Las renuncias de Gutenberg Martínez, Soledad Alvear y Mariana Aylwin a la Democracia Cristiana se veían venir. Como siempre ocurre, la descomposición de un partido político es un proceso-no un evento- que toma mucho tiempo y que implica un conjunto de decisiones políticas equivocadas impulsadas por cambios telúricos en la sociedad frente a los cuales los líderes no son capaces de responder. La Democracia Cristiana nació como una alternativa, una respuesta social moderada a la confrontación entre el comunismo revolucionario y la derecha reaccionaria, con una agenda de transformaciones evolutivas; un compromiso con los más pobres auténtico pero dentro del marco económico y jurídico del capitalismo y la democracia representativa. Todo ello en una época en que el peso ideológico y cultural de la Iglesia católica en América Latina y en Chile era enorme. En la Iglesia la corriente inspiradora de este movimiento político fue la teología de la liberación. Y al igual que al interior de la Iglesia, en la DC desde el primer día coexistieron corrientes moderadas y revolucionarias. En la otra vereda existía una izquierda comprometida con la dictadura del proletariado, el marxismo como ideología política, y, en la mayoría de los casos, la toma del poder por las armas. Todo ello con fuerte respaldo internacional de la Unión Soviética y Cuba.

La primera gran crisis existencial de la DC ocurrió durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva y su revolución en libertad a quien la derecha motejó como el “Kerensky” chileno acusándolo de haber abierto el camino a la Unidad Popular; de allí salieron dos facciones de izquierda revolucionaria, el MAPU y la Izquierda Cristiana. La segunda crisis fue la de 1973 donde la DC se alió con la derecha propiciando el golpe como única forma de impedir la instauración-según ellos-de una dictadura marxista, dejando al partido presa de un complejo de culpa tan profundo que lo ancló para siempre como aliado de la izquierda.

Pese a estos remezones, la DC se mantuvo más o menos intacta desde el punto de vista electoral emergiendo tras la restauración de la democracia como la fuerza mayoritaria de la Concertación respaldada por un electorado que desconfiaba profundamente de la renovación socialista. Sin embargo, con el transcurso del tiempo la izquierda fue ganando credibilidad como actor democrático progresista y entró a disputarle a la DC el electorado de la clase media emergente hasta desplazarla de su condición de “primus inter pares”; pérdida de influencia y poder se materializó con la incorporación del Partido Comunista a la coalición de gobierno y el reemplazo de la Concertación por la Nueva Mayoría.

Derrotado en las últimas elecciones y relegado a un segundo plano hoy un sector emblemático de la DC sale en busca del electorado perdido encabezados por quienes encarnan el ADN del partido. Que Mariana, Soledad y el Gute renuncien a la DC es lo mismo que si el Papa Francisco dejara de pertenecer a la Iglesia católica. Ellos formarán un nuevo movimiento, no un partido. Proclaman su amor a la DC e insisten en que no pretenden hacerle daño, solo llenar el espacio del mundo social cristiano que la institucionalidad DC dejó vacante. Sorprende el tono desapasionado con que explican su renuncia, la falta de crítica al partido, la ausencia de una exhortación a otros camaradas para que también se vayan. ¿Cuál es la estrategia? Retomar el control del partido desde afuera por lo que dejan a sus partidarios dentro como una especie de “quinta columna”; ser una especie de conciencia crítica que opera desde el “exilio” fuera del alcance del Tribunal Supremo y las acusaciones de deslealtad. Dicho de otra forma y parafraseando a Nicanor Parra lo que nos están diciendo es Voy… y vuelvo.