Por Alejandro Zambra

Escribo todavía mareado por el golazo que marcó Mati Fernández ante el Athletic de Bilbao. Lo he seguido con fidelidad desde que se fue a Villarreal, hace poco más de dos años: lo he seguido casi maniáticamente, luchando con la programación del cable, actualizando con persistencia las retransmisiones de Marca y administrando pacientemente los cortes de rojadirecta.com. En esas emisiones por internet, la mejor imagen o la menos mala a veces proviene de la televisión turca y de a poco la voz del relator se me ha vuelto familiar. Los turcos esperan el gol de Nihat y nosotros solamente esperamos que Pellegrini se digne a alinear a Matías. No estamos pendientes del partido: estamos haciendo banca con el Mati, elongando ciento cincuenta veces junto al banderín del córner, un poco ansiosos y sin embargo dispuestos a disfrutar a fondo los ocho o nueve minutitos que nos lo deja Pellegrini. Hacemos banca contigo, Matías, no olvides eso, que nosotros nunca olvidaremos la alegría de verte jugar.

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Sé que es raro ver el fútbol como si fuera un deporte individual. Al menos a mí no me importa el equipo. Si el Villarreal ganara la Champions mi alegría sería directamente proporcional a la cantidad de minutos jugados por Mati Fernández. Es extraño ver un partido con la sola expectativa de que Matías entre (o “salga”, como dicen los españoles, que ven todo al revés), pues inevitablemente nos gana el deseo de que los demás jueguen mal. Cada vez que los competidores del Mati se equivocan sobreviene un ligero placer, mucho más leve, en todo caso, que el dolor que es capaz de provocarnos un gol de Pires o de Cani —que no marcan mucho, en todo caso— o algún acierto que confirma el buen momento de Santi Cazorla (me gusta decirlo de esa manera transitoria: es un buen momento, ya pasará, del mismo modo que el calvario de Matías pasará y comenzará no ya un buen momento sino un tiempo largo de merecida gloria).

Soy de los que piensan que Mati debe irse del submarino, aunque en mi opinión hay una zona de rencor ante tanto ninguneo de parte de los hinchas españoles. He pasado horas siguiendo los foros en que una tropa de amarillentos insultan impunemente al Mati: dicen que es un fiasco, sacan en cara la “pasta” que gana, piden que lo manden a la filial y se permiten numerosas y muy poco originales bromas relacionadas con su apodo goleador. Peor que los opinólogos de los foros son los redactores deportivos de El Periódico Mediterráneo, que si transformaran la crítica en autocrítica deberían ahorcarse por lo mal que escriben.

Matías no ha jugado mal. Ha jugado poquísimo y a veces se ha visto nervioso, pero si lo dejaran de titular dos partidos seguidos otro gallo cantaría. Hasta ahora ha jugado de forma correcta, y claro, eso no basta. Esperamos rabonas, amagues, fintas, túneles. Esperamos impensadas habilitaciones a delanteros que reciben la pelota con cara de asombro y gratitud. Y goles, por supuesto. Si Pellegrini es un poco menos mezquino con el minutero eso es lo que sucederá en lo que queda de liga. Estoy seguro que entonces preferirán no cederlo ni venderlo y los hinchas ya no lo pifiarán (porque hay imbéciles en El Madrigal que se permiten pifiarlo), y acaso Mati verá con buenos ojos seguir allí, pero así y todo creo que debe irse de ese pequeño infierno amarillo. Será encantador dentro de unos meses saber de la tristeza de esos hinchas y de esos periodistas obligados a seguir desde lejos las proezas de un jugador que tuvieron y que ya no tienen ni tendrán nunca más.

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Sabemos muy poco sobre Mati Fernández y de seguro él querría que supiéramos todavía menos. Se dice que le falta carácter o fortaleza interior, pero seguramente los que dicen eso estudiaron psicología deportiva con Marcelo Barticciotto. El problema de no hablar con la prensa es que el silencio influye mucho en su valoración. Ahí tenemos a Cani, un jugador del montón, pero siempre dispuesto a hablar con los periodistas, que le devuelven la mano decorando sus actuaciones como si fueran la gran cosa.

