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5 de julio de 2009

Aturdido por el otro

Por


Por TAL PINTO

No es el mayor problema de “Diagonales”, la novela debut del joven Maori Pérez (1986), que la prosa sea casi siempre descuidada y en ocasiones fría y su estructura, aun si deliberadamente, caótica. Disculpar estos inconvenientes como pasos en falso en la formación de un narrador es plausible: ningún escritor nace escribiendo “bien”. Pero ciertamente más difícil es pasar por alto las enormes lagunas de inconsciencia; pasajes completos de “Diagonales” en los que el narrador no ve que sus referencias, sus citas, sus influencias, se vuelcan como aguas turbias oscureciéndolo todo o, para mayor claridad, se apoderan de un argumento ya desorganizado, y todavía lo desorganizan más.
José Santos, Julio y Marco Flores, Diego Vid, Valentina Montillo, Andrea Julio y Macarena McCarthy son todos pasajeros nocturnos de un vagón de metro de la Línea 1 hacia San Pablo. Uno se va de viaje a Brasil, otra es monja; uno es homosexual; hay un poeta y una pokemona y hay también un oficinista jalero. Es un intento algo naif de ofrecer arquetipos de la sociedad chilena, empezando por el hecho de que todos estos personajes son planos y todos, sin excepción, sufren el mismo mal: van camino a un lugar pero no saben muy bien por qué, o lo que es igual, ninguno ha consolidado propiamente su identidad. Un viaje, que debía ser monótono, cambia cuando una voz por los altoparlantes del metro les explica que van a morir. Y es en ese momento cuando todos comienzan inexorablemente a pensar en qué los hace lo que son. Lamentablemente, la indagación psicológica es laxa y superficial, formular: mi papá me arruinó o mi mamá lo hizo, y ellos a su vez fueron arruinados por sus padres, y sus padres y los padres de ellos por el sistema. Así, no sólo es imposible conectar con el dolor de los demás, sino que la metáfora del Hades o el Purgatorio que comporta el viaje por un submundo (la línea del metro) se hace trivial. “Diagonales” tiene muy de lejos las referencias más antiguas al infierno; en su caso la influencia es rastreable en algunas películas y comics japoneses. Lo que no entiende el despliegue de la novela es que esas son las maneras en las que cultura japonesa ha negociado la influencia de Occidente. Y olvida que esa negociación ha sido traumática, modulada por una apertura obligatoria a un mundo extraño tras la caída no de una, sino de dos bombas atómicas.
La novela tiene tres arcos narrativos más. El de un suicida japonés avecindado en Chile que opta, en circunstancias misteriosas, por el seppuku; el de un taxista que no es un taxista y que es ying al yang de la voz en off del metro; y el de unos periodistas intentando interpretar la muerte del suicida. Ninguna alcanza a desarrollarse, y son más bien trazos gruesos, lanzados con excesiva casualidad y, en cierta forma, una de las grandes razones porque la novela no hace creer al lector, asunto indispensable cuando el terror del subconsciente y las metáforas desplazadas de la cultura pop (como ocurre en el cine de Miike y el de Lynch) son la atmósfera del relato.
Las lagunas de inconsciencia a las que se hacía mención, refieren a momentos de la novela en que las imágenes del narrador se apoderan del argumento. Por ejemplo, se alude a “Neo”, el protagonista de “Matrix”, y en esa trilogía el tránsito es representado por un tren subterráneo, casi informando al lector de la estética del argumento, cuando para eso existen los post scriptum y las entrevistas. Las referencias a Bolaño son amplias y epigonales. Y es algo a lo que hay que acostumbrarse.
“Diagonales” es una primera novela desde la cual solo se puede crecer. A pesar de sus evidentes problemas, Maori Pérez hace algo que muchos narradores jóvenes se niegan a hacer: publicar. A la larga, es posible que ese desparpajo sea recompensado.

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