En las primeras páginas de Rebaño (Planeta, 2018), una cita de la novela autobiográfica de Alfredo Gómez Morel, El Río:

“Despacio me subía la camisa de dormir, mientras ardorosamente besaba mi cuerpo. Llegó a mi boca, sentí asco, repugnancia y miedo. Cuando entendí de qué se trataba, pensé: ‘mañana tendré que confesarme’”.  

La cita corresponde a la novela autobiográfica de Alfredo Gómez Morel, El Río, una obra en la que el autor narra sus vivencias en la ribera del Mapocho, en la primera mitad del siglo XX. La escena, elegida por Contardo para abrir su libro, es coprotagonizada por uno de esos sacerdotes que, ya entonces, “disfrazaban su deseo en obras de caridad”.  

—La realidad no era tan lejana a la literatura—, afirma hoy Contardo.

 

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La idea para Rebaño, el último libro el periodista Óscar Contardo, surgió poco después de que el autor terminara Raro (2011).

—Quería hacer un libro sobre la religión o la Iglesia Católica hacía bastante tiempo. Le había dado muchas vueltas al tema, sobre cómo abordar la religión y el poder que esta tiene, pero no sabía cómo hacerlo—, sostiene el autor.

Mientras entrevistaba a algunos sacerdotes para tantear terreno, una noticia llamó su atención: el suicidio del sacerdote salesiano Rimsky Rojas, quien figuraba como sospechoso por la desaparición de un joven puntarenense ocurrida en 2001.  

—Me pareció que esa figura servía para hacer un libro sobre la iglesia y la religión— explica Contardo.

Con la vida de Rimsky Rojas –“un cura cualquiera”- como hilo conductor, Contardo relata en Rebaño episodios pasados y recientes de la Iglesia Católica chilena. Desde el “Caso Maristas”, pasando por las denuncias a sacerdotes que integraron el círculo del cardenal Raúl Silva Henríquez y el rol de dos congregaciones sobre las que piensa no se ha hablado lo suficiente: la salesiana y los jesuitas.

En toda la investigación, Contardo pone el foco en las relaciones humanas que propiciaron este entramado de abusos impunes.

Quería entender qué pasó en sus vidas, cómo se acercaron a tal persona, qué significó esa persona para ellos. Y cómo esa relación, en un momento, cambió— explica Contardo.

 

– ¿Por qué poner el foco ahí?

 

A ver. Estos religiosos no podrían haber sido monstruos y atraer a la vez a la cantidad de gente que atrajeron. A estas personas se les atribuyó, en tanto sacerdotes, un poder y unas características que los sobrepasaba con largueza. Que mucha gente muy educada y de muchos privilegios considerara que Karadima era un santo, nos habla tanto de Karadima como de la relación que tenían esas personas con la figura del sacerdote. 

– ¿Cómo eran este tipo de relaciones?

 

Por lo general, se trata de relaciones abusivas que se sostienen en el tiempo. Hubo mucha confianza… gente que me contaba cosas que me sorprendían mucho, porque hablaban de una “traición”. Por lo general, esos abusos no eran un “asalto”, sino una “traición”. 

 

– En una parte recoges el relato de un religioso que se refiere a otro que cometió abusos con una especie de ternura.  

 

Hasta hace tres o cuatro años, la preocupación de los sacerdotes en estos casos era el sacerdote abusador. Miraban al victimario como una especie de persona que estaba sufriendo un “arranque”, que también –o principalmente- le estaba haciendo daño a él. La víctima era algo secundario. No aparecía, no les importaba.

 

¿Qué rol jugaba la comunidad ante dichas denuncias?

 

Cuando una persona en un colegio decide denunciar al cura que hace 30 años abusó de él, la reacción general de los exalumnos de dicho colegio es que no se diga nada. Porque “va a afectar al cura, que está viejito”, o que “va a afectar al colegio, que le debemos tanto”. La defensa corporativa, la defensa institucional, se repite más allá de los mismos curas.

 

– En el libro explicas que eso tiene que ver con la identificación, la pertenencia a un grupo.

 

Es que eso algo de lo que provee la iglesia, especialmente para los jóvenes. Todos tenemos necesidad de pertenencia, especialmente en la infancia y adolescencia, y la iglesia provee esa necesidad. Rimsky Rojas, por ejemplo, a través de los movimientos juveniles salesianos, proveía eso. Para un adolescente, que un adulto te reconozca, siempre va a ser un símbolo de estatus. Y los curas saben eso. 

 

– ¿Crees que hay un mundo de laicos que maneja información respecto a casos de abuso?

 

Yo creo que sí. 

 

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– Luego de la expulsión del sacerdocio de Cristián Precht, el jesuita Pedro Labrín inició una discusión que apuntaba al círculo más cercano del cardenal Silva Henríquez.

 

Todo el círculo en torno a Silva Henríquez está salpicado. Los sacerdotes que lo rodearon en la Vicaría o eran encubridores, o tuvieron declaraciones ambiguas sobre el tema o fueron acusados y condenados por abusos. Entonces, cada vez más, esa pregunta se instala. Sería muy raro que Silva Henríquez no hubiese tenido noticias de lo que estaba pasando a su alrededor.  

 

– ¿Puede ser que se tratara de responsabilidades individuales?

