa con un orden y un sistema, pero siempre te retan por todo, por la poca plata o porque no te bañaste, y yo no nací pa´ eso-, explica el Freddy.

-En mi casa me hueviaban por todo, porque me comía un pan de más, porque me levantaba tarde, porque no daba suficiente plata. Les molestaba todo lo que yo hacía y no me dejaban ser, entonces me fui nomás. Aquí al menos tengo libertad, nadie me critica por tonteras-, dice Matías.

Viejos que como el Freddy o el Peca son indigentes por una decisión personal. Situación que para Sergio Grez, historiador experto en movimientos populares chilenos, no es de extrañar.

“La forma de vida de las personas en situación de calle, muchas veces enmarca una identidad única dentro de los sectores populares. Donde en los signos de la vida callejera, puede encontrarse un acto de protesta ante la sociedad”, relata.

***

-Saliste peinado para atrás cabro chico-, le gritan entre risas a Matías, apenas sale de la carpa. Ya todos los integrantes del campamento de Plaza Italia tuvieron su dosis de cocaína, la misma que fue comprada a veinte mil pesos a un joven bien vestido, que no manifestó culpa alguna al venderle droga al grupo de indigentes.

-¿Cómo conocieron al dealer?

-No preguntis hueas-, responden a coro.

Ya todos “despiertos” comienzan con sus tareas nocturnas. El Peca se pone sus zapatillas blancas y prende el carbón, Matías va a comprar otra botella de pisco al minimarket Los Alpes de Vicuña Mackena, el Freddy pela papas hábilmente con una navaja de 15 centímetros sin su empuñadura. Todo esto ocurre mientras en Chilevisión se transmite una noticia roja, que con una dramática voz, cuenta como la narcocultura y los balazos se tomaron la población San Gregorio.

-Está mal este país-, comenta el Freddy.

El pisco llega y la tele se apaga. La música empieza a sonar, las cumbias villeras retumban en el parlante. Matías deja el vuelto en un tarro de leche nido, una especie de alcancía donde todos los miembros del grupo colaboran con el dinero obtenido en el día. La plata no es poca.

Por lavado de auto el Freddy y el Peca obtienen alrededor de tres mil pesos, sumado a los entre $200 y $500 que deja cada vehículo estacionado en la calle Ramon Carnicer. Los vendedores ambulantes del grupo también aportan con una cuota de dinero y alguno que otro transeúnte colabora con algo más. Los billetes y monedas de la caja cubren la comida, el alcohol y las drogas. Todos tienen acceso a ella. Nadie se roba.

“Acá no se puede ser cagado, si hay un pan se parte en cuatro, si está lista la comida se llama a todos. Siempre se asegura la vianda, si llegan chelas o comida tiene que alcanzar para todos”, cuenta Matías. Quien normalmente se encarga de las compras: pan, arroz y cebolla fueron las de ese día.

-Va a sonar súper feo lo que te voy a decir, pero los chicos de Plaza Italia no son los más pobres entre los pobres. Lo chiquillos tienen muy desarrolladas sus habilidades de supervivencia, entonces saben dónde comer o cómo taparse. Utilizan todas sus estrategias para seguir subsistiendo. Si tú me dices que consumen cocaína, que seguramente esta mezclada con otra cosa, deben tener una maniobra para generar recursos-, señala Eva Lara, quien pese a no conocer directamente la comunidad, enumera sus patrones conductuales a la perfección.

– La calle es brava, pero nosotros no somos ovejitas, somos como una manada de lobos fuertes, la gente que vive en la calle muchas veces es mala, pero aquí aprendes a tener un amigo, a cuidar a los otros cuando están enfermos. En este lugar se ve mucho la lealtad, porque aquí sin lealtad no cabes ninguna parte-, dice Paul, otro de los integrantes del grupo que trabaja en la construcción y duerme en el campamento cada vez que su mujer lo echa de su casa en Quilicura.

Y lo de manada es visible, los integrantes del grupo se quieren y se defienden. Ya que pese a ser supervivientes, como señala la funcionaria del Hogar de Cristo, la vida en la calle está rodeada de peligros.

“Hace un par de meses amaneció muerto un compañero, lo vinieron a buscar y nunca pudimos saber bien que pasó con él, creo que murió de hipotermia”, cuenta el Peca, con un muequeo propio de su drogadicción.

El fallecido fue un vagabundo que dormía en las escaleras de la estación Baquedano y se hizo conocido en Youtube, luego de que un grupo de jóvenes lo grabara catando un vino en caja. El compañero del que no se pudieron despedir era Roberto Hidalgo, el Enólogo.

Las caras de los compañeros del campamento cambian cuando hablan de Hidalgo. “Uno lo piensa poco, pero a cualquiera le puede pasar algo como al Enólogo”, dice el Paul quien además recuerda que Hidalgo perdió su casa, su trabajo, su familia e incluso su vida por las drogas y el alcohol.

Matías no dice ni una palabra mientras escucha con atención las anécdotas con las que sus compañeros recuerdan al Enólogo. Las historias parecen haberlo remecido, al menos de momento.

“No quiero seguir viviendo así”, se repite en voz baja, para luego jurar por su hija que a fin de mes arrendará una pieza como sea. Mientras en el parlante suena una melodía que dice:

“Esta cobardía de mi amor por ella hace que la vea igual que a una estrella tan lejos, tan lejos en la inmensidad”.

***
Han pasado un par de semanas conviviendo con los indigentes de Plaza Italia, son las nueve de la noche. Paso por un costado del Parque Bustamante, mirando de reojo las rucas amontonadas, la parrilla está humeante y el televisor encendido. El Freddy está mirando Chilevisión con un cigarro en la mano, mientras el Peca estaciona un auto. No logro ver a Matías. Lo imagino en su pieza arrendada, recostado mirando una foto de su hija antes de apagar la luz.