Joaquín Lavín es un maestro del espectáculo político. Con triunfos y fracasos, siempre ha logrado cautivar a la opinión pública con sus particulares habilidades comunicacionales para comunicar sus ideas políticas. Últimamente, en su renovado rol como Alcalde de Las Condes, ha logrado transitar desde los medios tradicionales a los medios digitales, lo que ha multiplicado el impacto y la llegada de sus propuestas.

Pero en ese mismo tránsito, es que Lavín ha acelerado su paso hacia el populismo. Ya no con una calculadora electoral en la mano, sino que con una medición de redes sociales al instante, ha desarrollado una habilidad para identificar los temas críticos que alienan a la población hacia uno y otro lado, eliminando intermediarios y haciendo política de manera directa con las personas.

La primera señal de este populismo digital fue con ocasión del corte de luz en el invierno del año pasado. Con megáfono en mano, terminó sumándose a las protestas y barricadas en la calle para exigir que la empresa eléctrica repusiera los servicios. ¿Cómo olvidar a las familias que se alojaron en el Ritz a cuenta de la Empresa? Luego se juntó con el Alcalde Comunista Daniel Jadue, de quien copió la idea de inmobiliarias populares, para proponer una cooperación política sin fronteras y haciendo una sesión de fotos para la Revista Capital. ¿Qué ironía no? Finalmente, propuso sanciones al acoso callejero y condenó en el patíbulo público a un vendedor ambulante por sus osadas formas de marketing. Todo a pulso con el ritmo de las Redes Sociales.

Hasta el momento, cada una de esas acciones buscaba un posicionamiento público y si bien, a juicio de algunos mostraba la ambigüedad total de Joaquín Lavín, hasta ahora no había cruzado una línea fundamental: la dignidad de las personas. La decisión de construir una torre de integración social en la Rotonda Atenas si la cruzó, y poco y nada tiene que ver con políticas públicas. El objetivo de fondo lo sabemos todos: es un nuevo experimento de Lavín para posicionarse en el panorama político presidencial.

Encumbrado en las encuestas, Lavín está usando Las Condes, y en este caso, a los más pobres, como conejillos de indias para seguir ganando adherentes y fortalecer esa mirada transversal de sumarse a cualquier causa política llamativa. No pretendo con esto validar el clasismo innegable de algunos vecinos que buscan cualquier excusa para justificar su oposición, pero decir que su sueño es que los pobres y ricos de la comuna se hagan amigos a través de este proyecto o que Chile cambió y que por eso se justifica la construcción del edificio, es francamente ridículo.

La pobreza no es un juguete para que el político populista de turno la use a su antojo y la exhiba en una vitrina para ganar adhesión. La pobreza es una realidad dura, que se vive día a día en las calles de la periferia de Santiago y a lo largo de todo el país. No es un experimento móvil, que pueda usarse en algún sector de Las Condes ni se resuelve de la noche a la mañana, con proyectos mágicos que van a hacer desaparecer todos los problemas.

Si Joaquín Lavín tuviera la convicción de que la pobreza se resuelve con esta torre, la habría levantado al frente de su casa, en San Carlos de Apoquindo. Pero como estoy convencido de que no es así, creo que es importante alzar la voz y denunciar su populismo, las veces que sea necesario.

Usar la agitación social y confrontar a ricos y pobres es obra del populismo y el afán de sacar provecho político de la situación. Las consecuencias de la irresponsabilidad del populismo son innumerables, pero aún mayor es el tiempo que toma un país en recuperarse de ellas. Como actores públicos tenemos la responsabilidad de denunciar a los populistas, aunque paguemos el costo de ir contra la marea. Particularmente en estos casos, donde no solo se afectan principios y convicciones, sino que además, la dignidad de las personas más vulnerables.