Pensar en los enormes esfuerzos que hubo que hacer para convencer a la elite chilena de que el catolicismo era compatible con el liberalismo –tarea original del CEP- resulta hoy, no muchos años después, una experiencia medio irreal. Tan increíble como pensar un mundo donde el individualismo adquisitivo y materialista no sea el sentido común. Sin embargo, así fue.

Si el liberalismo económico fue efectivo en sacar al país de la situación económica que había contribuido a quebrar nuestro régimen democrático, y por esa vía facilitó un retorno a él, no lo fue menos en promover una visión individualista y voluntarista de la existencia que terminó convenciendo a buena parte de las élites de izquierda y derecha respecto al “fin de la historia” en clave progresista. Visión que, como identifica Carlos Peña, ha ido permeando hacia las capas medias en la medida en que se integran a la sociedad de consumo.

La Iglesia Católica, como siempre, puso fichas en todo el tablero durante el proceso, sólo que perdió todas las apuestas. Fue la escalera que usó la izquierda para encaramarse contra la dictadura, y también la que usó el empresariado para legitimar el capitalismo. Hoy aparece descartada por ambos grupos. La guinda de la torta de su derrota cultural han sido los escándalos de corrupción sexual e institucional. Nos encontramos, entonces, en un contexto en que el catolicismo parece derrotado en Chile, mientras todas las agendas progresistas avanzan.

Esto es tan así, que la pregunta que hoy los progresistas de todos los partidos deben hacerse es qué hacer con los católicos que parecen derrotados. Esta pregunta es muy importante, porque su respuesta configurará distintos escenarios futuros. Si el progresismo se decide a liquidar políticamente a los católicos, permitiéndoles el ejercicio privado de su fe, pero expulsándolos del espacio público, lo que habrá en el futuro será una radicalización y contragolpe de los perseguidos. Si, por el contrario, el progresismo es magnánimo con los derrotados, y permite su existencia pública administrando colegios, hospitales, universidades y otras instituciones de acuerdo a sus creencias y exclusiones, sin someterlos a un “régimen de lo público” atriano que los neutralice, es probable que se llegue a una situación de convivencia pluralista.

La tentación progresista, como su nombre lo indica, es pensar que no hay “vuelta atrás”. Sin embargo, los casos actuales de Polonia y Hungría advierten lo equivocado de este supuesto. Y el integrismo católico que se está incubando en Estados Unidos como reacción al integrismo progresista, representado por intelectuales como el profesor de Harvard Adrian Vermeule, presagia una crispación de ánimos en nuestra propia región del globo. Una radicalización católica en Chile tendría, muy probablemente, consecuencias indeseables. Si las facciones moderadas de ambos bandos no logran crear un mundo donde puedan convivir y tolerarse, serán las facciones radicales las que tendrán la última palabra.

Por Pablo Ortúzar: Investigador del Instituto de Estudios de la Sociedad