Se cumplieron los pronósticos de los más agoreros: una vez que empezó a rodar el balón en las estepas rusas, se apagó el foco electoral por completo. Peor que con la veda electoral, pues la victoria del tricolor frente al combinado germano ha multiplicado la ya de por sí gigantesca demanda de información superflua sobre el Mundial de fútbol. Conviene no olvidar que México ocupa el quinto lugar en turistas que visitarán el país anfitrión durante este torneo, y eso representa ingentes cantidades de memes, trinos y otras creaciones que por unos días opacarán las cansinas giras electorales de los candidatos mexicanos. Si todo va bien, ya no se hablará más de política hasta la noche del 1 de julio.

¿Y cómo iba la cosa antes del alemaniazo? Con Andrés Manuel López Obrador (AMLO, el candidato de las izquierdas) unos veinte puntos por delante del segundo candidato y rozando el mágico umbral del 50 por ciento del voto, algo nunca visto desde el anómalo aunque incuestionable triunfo de Ernesto Zedillo en 1994. Es posible que el prianismo (ya saben, PRI y PAN, los partidos de centro-derecha tradicionalmente aliados desde la época de Salinas) le rebañe algunos puntos a AMLO en los últimos días de campaña, pero no los suficientes como para evitar que la izquierda por primera vez ocupe la silla presidencial desde tiempos de Lázaro Cárdenas. El PRI nunca aceptó la segunda vuelta presidencial porque calculó que en contiendas a tres, tenían las de ganar en la primera vuelta (y las de perder en la segunda). Quizás esta vez su miopía institucional suponga su suicidio organizativo.

Ante la certidumbre del triunfo de López Obrador, la discusión pública se ha centrado en la pelea por la segunda plaza y en el tamaño de la mayoría legislativa de AMLO y su partido-movimiento Morena. Quizás el aspecto más reseñable de la campaña electoral presidencial ha sido el duelo a garrotazos entre dos supuestos tecnócratas, el candidato priista José Antonio Meade y el candidato panista Ricardo Anaya. A pesar de que ambos forman parte de la camada prianista encargada de gobernar el país durante las últimas tres administraciones, han decidido adoptar mensajes bien distintos durante la campaña: Meade cual Peña Nieto eficiente pero sin su propensión corrupta; Anaya cual AMLO incorruptible pero sin sus resabios autoritarios.

Lo de Meade se entiende, más o menos, dada la poca audacia de que hace gala, pero es más intrigante la transformación de Anaya en paladín de la lucha contra la corrupción priista. La respuesta puede estar en una combinación de las siguientes tres historias. En primer lugar, las encuestas han mostrado pertinazmente un rechazo al actual Gobierno, principalmente por su aroma corrupto, y el equipo de Anaya descubrió muy pronto que la ventaja de AMLO estaba cimentada en su desconexión frente a la elite gobernante. Anaya tuvo relativamente fácil alejarse también de ese grupo, porque, a pesar de haber experimentado un ascenso vertiginoso aupado por el prianismo, apenas tiene cola institucional que le pisen, ya que no cuenta con casi ninguna experiencia real de gobierno.

El segundo argumento que explica el giro anti-corrupción de Anaya sería la traición del presidente Peña, quien le habría prometido el apoyo de las redes clientelares del Gobierno para su candidatura presidencial a cambio de que el PAN no compitiera contra el PRI en el Estado de México. Por supuesto, a la mera hora, el PRI pensó que bien podría repetir a nivel federal la sistemática compra de votos que le dio el triunfo en el Estado de México y se olvidaron de apoyar a Anaya, lo cual obviamente habría enfurecido a este.

Y la última historia, muy relacionada con la anterior, es que, una vez que el PRI-Gobierno decidió ir con todo para garantizarle a Meade el segundo puesto, empezó a filtrar videos y documentos que alimentaban los supuestos turbios manejos de Anaya durante su tierna juventud queretana. Un Anaya arrinconado y traicionado no tuvo otra que subir al ring. A mediados de junio, a dos semanas de la elección y con AMLO cómodamente veinte puntos por delante del segundo candidato, Meade declaró sin más que Anaya era “un vulgar ladrón”. La reacción de Anaya en el último debate fue aún más bestial: “tú, José Antonio, y tu jefe Peña Nieto van a enfrentar la justicia cuando yo sea presidente”. Dado el estado del poder judicial en el país, sustituyan cárcel donde dice justicia.

¿Qué esconde este duelo dialéctico de altos vuelos? Está la hipótesis personal ya mencionada de las traiciones, pero seguramente haya algo más. El mejor argumento a mi modo de ver es que ambos se están peleando por ser el segundo partido en el Congreso. Recuerden que el 1 de julio los mexicanos eligen al presidente y renuevan las dos cámaras del Congreso (además de otros cargos estatales). Las exploraciones demoscópicas apuntan a una mayoría holgada de la coalición promovida por AMLO, aunque se debate si alcanzará la mayoría absoluta en ambas cámaras. Así, PRI y PAN se están peleando principalmente por ocupar el papel simbólico de jefe de la oposición.

Este no es asunto menor, porque una de las grandes consecuencias de la elección presidencial será el realineamiento del sistema de partidos. Desde 1988, el sistema mexicano ha contado con tres grandes partidos: PRD a la izquierda, PAN a la derecha, con el PRI abarcando prácticamente todo el espectro ideológico, lo que hace que en promedio el tricolor aparezca como un partido centrista. Este sistema degeneró durante los últimos diez años, con el surgimiento de numerosos partidos pseudomafiosos cuyo objetivo principal es alcanzar el mínimo de votos para no perder el registro electoral y seguir ordeñando el presupuesto público.

Pues bien, este sistema está a punto de desaparecer. La victoria de Morena contribuirá a cristalizar un nuevo sistema de partidos con un gran bloque a la izquierda alrededor del partido del presidente y un bloque de oposición que de forma natural tendría que consolidarse en la derecha del espectro ideológico. En este sentido, la batalla por el segundo lugar en la elección presidencial es una batalla por la supervivencia, ya que el partido que quede segundo tiene muchas posibilidades de convertirse en el núcleo de esa refundación de la derecha mexicana. El resultado más probable ahora mismo es que el PAN por fin sea oposición (apenas lo fue frente a Peña Nieto) y que el PRI se rompa en dos mitades, con los tecnócratas uniéndose a un PAN con un nuevo liderazgo, y los operadores y nacionalistas moviéndose hacia Morena.

Es fácil entender así por qué para el PRI quedar segundo es cuestión de vida o muerte. Cuando el PRI perdió la presidencia por primera vez en el año 2000, siguió siendo el partido con más escaños en las cámaras y además contaba con las gubernaturas de 19 estados (de 32), los cuales sumaban el 54 por ciento de la riqueza del país. Esta vez la situación es radicalmente distinta. De las nueve gubernaturas en juego, el PRI sólo tiene oportunidades en una (Yucatán). Si se cumplieran estos pronósticos, el PRI mantendría 13 estados, que producen el 30 por ciento de la riqueza del país. Sin palancas para negociar más recursos fiscales para sus estados, el PRI está condenado a satelizarse alrededor de Morena. Se entienden así los ataques barriobajeros, la compra de votos sistemática y las oraciones a la virgen de Guadalupe para que los triunfos de la selección nacional opaquen la desastrosa gestión del presidente más impopular de la historia reciente del país.

Texto de Luis de la Calle para Ctxt.es

*Profesor de Ciencia Política en el Centro de Investigación y Docencia Económicas (Ciudad de México).