Acabo de leer, Cardenal Medina, su columna titulada Hechos dolorosos en la Iglesia Católica, donde habla de que la iglesia es santa aunque tiene pecadores. Más adelante, usted se compadece de los que no entienden esto, pero los llama “a respetar e incluso a esforzarse con benevolencia para comprender la perspectiva, muy diferente por cierto, de quienes profesamos la fe cristiana y católica”. Entremedio mete un montón de citas confusas y hasta se pone a teologizar sobre el significado de la muerte de Cristo, cuando usted, monseñor, debiera limitarse a pedir perdón por las barrabasadas que ha dicho.

Que “los casos de abusos en nuestro país no son muchos” y que “cuando los ha habido, la Iglesia actuó y las personas fueron sancionadas por los tribunales civiles y por las autoridades eclesiásticas” (Qué Pasa, Junio 2010), siendo que hoy sabemos que no era así, y permítame dudar de que usted no lo supiera. Refiriéndose a Juan Carlos Cruz, a José Andrés Murillo y a James Hamilton usted dijo en la revista Caras el año 2011 que “un muchacho de 17 años sabe lo que hace”, porque ésa era la edad que tenían cuando Karadima abusó de ellos, y no vamos a discutir aquí si es cierto o no que a esa edad se sabe lo que se hace, pero no deja de sorprender que ante las denuncias de ellos haya tomado el partido de la justificación.

Tanto que le ha gustado denunciar inmoralidades y, cuando las tenía al lado, seguramente en nombre de Dios y de su santa Iglesia, las ha dejado pasar. Usted va a perdonarme, pero su discurso moral a estas alturas vale hongo. Usted —no sé por qué le digo “usted”— tú llamaste a no votar por Carolina Goic porque aprobó el proyecto de aborto, y afirmaste que ella no estaría en condiciones de recibir los sacramentos ni tener un funeral católico. Tú, que fuiste pinochetista, que no te compadeciste por los muertos ni por los torturados, que mandaste a medio mundo a los infiernos porque no pensaba como tú, que siempre optaste por el boato cardenalicio y el arte sacro y las buenas maneras y odiaste el barro de los curas poblacionales a los que combatiste desde le Stanze Vaticane, aseguraste que los actos homosexuales “como dice el catecismo, son algo intrínsecamente desordenado y fuera del orden de la naturaleza”, ¿y me quieres decir ahora que no sabías que al interior de tu Iglesia estaba lleno de ellos?, ¿qué comenzaban los coqueteos al llegar al seminario, y qué formaban cofradías y amistades así en Rancagua como entre las columnatas de la Plaza San Pedro? ¿Cómo quieres que alguien te crea hoy, Medina, si ni perdón sabes pedir? ¿Cuánta mentira cabe bajo la sotana de un cardenal? ¿No será mejor sacársela de una vez? ¿Aceptar el cuerpo, el sexo y la pasión en lugar de ocultarlos y pervertirlos? ¿O me vas a decir ahora que tanta palabrería pulcra no terminó por pudrirlo todo? Vuelvo a leer tu epístola mercurial, Medina, y como no entiendo qué quisiste decir, me quedo con la idea de que hay palabras que sólo sirven para ocultar.