En la columna anterior planteamos la relación entre la deriva neoliberal de los progresismos y el avance de derechas fundamentalistas en Chile y América, para desde allí avanzar en articulaciones amplias conscientes de que la afirmación y ampliación de la democracia debe implicar una arremetida contra el neoliberalismo. Hoy queremos identificar algunos de los nudos que cruzan los debates de la izquierda y el progresismo sobre cómo abordar ese desafío, para avanzar en la definición de las banderas y luchas que han de articular a las fuerzas democráticas en tiempos de radicalización neoliberal.

Un primer nudo tiene que ver con la relación entre las luchas de grupos e identidades excluidas y la construcción de mayorías políticas y sociales. Al respecto, han ganado terreno los llamados a la izquierda a quitar relevancia a luchas contra la discriminación por razón de género, etnia, nacionalidad, entre otras, para en cambio “volver” a abrazar las causas de “la mayoría”. Incluso hay quienes responsabilizan al feminismo de distanciar a la izquierda de los intereses populares y de crear las condiciones para una reacción conservadora que genera el supuesto avance de ideas de derecha.

Otro nudo tiene que ver con la profundidad de las transformaciones que ha de acometer la izquierda ante la crisis social desatada por el neoliberalismo y, en consecuencia, los alcances de las alianzas necesarias para hacer frente al populismo autoritario. En este sentido ya se ha esbozado la tesis según la cual, ante la amenaza de una radicalización de la derecha chilena, las fuerzas de cambio debemos moderar nuestras posiciones para evitar la polarización que radicaliza a la derecha y ofrecer seguridad a la población.

Pese a su liviandad, la influencia de estas ideas sobre la imaginación de las conducciones de los proyectos progresistas y de izquierda en Chile no debe ser despreciada. En el vacío heredado del desarme político e intelectual de la izquierda, por desgracia, cabe de todo. De ahí la necesidad de un debate franco y abierto sobre estas cuestiones.

Un primer punto que vale la pena contestar es el estéril debate que se deriva de la oposición entre políticas de “reconocimiento” a identidades sociales específicas, en tanto sometidas a expresiones singulares de opresión, y políticas de “redistribución” a la generalidad de la población. La afirmación de una política desde y para el conjunto de la humanidad excluida no puede basarse en la negación de las diferentes formas de opresión que viven distintos colectivos humanos. De hecho, la afirmación de una identidad y una práctica a partir de condiciones singulares de exclusión es el primer paso para romper con la subordinación política y disponerse a ser sujeto de la propia historia.

No se trata entonces de rechazar la diferencia, sino de considerar la diversidad de formas de exclusión que vive la mayoría para entrelazarlas con las causas y condiciones transversales de exclusión. De lo que se trata es de reconocer lo común de los malestares con la concentración del poder y los privilegios, para organizarlo en una perspectiva que permita superar su fragmentación en agendas particulares y conducir transformaciones sustantivas a las estructuras sociales y económicas.

Los feminismos, por ejemplo, han hecho mucho a este respecto. Su reemergencia ha permitido comprender hasta qué punto la privatización de la reproducción social, sumada al uso intensivo que hace la economía actual de la división sexual del trabajo e invisibilización del trabajo reproductivo, ha puesto en crisis la propia reproducción de la vida. Esta realidad concentra un malestar concreto en mujeres y personas feminizadas, quienes luchan contra la doble o a veces triple explotación y la violencia machista, pero lo que se beneficia con esto es la sociedad en su conjunto, puesto que se juega la libertad del conjunto de las y los trabajadores contra los imperativos del capitalismo. No es casual entonces que el feminismo sea punta de lanza en la resistencia contra la radicalización del neoliberalismo y su expresión de derechas cada vez más autoritarias en diversas regiones del mundo.

Se equivocan también quienes creen que el auge contemporáneo de las luchas contra el sexismo, el racismo o la homofobia obedecen a un “giro” en la izquierda. Principalmente, porque en general la izquierda se ha resistido a reconocer el potencial emancipador de estas luchas. Son más bien una interpelación a la izquierda y al progresismo a repensarse, incomodarse y enfrentar realidades por mucho tiempo negadas y cuya movilización da muestras de capacidad aglutinadora en tiempos de fragmentación, siendo así formas de re-encuentro entre sociedad y política.

Por otro lado, la radicalización de la derecha no podrá ser desafiada con programas de mera administración del orden actual. Las derechas actuales cobran fuerza precisamente a partir de la renuncia de la izquierda y el progresismo a impulsar transformaciones sustantivas. Su revuelta es una revuelta contra la política, contra la posibilidad de emprender procesos colectivos transformadores de la realidad a partir de la deliberación y el ejercicio democrático, por lo que se potencian cuando la política se demuestra superficial y vacía, incapaz de conducir cambios relevantes para las vidas de la mayoría. En ese sentido, la nostalgia por la Concertación es lo que más conviene a las derechas radicales.

En lugar de repetir recetas del pasado, enfrentar a la derecha pasa necesariamente por articular con creatividad a las fuerzas de cambio que, desde el malestar social contra la precarización de la vida, que está generando organización y movilización democrática transversal entre excluidas y excluidos. Ahora, el problema evidente es ¿qué hacer concretamente?

Las formas de exclusión que viven las diferentes franjas de la sociedad tienen el factor común en su despojo de ciudadanía, en cuanto se les niegan derechos fundamentales de la vida en sociedad, profundizando las condiciones de desigualdad. Cuestión útil y necesaria para el modelo, en cuanto nos obliga a competir y solucionar individualmente los conflictos de la vida. Es por ello, que el potencial de los proyectos transformadores de izquierda y progresistas es que nos dispongamos a enfrentar articuladamente la precarización de las diversas identidades, asumiendo un programa que apunte a superar las fragmentaciones a las que se nos somete, de manera que la sociedad se comprenda como un todo. Para ello la ampliación de derechos y de la democracia son aspectos fundamentales.

Sin duda las nuevas fuerzas de cambio no somos suficientes ante tan adverso escenario. El diálogo con las fuerzas democráticas de la ex-Nueva Mayoría, como lo son el Partido Socialista y el Partido Comunista es deseable y necesario, en la medida que se trate de un diálogo sustantivo, que nos permita evaluar con fraternidad y honestidad el escenario y nos disponga a articularnos en pos de agendas democráticas concretas.

Por Valentina Saavedra y Francisco Figueroa, Dirección Ejecutiva Izquierda Autónoma