Mientras nuestras jóvenes universitarias marchan en las calles en una lucha emancipadora, mientras las jóvenes gritan por los derechos de las mujeres, gritan por dejar de ser objetos a disposición de los hombres, mientras recorren calles con la fuerza de ese espíritu único que tienen los procesos de liberación. Mientras todo eso ocurre, las mujeres siguen muriendo en sus casas, asesinadas por hombres. Los maltratadores no sólo privan a la mujer de su subjetividad, de su humanidad, convirtiéndola en un objeto, sino que la despojan de poder habitar su propio cuerpo. Esto ocurre así porque los cuerpos femeninos son públicos, no privados, son cuerpos apropiados por una cultura androcéntrica, que los cosifica.

Se contabilizan 25 casos de Femicidio el 2018, aunque los números son distintos dependiendo quien los cuente. Una muestra de esto es el Femicidio de Nelly, ocurrido el 8 de junio, que tras una discusión con un hombre con el cual al parecer tenían una relación sentimental, el hombre puso su cuerpo en un tambor de aceite para luego prenderle fuego y abandonar el lugar. De acuerdo con la Fiscalía este caso no es considerado Femicidio, sino que el hombre está siendo imputado por “homicidio calificado”. El fiscal jefe de Alta Complejidad Occidente, Pablo Sabag, explicó que “lo que pasa es que el femicidio requiere que sean marido y mujer o que exista una convivencia o haya existido una convivencia física; sin embargo, la alevosía con la que ha esgrimido la Fiscalía iguala la pena a la del femicidio, así que a efectos del castigo que es lo relevante, no tiene mayor trascendencia” anunció en un medio radial.

El asesinato a Nelly no es casualidad, ni coincidencia ni azar. En la literatura especializada ya están descritos muchos de los fenómenos que estamos viviendo. El asesinato de mujeres no es novedad y es un método de disciplinamiento que permite que el sistema patriarcal y machista se perpetúe. Estos métodos buscan conservar y reproducir en todos los niveles el orden político y cultural actual y estas prácticas, para cumplir este objetivo, deben siempre estar anclados en la violencia y en el abuso del poder.

Entonces no es casualidad que mientras las mujeres vociferan cánticos de emancipación y expresan su repudio al acoso sexual en las calles, universidades y en los ámbitos públicos, las mujeres mueran en la intimidad de su hogar. Es una manera de comunicar que debemos volver al orden, que nuestros cuerpos son de uso y abuso de los hombres y por eso ante la desobediencia se mutilan, queman y abandonan.

El Femicidio es el caso más extremo de violencia, es un acto de amenaza a todas las mujeres que continuamos con vida, pero este acto tan violento sigue siendo silenciado. En el lamentable caso del asesinato de Nelly, la Justicia chilena dice que “no es Femicidio”, porque no eran una relación matrimonial, no eran convivientes, ni tenían un hijo en común, como dice la Ley. Esta ley reduccionista que carece de perspectiva de género y nuevamente oculta y encubre la realidad de la violencia hacia las mujeres.

El Fiscal Sabag señala que “no es relevante” que el tipo penal sea otro al Femicidio, porque lo importante es el castigo, lo demás “no tiene trascendencia”. No es trascendente nombrar y visibilizar que no muere cualquiera, que muere una mujer en manos de un hombre, si esto no es trascendente. Entonces ¿Para qué nuestras jóvenes están gritando en las calles? ¿Para que son las marchas?, ¿Para qué las pancartas?, ¿Para qué las denuncias?

Es muy trascendente que nombremos la violencia de género como tal, porque la justicia no es únicamente penal, la justicia es también y fundamentalmente simbólica, las víctimas sobrevivientes a la muerte de su hija, de su madre, de su amiga, necesitan ese reconocimiento para poder seguir transitando en la vida. Para eso son las marchas, gritos, tomas y reflexiones de nuestras jóvenes. Sino ¿para qué?

*Psicóloga Clínica y Perito Judicial
Académica Facultad de Psicología UDP