Felipe Kast, ministro de Planificación: “La izquierda no valora la movilidad social”

POR PATRICIO FERNÁNDEZ Y JORGE ROJAS • FOTOS: ALEJANDRO OLIVARES
Tiene 33 años y es el más joven de los ministros. Se hizo cargo del Mideplan con una fuerte carga personal, ya que su padre, el fallecido UDI Miguel Kast, ocupó el mismo cargo durante la dictadura militar. Ha estado presente en todos los temas relevantes: ha coordinado la reconstrucción del terremoto, es quien debe organizar el ministerio social para superar la pobreza y fue interlocutor en la mesa de diálogo con los mapuches. Cree que la protección social es algo que hay que cuidar: “una sociedad justa es aquella que tiene protección social, que es clave, porque existe esa inseguridad, existe la vulnerabilidad y existe la pobreza”, dice.
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¿Hay más amigos tuyos que se hayan metido en política?
Tengo un pequeño lote de amigos entre los cuales están Hernán Larraín y Cristián Gandarillas. Hay muchos metidos en temas sociales, en cargos administrativos, pero todavía no dan el paso. Son muy pocos los que han pasado a una amalgama más política y está por verse si nuestra generación se va a tomar en serio esto o no.

¿Tienen diferencias con la generación anterior?
Muchas. Una de las virtudes de nuestra generación es que se tomó lo social muy de cerca en las poblaciones, pero que ha despreciado la política. El susto que tengo es que esta generación no se tome en serio este tema, que abandonemos, y que esto sea una experiencia temporal en el Ejecutivo y que no se inserten en los partidos políticos. Es muy cómodo tener una pega en el gobierno, y es mucho menos cómodo, más desafiante, más relevante, el tomarte el tema político en serio.

Pero tú tampoco eres parte de los partidos políticos.
Es que eso es una línea bien tenue, porque es verdad que no estoy inscrito en ningún partido político, pero conozco a la UDI desde que nació. Conozco mucho la estructura, a las personas, las caras. En RN me pasa un poco lo mismo, me ha tocado conocer mucho a Rodrigo Hinzpeter. Entonces, efectivamente no he firmado por ningún partido, pero sí me siento muy cercano al mundo político.

La herencia paterna no fue suficiente.
Al contrario, la herencia paterna es muy profunda. Creo que en el momento en que firme en un partido lo voy a hacer con una intensidad grande. Mi entrada a la política es reciente. Estuve cinco años afuera y llegué hace uno. Entonces, estoy todavía en un proceso de meterme con más fuerza y ojalá con un lote, no solo. No quiero que esta aventura sea personal, quiero que sea colectiva.

¿Cómo es eso de no meterse solo? ¿Estás pensando en los partidos establecidos o en un nuevo referente?
Nuestra generación tiene algo que hacer en términos de coalición. Le tengo bastante respeto a la Concertación, me tocó conocerla desde dentro por mi padrastro Javier Etcheverry, y creo que ellos sí tuvieron una narrativa muy potente. Nosotros tenemos que hacer eso a nivel de la Coalición y en eso el Presidente está marcando un sello político, lo que dijo Longueira el otro día.

¿Suscribes la preocupación de Longueira?
Sí, pero los medios la malinterpretaron. La propuesta de Longueira era mucho más profunda y trataron de reducirlo a un alegato. Si escuchas bien la entrevista, lo que dice es que hay un Presidente muy potente con una narrativa muy potente, pero que no queremos que quede en el Ejecutivo, sino que la traspase a los partidos. Y esa preocupación sí la comparto.

Yo escuché otra cosa, que acá había una Coalición que llegó al gobierno y que hace mucho que no se la escuchaba nombrar de parte del Presidente. O sea, que la cultura de coalición está ausente del gobierno de Piñera.
También escuché esa parte, pero no es incompatible con lo que digo. Puedes mirar eso como un reclamo: el Presidente tiene que hacernos caso a nosotros; o: creo que el Presidente tiene que empapar nuestra política o nosotros empaparnos de él. He conversado con Pablo y le tiene muy buena al Presidente, pero muy buena.

Tengo dos posibilidades: dejártela pasar o decirte que no tengo para nada la misma impresión.
¿Sí? Bueno, a mí me da la impresión de que le tiene muy buena.

Si es que le tiene muy buena es muy nuevo.
Han tenido diferencias históricas y no son del mismo partido, pero Pablo hoy está muy convencido de que el Presidente Piñera tiene que jugar un rol decisivo en la narrativa de la Coalición.

¿Esta generación tuya de derecha ha generado vínculos con los jóvenes del otro lado?
Sí. Se conocen bien, porque son relativamente pocos, tanto de un lado como del otro. Ahí hay un pecado generacional y es que la nueva generación no tiene el coraje, la convicción, que tuvieron los Longueiras y los Escalonas, de dar la pelea de por vida.

