Por Patricio Fernández

Días atrás, a raíz de la premiación del concurso de cuentos Bajo el Volcán, los periodistas de esta revista, sus dibujantes, fotógrafos, editores y colaboradores cercanos, más Cicalli, dueño del Liguria, el Huevo, el Robi y los jurados Raúl Zurita, poeta y amigo de la casa, y Marcelo Mellado, presidente de la Sech de San Antonio, y quien habla, director interino del medio convocante, celebramos largamente junto al ganador, Jaime Rivera Collinao, autor del relato Remate, y Teovaldo Véliz, Felipe Moreno y Leonardo Hernández, merecedores de las menciones honrosas, desde las primeras horas del almuerzo, hasta las últimas de la noche.

Todo sucedió en la vivienda de Pepe Fuentes y su esposa, Esther Zamora, en el segundo piso de una casona en Av. Matta, llegando a Carmen, donde alguna vez residió el glorioso sindicato de folcloristas de Chile.

La casa está llena de fotografías, y los que cocinan el pescado frito y la mechada son los mismos que cantan, terminada la comilona, desde un escenario hechizo al fondo del comedor. El piano lo sobajeaba con sus dedos de paño Rubén Gaete, un músico ciego, blanco y pacífico, al que Pepe Fuentes, mientras salía a orinar a tientas, le dedicó una tonada repleta de tallas ácidas y versos dulces y amistosos. La cara de Rubén brillaba como una luna impávida mientras los panderos y el acordeón se acoplaban velozmente, igual que las moscas en el aire del verano.

Esa tarde de viernes, inundada por desbordes de vino y aluviones de todo tipo, los micrófonos permanecieron abiertos para que cada cual hiciera su show. Chistes, anécdotas, canciones, uno por uno los presentes subían al estrado, cuál más borracho que el otro, a sentir que el mundo les pertenecía, al tiempo que el editor de cultura golpeaba como un enajenado los platillos y tambores de la batería. Yo quise trepar al púlpito, pero no llegué, sólo para decir que me alegraba horrores lo que estaba sucediendo, que The Clinic no había nacido para defender rigideces, sino para celebrar una manera de ser, más curiosa que convencida, no militancias, sino estancias agradables, convivencias libres, capaces de disolver las formalidades, el lugar común y el miedo al ridículo. Y ahí estaban todos bailando, sepa dios en qué onda cada uno, y los ganadores del concurso no sabiendo a ciencia cierta si eran las guindas de la torta o parte de un torbellino desprovisto de afanes destructivos. El tema no eran Frei, ni Marco, ni Arrate, sino la fiesta que minuto a minuto se transformaba para no volverse un remedo de sí misma. Felizmente, seguía oculto el sentido de cada uno de nuestros movimientos. Como el primer día, sabíamos lo que no nos gustaba, aunque desconocíamos la meta. La parranda mantenía su ritmo a fuerza de inconciencia. No era que fuéramos a cualquier lado, pero la vida estaba ahí, palpitando, no como en ciertas campañas políticas donde se nota el cansancio, no el cansancio circunstancial, sino el provocado por la vejez, la falta de ganas, la ausencia de embrujo. Pero resulta que Pepe Fuentes y la Ester, el ciego Gaete y Víctor Hugo Campusano -acordeonista o cuncunero- no son ningunos cabros chicos, más bien todo lo contrario, y, no obstante, ahí estaban sonando con fuerza, capaces de resucitar a un muerto. Claro que ellos nunca estuvieron en el poder, y el poder, asunto más que claro por estos días, desgasta como las lijas la madera, o el óxido los clavos, o el viento las banderas. Creo que fue Leon Gieco quien dijo que para poder seguir, había que empezar todo de nuevo.