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10 de julio de 2009

Transparencia intencional: Las cifras del distrito 18

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Por Patricio Araya G.

Mucho más que de una acción política encaminada a corregir una injusticia, la performance del alcalde RN de Cerro Navia, Luis Plaza, de renunciar con bombos y platillos a su partido en señal de protesta frente a la designación del diputado Nicolás Monckeberg, como candidato por el distrito 18 –en desmedro de su jefe de gabinete Mario Desbordes–, es una demostración inconsistente, pero efectiva, de cómo plantarse en los medios de comunicación, sin más mérito que ser uno más de los que por estos días cierra la puerta por fuera, amurrado por no conseguir lo que quiere, y no como lo esperable por parte de la ciudadanía: dar un golpe bajo al autoritarismo cupular.

El lloriqueo público del alcalde bien podría ser una auténtica inconsecuencia política, sobre todo si se considera su doble estándar. Plaza nada dijo cuando él mismo obtuvo el beneplácito de la dirigencia de Renovación Nacional para postular a su cargo, ocasión en la que se benefició de todo el soporte institucional y recursos económicos disponibles; tampoco se quejó cuando el propio Sebastián Piñera lo visitó en su lecho de enfermo y le reiteró su apoyo irrestricto, ni mucho menos trepidó en abrazarse con él a la hora del triunfo. Detrás de la actitud del edil, no se percibe una voluntad real de patear la mesa de los caciques, que de izquierda a derecha, deciden –como siempre ha sido– quién es quién en cada elección.

Por el contrario, ahora Luis Plaza aspira a ser él quien determine el nombre del abanderado de Renovación que compita en diciembre por el distrito 18. O sea, se entusiasmó; se tentó. Con sus 148.312 habitantes, Cerro Navia representa el 41,58 por ciento del universo electoral del distrito. De allí que el apoyo del alcalde de turno sea tan importante para llegar al Parlamento. Ello también explicaría el reclamo de tanto protagonismo mediático.

A propósito de la publicitada renuncia del nuevo jefe comunal de Cerro Navia a su militancia partidaria, habría que preguntarse si su pataleo obedece o no al noble propósito de sincerar la discusión, esto es, darle paso a la mentada participación ciudadana, permitiendo que sean los verdaderos interesados quienes elijan a sus representantes, porque, en rigor, la designación a dedo de candidatos a cualquier cosa allí, siempre se ha hecho de manera excluyente. Del mismo modo, preguntarse si tanto escándalo no busca sino posicionarlo como el adalid de la nueva justicia del poniente capitalino, que por cierto, es un rol que reporta muchos beneficios.

También resultaría interesante saber qué cosa tan importante se juega en ese distrito, compuesto por una comuna antigua (Quinta Normal) y dos nuevas (Lo Prado y Cerro Navia) que surgen en 1981 a partir de una decisión política emparentada con la segmentación social y el control de la ciudadanía, y cuyo efecto más caótico es haberse constituido en “bolsones de pobreza”; de hecho, sus principales características son el hacinamiento, la falta de fuentes productivas, los magros resultados en educación y la precaria atención de salud, un verdadero caldo de cultivo para ese binomio funesto de la asistencialidad y el clientelismo que tan caro se paga en las urnas.

Entonces, ¿por qué un distrito “popular” (léase “pobre”, discriminado, postergado) resulta tan apetecible para los “afuerinos” (léase “cuicos”, apernados, emparentados, que poco y nada saben de semejante realidad)?, ¿por qué ése distrito se ha convertido en el botín al que algunos acceden por derecho propio, o en el premio de consuelo de ciertos perdedores de cosas mayores?, ¿cuál es su peso específico?, ¿cómo votan sus habitantes, y qué se puede esperar para las próximas elecciones parlamentarias?

Tal vez la elección que se avecina, sea la ocasión ideal para que todos los candidatos que consigan poner su nombre en la papeleta de diciembre, se decidan a transparentarlo todo, desde quién y por qué los nominó, quién paga su campaña y por qué, y sobre todo, qué los trajo desde tan lejos a vincularse con gente “tan pobre y pedigüeña”. Por de pronto, sus electores merecen algo más que las nubes borrascosas de sus candidatos, algo más asible que sus conocidas promesas de campaña. Desde ya podrían utilizar como epígrafe de sus respectivos eslóganes una frase que debería ser genérica: TRANSPARENCIA INTENCIONAL.

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