 

Claro, era una responsabilidad individual, pero lo que estamos viendo es que así funcionaba la institución, cuya jerarquía no pensaba que el abuso sexual o de conciencia pudiera ser un crimen. No lo consideraba un delito. Cuando Manuel Camilo Vial fue consultado por haber trasladado a un cura por abuso -que terminó violando y embarazando a otra niña- respondió: “es que en esa época no teníamos conciencia de cómo tratar estas cosas”. En los 80’s, ellos no consideraban que violar a una niña era un delito. Eso es lo que uno puede concluir. 

 

– ¿Consideras válidas las críticas a Silva Henríquez, considerando que ya no tiene derecho a defensa? 

 

Mmm. ¿Tú decís porque está muerto? Yo creo que hacerse las preguntas y conocer la verdad frente a una institución que ha mentido y restringido la verdad, es lo que hay que hacer. Es parte de la historia. 

 

– Al comienzo del libro citas El Río de Gómez Morel… 

 

Sí, había leído esa novela hace mucho tiempo, y me llamó mucho la atención la figura de esos dos curas que describe. Los de las tocaciones. Ya en esa época era un tema. Y me llamó la atención de que nadie reparara en ellos. ¿A quién estaba describiendo Gómez Morel? Entendiendo que eran personajes de su propia biografía, ambientada a inicios del siglo XX.

 

– Pensé que podía ser una referencia a…

 

¿A quién? Contardo ríe.  

 

– A algún sacerdote que recogía niños del Mapocho…

 

Mira, con ese libro se me abrieron muchas preguntas. Mientras crecí, nunca me relacioné con cura alguno. Para mí los curas eran personas que aparecían en los funerales y que yo no sabía cómo vivían. No me imaginaba su vida. Y cuando aparecen estas figuras que describe Gómez Morel, se me amplió esa curiosidad. 

 

– Aún hay gente a la que le cuesta creer que Cristián Precht haya cometido abusos sexuales…

 

Creo que el problema está en subir personas comunes y corrientes a un pedestal de divinidad. Proyectar una necesidad ahí. La necesidad de salvadores. Pero cuando uno se da cuenta de eso, de que el sistema también estaba en ellos, no queda otra que bajarlos del pedestal. A mucha gente le cuesta. ¡Pero los hechos están ahí! 

 

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– Dentro del libro, sorprende el relato de un jesuita, que hablaba sobre cómo habían logrado “recuperar” a un sector de la juventud a través de Techo (ex Un techo para Chile).

 

Sí po. Los pobres como un medio para acumular poder. Lo que me dijo dicho sacerdote era que en los 90’s “se les había ocurrido” una idea para volver a captar jóvenes de origen privilegiado, que habían perdido con los colegios Opus y de los Legionarios. Con esta obra de beneficencia volvían a recuperar el poder que habían perdido. ¿Qué significaba eso? Que los pobres, para ellos, eran un medio. 

 

– Cuentas además que para un jesuita era muy fácil acceder al editor de un medio, a un político…

 

Claramente. El poder de los jesuitas en los medios es muy muy fuerte. Y ese poder lo han usado para que la opinión pública tenga una visión un poco distorsionada de su rol en los escándalos de abusos. Para mucha gente, los jesuitas están libres de esto, pero no lo están. 

Los casos de abuso en los jesuitas han sido muy poco tratados por los medios de comunicación.  A los sacerdotes jesuitas -a quienes usualmente se les entrevista, como Berríos o Montes- muy rara vez se les pregunta con la misma intensidad que se le pregunta a un marista o a un salesiano. Cuando los casos de abuso dentro de la congregación jesuita son muy graves. Y son varios. Tan graves que afectaron a quien fuera su provincial, Eugenio Valenzuela. 

 

– No había escuchado su nombre…

 

¿Viste? ¡Y era el provincial po’ hueón! Valenzuela estuvo encargado de las vocaciones de los novicios, era quien los formaba. Una persona ultra popular, sobre la que después pareciera que nada ha pasado. Justamente, en el tiempo en que estaba en curso dicho proceso canónico, TVN invitó 50 mil veces a Montes y Berríos a hablar de lo que fuera – política, sexo, educación, reforma educacional- y jamás se les preguntó sobre el tema. Por ejemplo, para opinar de Karadima, los otros curas van corriendo. Pero sobre los casos que tenían en su congregación, nada.

 

– ¿Llegaste a entrevistar a obispos, sacerdotes que se estaban muriendo? ¿Qué viste? ¿Hubo arrepentimiento? 

 

En el libro puse un extracto de la entrevista con Bernardino Piñera, quien se negaba totalmente a que estas situaciones fueran verdad. Él tenía el discurso de proteger al hermano sacerdote. 

 

– ¿Y a otros sacerdotes?

 

Pierre Dubois, cuya imagen me interesaba. Ese hombre entró a los nueve años seminario. Eso significa que, si se ajustó a la regla, ese hombre nunca tuvo actividad sexual en su vida. Y murió como murió. Eso a mí me parece de una crueldad terrible.  ¿Por qué obligarlos a eso? A que siempre tengan culpa, algo que expurgar de sí. El deseo sexual. A mí esa imagen, esa historia, me pareció muy potente. 

 

– ¿Alguno de ellos te respondió directamente sobre el celibato?

 

Al cura Aldunate le pregunté directamente, y me dijo que para él nunca había sido muy importante el tema de la sexualidad. Ahora, yo prefiero no subir a la gente a pedestales. Así te ahorrai desilusiones.