Tiempo de palmeras

POR TAL PINTO

Verano es la estación en que los ilusos, frescos de las súplicas de un año nuevo, vuelven a prometerse que serán mejores personas o ganarán más plata, dejarán de fumar o comerán menos, para luego por supuesto llegar al próximo verano con una foja impecable de acciones inconclusas y promesas quebradas, incluso en lo tocante a juramentos muchísimo más modestos, que incluyen, por cierto, leer por fin esas voluminosas novelas que llevan decenas de equinoccios adhiriendo polvo a sus cubiertas. Ciertamente es el verano la estación en que los más ilusos se encaminan a un balneario con sus ejemplares de “En busca del tiempo perdido” melancólicos y hasta atemorizados de que el título de un libro sea una metáfora tan adecuada para el tiempo que ha pasado ese mismo libro dormitando en la biblioteca, le echen una hojeada belicosa a “Guerra y paz” y empapelen de chuchadas al “Ulises”. El matrimonio de la novela larga y el verano es uno ferozmente católico: de una pesadez insoportable, adúltero, corrupto, inmortal e indisoluble. Tal es la insensatez de los lectores estivales.

A todos aquellos que han leído esos clásicos con independencia del clima, o lo que es igual, del tiempo, hay más novelas largas a las que hincarle el diente.

Quizás es razonable volver a leer “2666”, como antesala -y esto suena macabro- a la llegada del “El Tercer Reich”, novela póstuma de Bolaño que llega a Chile en marzo. Otra novela larga y obvia es “El obsceno pájaro de la noche”, de José Donoso, y mejor si se la adereza con “Correr el tupido velo”, los fragmentos de diario organizados por su hija Pilar, en el que están registrados los muchos dramas que el neurótico Donoso padeció en la creación de su obra maestra. La mundana elegancia, agudeza y por lo general venenoso humor, hacen de las “Crónicas reunidas II” de Joaquín Edwards Bello una lectura fascinante en cualquier momento del tiempo, pero como estamos ahora hablando de lecturas y lectores veraniegos, pues digamos que es una lectura excelente para el verano.

La totalidad de la narrativa norteamericana es una oda al lector veraniego. En ninguna otra parte del mundo el status de un escritor se juega casi por entero en la novela larga, hasta los monocordes thrillers (“El Código da Vinci” tiene 600 páginas) son extensos. Thomas Pynchon, por ejemplo, ha escrito dos novelas cortas, una normal, y tres larguísimas. De esas tres, invertiría mi verano en “El arco iris de la gravedad”, humorada entre filosófica y estúpida de un soldado norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial que tiene una erección cada vez que cae un misil. También está “Submundo”, de Don DeLillo, “La broma infinita”, del fallecido David Foster Wallace, “Las aventuras de Augie March”, del premio Nobel Saul Bellow, “Meridiano de sangre”, de Cormac McCarthy, “Árbol de humo”, de Denis Johnson, etc.,etc.,etc. Si es una novela larga lo que se quiere, busque entre los gringos.

El verano, para los lectores, también puede ser un buen momento para hundirse en los diarios de escritores, que los hay por montones. Los diarios de Witold Gombrowicz, Julio Ramón Ribeyro y, bueno, Kafka y Tolstoi, son los primeros que se me vienen a la cabeza, pero también están los de Cheever, Virginia Woolf, Andre Gidé, Dostoievski, y otra larga lista de etcéteras.

La verdad es que el verano plantea las mismas posibilidades de lectura que el invierno, solo que con más distracciones: es preferible leer con frío que con calor, con más ropa que en pelotas, y no por moralina, sino sencillamente porque en el verano nunca se está solo, condición indispensable para leer.

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