A mí me gusta, en todo caso, que Matías no hable con la prensa. Es tímido —como los poetas son tímidos— pero a veces pienso que no habla con los periodistas más bien por pudor a reproducir eternamente el discurso tonto de que no hay que menospreciar al rival y todo eso. Debe ser cansador declarar, semana tras semana, que el equipo está en un buen momento, que el próximo domingo hay que sumar de a tres para afirmarse en zona Champions, que es importante el apoyo de la afición y toda esa palabrería absurda. Qué agradable, en cambio, el silencio de Matías. Ha hablado solamente en la cancha, protegiendo celosamente su vida privada —y proteger la vida privada no es un acto de timidez sino de lucidez— sin gastar tiempo en declaraciones ni desmentidos, sin lloriquear en público por la suplencia ni gritar el gol en la cara a sus detractores.

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Recuerdo la parodia del fútbol que hacen en Los Simpsons: en la cabina un relator se desgañita de pasión mientras vemos, en el círculo central, que el jugador A se la pasa al jugador B y el B se la devuelve y así pasan los minutos de esa triste celebración de la inmovilidad. Es el fútbol que le gusta a Pellegrini. Así juega, por largos pasajes, el Villarreal, un equipo que cultiva el fútbol de toque, pero de toque para el lado, de pacientes pasecitos cortos. El Villarreal es como un matrimonio mal avenido que espera que el amor llegue con el tiempo. El amor es el gol y hay que cuidarlo, y eso hace el submarino apenas marca: cuidar el uno a cero o el dos a uno y luego el uno a uno o el dos a dos. Muy pocas veces da gusto ver al Villarreal, pues el fútbol de toque solamente es bello cuando permite, también, un poco de improvisación, de riesgo.

¿Por qué le va tan bien a Pellegrini, entonces, en la autoproclamada “mejor liga del mundo”? Porque es un genio dosificando la ambición. Porque entiende el fútbol como una pasión demorada. Porque siempre consigue que su campaña sea menos irregular que la de los rivales directos y porque su manera de ser grande consiste justamente en renunciar, de antemano, a jugar como juegan los grandes.

Es mentira que Pellegrini le haya dado a Mati verdaderas oportunidades: no le concedió vacaciones en la primera liga, justamente cuando más las necesitaba, y lo expuso al affaire Riquelme sin compasión, hasta que recuperó a Pires y dejó que creciera la sensación de que Mati estaba en deuda. La temporada siguiente no cuenta: Matías jugaba poco, pero en la UEFA era titular y no defraudó hasta que vino esa lesión que lo estropeó todo.

Matías intenta hacerle caso a Pellegrini pero lleva en la sangre un fútbol alegre, sudamericano, forjado en las canchas de baby y fogueado en un equipo que no jugaba con la calculadora en la mano. Perdonaríamos a Pellegrini, lo alabaríamos incluso si alineara a Matías, si confiara en él como confió Claudio Borghi o como confía ahora Marcelo Bielsa.

De momento Pellegrini es un obstáculo, un enemigo, un infiltrado, un pesado, un rubio, un chuncho, qué sé yo: el antagonista de una novela que aburre y entristece pero que seguimos leyendo porque sabemos que después del amargo capítulo presente vendrá lo bueno.

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En Fiebre en las gradas hay un texto hermoso que Nick Hornby dedica a Liam Brady, el mediocampista que dejó el Arsenal para jugar en la Juve. Hornby relata la falta que Brady hacía en su equipo —en su vida— de manera magistral. Lo único que quería era que el ídolo regresara pronto. Nosotros, en cambio, ciudadanos genuinos del subdesarrollo, queremos que Mati no vuelva. Nada nos gustaría más que volver a verlo con la camiseta 14 (¿por qué la ocupa, ahora, el chino Millar? ¿Es que no pueden, por amor al pasado y al fútbol, guardar la camiseta? ¿A nadie le parece una falta de respeto?), pero ni siquiera pensamos seriamente en esa posibilidad. Que regresara ahora sería visto como un fracaso y lo que menos queremos es que Matías fracase. Y si fracasa fracasaremos con él.

No lo queremos de vuelta sino hasta el año 2015 ó 2018 y hay cierta nobleza en el gesto. Queremos que a Matías le vaya bien, como cantaba la barra en el último partido que jugó por Colo Colo, y también sabemos y asumimos con resignación que para que le vaya bien debe estar lejos. Es la ruta del héroe, ni más ni menos, que se marcha a países remotos y regresa muchos años después enriquecido por la experiencia y dispuesto a compartir con nosotros lo que ha aprendido.

Hasta ahora la aventura de Matías ha sido la paciencia. Nos ha enseñado a tener paciencia. Ahora sabemos que el mejor a veces ni siquiera entra en la convocatoria. Es inexplicable que no esté en la cancha haciendo lo que sabe. Pero gracias a Mati hemos aprendido, durante este tiempo tan duro e injusto, a convivir con lo inexplicable.