Celebrando con los coreanos: El Mundial en Patronato

POR CLAUDIO PIZARRO• FOTO: ALEJANDRO OLIVARES
Hay dos mil 500 coreanos en Chile y el 90 por ciento trabaja en Patronato. Allí la colonia celebró la victoria por dos a cero sobre Grecia. Estuvimos con ellos y esto fue lo que pasó.


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Sábado 13 de junio. 7:30 de la mañana. En Patronato sólo pululan perros y uno que otro ebrio rezagado del barrio Bellavista. Sólo en la calle Manzano, frente al número 343, se vislumbra movimiento. De unas enormes camionetas, marcas Hyundai o Kía, descienden en masa los miembros de la colonia coreana en Chile. Traen banderas de plástico y una sonrisa de oreja a oreja. Sino supiera algo de su proverbial cortesía oriental pensaría que están, en buen chileno, “limpiándose el poto antes de cagar”. Pero no es así. Todos suben sonrientes por un diminuto ascensor hacia el cuarto piso y se sientan ordenadamente en unas sillas ubicadas en un enorme salón. Los ancianos ocupan los primeros lugares. Al fondo hay un telón donde se proyectan las primeras imágenes del pleito. El negro Palma da la bienvenida a la teleaudiencia y las selecciones comienzan a cantar sus himnos. Los coreanos entonan solemnemente la canción, que a la distancia, más parece una triste letanía. Después vienen los aplausos y el primer grito de la barra: Dae Han Min Kuk, una suerte de ceacheí coreano que es seguido por una serie de aplausos cortitos. Me recuerda las ovaciones que hacían para las olimpiadas de Seúl. Suena bien. Incluso me dan ganas de aplaudir pero me aguanto. El partido comienza y se escuchan las primeras manifestaciones. No entiendo nada. La mayoría son monosílabos cortos expresados con vehemencia. Un sujeto, ubicado a mi costado, me dice en español que “wow” significa algo así como “que lástima”, una interjección que por estos lados se podría traducir como “puta la weá”, “qué lata” o “ándate a la chucha”. El partido adquiere dinámica y los coreanos se entusiasman, menos los viejos de las primeras filas que ni se inmutan. Todos tienen un aire al señor Miyagi.

Corre el minuto siete y una infracción a Lee, a un costado del área de Grecia, pone saltones a la coreanos. Es una especie de corner corto. El mismo jugador sirve la falta. Patea. El balón recorre el área con una comba exquisita, tres griegos quedan pagando, y en el segundo palo aparece sólo el número 14, Jungsoo, quien sólo tiene que empujarla adentro. ¡!!!GOOOOL!!!! Los coreanos saltan, gritan y se abrazan. Pero nadie dice gol. Me parece raro y pregunto al lado. Hyunn Lee, mi ocasional vecino, abogado de la Universidad Católica, me cuenta que se dice igual pero sigo sin escuchar el vocablo mágico del deporte rey. No importa, me digo, la huevá es celebrar. Los más entusiastas se suben arriba de unos sillones. Luego se vuelve a escuchar el “ceacheí” asiático y los aplausos cortitos. Olivares, al otro extremo de la sala, está meta flashazos.

Ahora, con el despelote, me percato que la mayoría de los jóvenes llevan la camiseta de Ji Sun Park, el ídolo asiático que hace años calienta el banco en el Manchester’ United. Debe ser la versión coreana de Alexis Sánchez, pienso. O, analizándolo bien, una especie de chino Millar con melena y visos colorines. Quién sabe.

Al lado de la sala hay una cocinilla con una inmensa tetera humeante. Cada cierto tiempo algunos espectadores se paran y se sirven unos fideos envasados en un pote gigante. Hay que sólo echarle agua caliente y una salsa picante encima. Después vuelven a ver el partido. Hyunn Lee me dice que es como el pan con mantequilla para nosotros. Asiento con la cabeza. Termina el primer tiempo.
Una pila de pendejos habla en español detrás de mí. Me acerco a uno grandote y le pregunto de qué generación es. Me dice que es de la tercera, que nació en Chile y estudió en el Nido de Águilas. “Me siento chileno culturalmente pero, a la vez, soy físicamente coreano”, cuenta. De ahí que, asegura, le sería difícil elegir entre ambas camisetas. “Las dos son rojas por lo menos”, me dice. Al igual que Sun Tak, hay otros jóvenes que están a medio camino entre ambas culturas. La mayoría ha egresado de colegios privados y ahora estudia una carrera universitaria. Pese a todo terminan trabajando en Patronato o en empresas coreanas como Kía, Hyundai, LG o Samsung. No en vano de los 2.500 coreanos que hay en el país, me cuenta Hyunn Lee, el 90% trabaja en las tiendas de Recoleta.

Empieza el segundo tiempo. El partido está mahometano. La mayoría se queja que el equipo está cuidando el resultado. La gente grita. Se ve enojada. Pienso que están echando puteadas. Lee me dice que no, que no pueden, que está moralmente prohibido. Luego me explica que es por respeto a los ancianos. No los trataré más de miyagis, pienso. Al otro lado hay mío un coreano enfervorizado. Es un flaco hiper ventilado. Llegó en el 74 a Latinoamérica y se siente tan chileno que se puso Miguel Park. No son pocos en la colonia que utilizan nombres en español. Los más comunes son Antonio, Eduardo y Juan. Pero el que la lleva es Cristián. La razón es porque la mayoría de la colonia es cristiana. Lo toman como un detalle religioso. De hecho, me comenta Lee, la comunidad apoya económicamente a cinco iglesias presbiterianas en Chile.

El partido continúa. Corea del Sur está atacando. Los gritos se vuelven extremadamente agudos. Hay nerviosismo. Van 10 minutos del segundo tiempo. Un defensa griego pierde la pelota cerca del mediocampo, la agarra el numero siete de Corea, se sube a la moto y, cuando le sale el arquero, se la puntea a un costado. Golazo. La colonia está en éxtasis. Hyunn Lee grita desaforado. Me sumo a la algarabía. Alguien me regala una bandera de plástico, la agito inconscientemente y luego la guardo. El partido comienza a decaer. Lee me presenta a un profesor que hace clases de coreano a chilenos. Trabaja en la escuela de la colonia. Me dice que tiene 24 alumnos, que el curso dura seis semanas y que llegan otakus, maestros criollos de aikido y empleados varios de Patronato. El partido finaliza. Corea ganó dos a cero. La colonia se marcha rápidamente. Todos bajan ordenaditos y sin meter boche. Cada uno coge su auto y se va a su casa. A nadie se le ocurre partir a plaza Italia.

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