Cuando yo era niño (hoy tengo 48), las niñas de clase alta usaban polleras escocesas y en el colegio de las monjas Ursulinas tenían un ramo que se llamaba “Labores”, donde les enseñaban a bordar, a poner la mesa, a hacer paños y delantales de cocina que usaban para no ensuciarse mientras aprendían a ser dueñas de casa. Más tarde se supo que su directora era lesbiana y seducía alumnas, pero eso es otro cuento. En esa época y en esos ámbitos (los de la derecha chilena) no había ateos ni existían las otras religiones más acá de los libros y las películas. Masturbarse era pecado y había que llegar virgen al matrimonio. Jamás vi un negro en Santiago y tuve que viajar fuera de Chile (mi primer avión lo tomé a los 18 años) para escuchar otros acentos. La homosexualidad no se dejaba ver por ningún motivo. Yo vine a saber varios años más tarde que mi tío Pepe había muerto de sida y no de cáncer, y que además de anticuario era marica. Recién en 1999 dejó de ser delito la sodomía en Chile. Antes de eso, las relaciones homosexuales entre hombres eran penadas con presidio menor en su grado medio, es decir, entre 541 días y 3 años de cárcel. Para acreditar la culpa, se realizaban exámenes al ano y al recto de los imputados. La homosexualidad femenina no existía. Hablar de condones era lo más ordinario del mundo. Para controlar la natalidad estaba el método Billings, y para evitar las infecciones, la castidad.

Dios había hecho al hombre y a la mujer (lo demás era obra del demonio) y los había puesto sobre la Tierra para unirse en matrimonio y procrear. “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”, recita el cura al concluir una boda católica, de modo que no correspondía una ley de divorcio que autorizara la ruptura matrimonial, porque todos debíamos vivir como católicos. Recién a finales del 2004, luego de tres gobiernos concertacionistas, entró en vigencia la ley de divorcio en nuestro país. La derecha completa estuvo en contra, y también parte de la Democracia Cristiana. Decían que por ahí se comenzaba, que después vendrían las drogas, el aborto y los desviados. Tenían toda la razón, porque cuando se abre la compuerta de los derechos individuales –el gran aporte del liberalismo, piedra fundamental del capitalismo- ningún criterio religioso o comunitario puede ponerse por sobre el individuo. En último término, si se valora tanto la propiedad privada, nadie salvo su dueño tiene derecho a inmiscuirse en el propio cuerpo y no le corresponde al Estado fijar sus pautas de comportamiento. Ningún criterio comunitario (eso recuerda al socialismo) debiera restringir la potencia creativa y el emprendimiento de las personas. Hace rato ya que en Chile nos felicitamos del triunfo del individuo por sobre la colectividad. ¿Se darían cuenta los conservadores y los religiosos anticomunistas del despeñadero al que los arrojaría la alianza que llevaron a cabo con los neoliberales durante la dictadura de Pinochet? El asunto ya no tiene marcha atrás. Ahora están con la soga al cuello discutiendo desde qué edad un joven puede cambiarse de sexo. Ya viene el aborto libre y el matrimonio igualitario. Y no se olviden: frenar estos cambios iría en contra de la iniciativa individual.