Ochenterio del Recuerdo

Los años ’80 están de vuelta, de moda… ¡Qué lata! Desde que irrumpieron hace algún tiempo, no han querido marcharse, se niegan a volver a su morada del olvido, aquella cripta en medio de su Ochenterio del Recuerdo, desde donde regresaron para atormentarnos con sus miedos y promesas incumplidas, con su tristeza de antología y su alegría inconclusa. Qué patético comprobar cómo los chilenos utilizamos nuestro pasado siniestro para volver a torturarnos con su recuerdo maloliente. Desde que irrumpió la moda ochentera, la televisión no se ha detenido en su afán de servirnos a diario ese nauseabundo pastel, que tanto asco e indigestión nos causó hace dos décadas. Será acaso que los chilenos decidimos organizarnos e ir todos juntos al psiquiatra, o es que por fin hemos cerrado ese proceso que los sociólogos denominaron transición a la democracia, y con el cual los políticos festinaron hasta el hastío, o hasta persuadirnos con la mal llamada reconciliación hecha a la medida de lo posible. La moda ochentera, o la urgencia de desvestir nuestros recuerdos empolvados para lucirlos como karma en la imposibilidad de sanarnos en masa, nos ha obligado a volver sobre el pasado para darle a éste la oportunidad de reencantarnos.

Para muchos, los ochenta fueron unos años horrendos, que se llevaron nuestros años veinte, nuestros besos húmedos y nuestras ilusiones pecosas, y nos dejaron el recuerdo mudo del pánico de sentirnos siempre en ascuas. Esos años no merecen nuestra nostalgia, sino nuestro rechazo. Mientras unos se desgarraban de dolor e impotencia a causa de su derrota setentera, otros se alzaban ufanos con su endeble victoria. Eso fueron los ’80. No la buena onda que le atribuyen los medios, en especial, la televisión, o los que ven en esa moda retro la forma de ganar unos míseros pesos.

¿Para qué recurrir entonces a ese baúl atestado de malos recuerdos ahora que, al parecer, nos encaminamos a otro sitio de la historia? La respuesta tal vez la tenga –una vez más– el mismísimo mercado. Esta vez parece ser el marketing o el merchandasing el patrón que dicta la pauta, o la moda. ¿Estamos haciendo una revisión histórica de esos años, o es que a alguien se le ocurrió lucrar con la sola evocación de un pasado “simpático”, desastrado, melancólico? Lo más probable es que detrás de esta moda yace la mente fría de algún genio interventor de la realidad, alguien que vio en el rasgo consumista de los chilenos, la posibilidad de vender su pomada, sacando del sótano unos modismos y luego poniéndolos en circulación como bienes de consumo masivo. Somos el país que todo lo compra, consume y desecha.

Los ’80 parecen tan lejanos en el tiempo, sin embargo, la TV se encarga de acarrearlos cada noche hasta nuestra alcoba con sus imágenes idealizadas, con sus historias mal contadas. Dicen que una buena terapia para quien ha protagonizado un choque en automóvil, es volver a manejar lo antes posible, es decir, enfrentar el temor de lo traumático. Tal vez será por eso que a alguien se le pasó por la mente la “brillante idea” de enfrentarnos con nuestro trauma ochentero. De acuerdo.

Estamos en medio de un proceso sanatorio. Los españoles la hicieron más cortita que nosotros: muerto el perro, venga el destape, el desenfreno de saberse y sentirse libres de su tiranía franquista; lo nuestro ha sido más terrible: el perro continuó ladrando, amenazando nuestra algarabía democrática con sendos ejercicios de enlace y boinazos, que nos hicieron presa del pánico de sentir lo poco y nada que podía durar nuestra fiesta; y siguió amenazándonos con sus bravatas desde su escaño vitalicio.

Tal vez por ello desempolvar el álbum ochentero sea lo que necesitamos para sanarnos de nuestra enfermedad nacional: el miedo. Y, en eso estamos, enfrentando el terror que nos provocan Antonio Vodanovic y Raquel Argandoña, quienes continúan pasándonos sus corvos por la herida, con su sonsonete ochentero.

Los años ochenta y la TV

Los españoles también han vuelto la vista atrás para revisar su franquismo. “Amar en tiempos revueltos” (TVE), se hace cargo de hojear su pasado desde una perspectiva histórica, revisionista, analítica, no desde una mirada sólo amable y anecdótica, como la serie “Los ‘80” (UC TV) que vimos hace poco (y que anuncia segunda temporada), o como lo hace la reciente “Mis años grossos”, (Chilevisión), en tono de comedia.

Los españoles lo hacen sin miedo, sin adornos ni ambigüedades, muestran la crueldad de esos años en todo su ancho y alcances sociológicos. “Los ‘80” y “Mis años grossos”, en cambio, lo hacen desde una perspectiva muy diferente: ninguna de ellas entra a la historia real, por el contario, la evaden. Sus guiones sólo la rodean, lanzando tibios versos que no buscan herir susceptibilidades; es cierto que dan cuenta de la miseria material causada por la crisis económica del momento, y que afecta a sus protagonistas, pero se echa de menos un vistazo a la crisis moral que desarticuló nuestra vida como nación democrática; ambos relatos caen en la facilidad de lo que está a la mano decir con imágenes cinematográficas, a través de una magistral dirección de arte, no en la valentía de aclararles a los más jóvenes, que lo melancólico no siempre va de la mano de lo verdadero.

Se trata de realidades consensuadas, cuyos relatos buscan la complicidad del televidente, su aceptación, no su cuestionamiento. Pareciera ser que los realizadores van tras la gratificación de sus audiencias, y de que éstas se sientan interpretadas en “buena onda”, es decir, no pretenden abrir el debate, sino cerrarlo en torno al consenso de un modelo social y económico –impuesto a la fuerza, en todo caso–, que acabó por congratular a muchos, con la mera excusa de “vivir en democracia”; al cabo, ese sacrificio histórico que significó la dictadura, queda sublimado por el tono de la comedia y la magia de la desmemoria. Claro, porque cada vez que echamos mano a la frase “todo tiempo pasado fue mejor”, no hacemos sino desentendernos de lo malo e incómodo, para quedarnos con lo bonito y lo grato de una época, por muy miserable que haya sido. En suma, los ochenta son un carro alegórico de su propio tiempo, no de otras décadas, sino de sus escondrijos y vergüenzas.

Patricio Araya G., periodista

Comentarios