¿Es un tema de coraje?
Sí, la política es muy dura. De sacrificio. Una de las gracias que tiene la UDI es que ha logrado encantar a mucha gente a que renuncie a posiciones más cómodas para dedicarse a una tarea que es muy amarga, porque conseguir votos y hacer campaña en la calle es lo más duro que hay: te endeudai, si perdí se olvidan de ti, las probabilidades de perder no son bajas y siempre tienes que perder un par de veces para que después te den un cupo mejor… Es una paradoja: es muy duro, pero muy relevante para la sociedad, por lo tanto abandonarlo tiene un costo social infinito.

¿No tienes la sensación de que el problema es que los partidos cierran las puertas?
Discrepo de eso. Esta cuestión es con cuchillo –en el buen sentido de la palabra-, es de verdad. Esto es de estrategia, de constancia, de preparación, de bravura, de estar en terreno. Si hay una cosa que respeto, y que se le valora mucho en la UDI a mi tío José Antonio, es el trabajo de base. La política tiene mucho de eso y se ha abandonado, porque es muy fácil aburguesarse y quedarse en la elite discutiendo sin hacer la pega. Entonces, dejar los partidos de lado o tomarse los partidos no pasa porque te den la pasada, sino que porque tú ronquís fuerte, porque seas un buen estratega.

¿LIBERAL O CONSERVADOR?

¿Cuál es la relación de esta gente joven de la derecha, tú y tus amigos, respecto de Augusto Pinochet?
Bien honesta. Nuestra generación no tiene complejos para mirar las luces y las sombras. La generación anterior se quedó en las luces, le costó las sombras y las luces al final no brillaron tanto por no reconocer las sombras. Conocí, a través de mi padrastro, a muchas personas que vivieron muy de cerca el tema de los derechos humanos y ahí tuve una mirada muy crítica, y tengo una mirada menos crítica de lo que se hizo en políticas sociales.

Pero entre las luces y las sombras, dadas las mismas circunstancias, todo exactamente igual. ¿Tú apoyarías nuevamente un golpe de Estado en el año 1973?
Es una pregunta legítima sobre la cual académicamente uno puede justificar que haya habido un pronunciamiento, pero si me preguntas si se alargó mucho o que las formas que se ocuparon fueron incorrectas, a esas dos preguntas digo que sí.

Lo digo viéndolo desde ahora, porque empezaron a sonar unas pocas balas en Ecuador y el continente completo se chantó diciendo: así no se hacen las cosas. En ese entonces, este continente todavía estaba acostumbrado a pensar que así sí se podían hacer las cosas.
Creo que en ese minuto había en Chile una situación que ameritaba algún tipo de intervención.

¿Los logros económicos que ves en lo social y en lo económico alcanzan a justificar las violaciones a los derechos humanos?
Por ningún motivo. Mi lado conservador aparece ahí. El tema de la vida y el de la violencia me tocan muy fuerte. No puedo estar dispuesto a dar otras dimensiones para justificar la vida o la violencia. Eso no quita que, como no me tocó vivir eso, tengo mucho menos complejo al valorar lo bueno. Ahí hay un elemento que tenemos que cuidar, porque lo que Chile ha logrado construir es que sí necesitamos focalizar los recursos en aquellos que lo pasan peor, en construir una sociedad con más oportunidades, donde la educación es clave, donde las políticas públicas son importantes y no una cosa tecnócrata, sino que también tiene que ver no tomar atajos… O sea, la complejidad y la profundidad de las políticas sociales que se ha logrado construir en Chile hay que cuidarla.

En lo valórico ¿eres liberal o conservador?
Tengo una mezcla rara. Soy más conservador en el tema de la vida.

O sea en el aborto.
En el aborto soy muy conservador, muy cuadrado. Sí me opongo a que hagamos cualquier tipo de atentado a la vida de las personas; incluso a alguien que me esté pegando yo no lo puedo matar, deberíamos tratar de disparar a las piernas primero 10 veces, no atentar contra su vida. Eso lo extremo y lo llevo a otras dimensiones. Soy más conservador que algunos liberales puros, que dicen que el cuerpo de la mujer es de la mujer y que haga lo que quiera con él. Después ahí te metís al tema de la píldora y depende mucho si creis si la píldora es abortiva o no. Comparto esa visión de que si usted cree que no hay aborto, no hay problema. Ahora, hay otras personas que creen que hay una probabilidad de que haya aborto y también respeto eso.

Cuando se prohibió la píldora salieron 15 mil mujeres a marchar por la Alameda y tu tío era el centro de las críticas.
He hablado con José Antonio y a él desgraciadamente lo han encajonado. Si lo conocieras te darías cuenta que su visión es más compleja de lo que se ha tratado.

Él mismo se ha hecho un nicho ahí.
Sí, pero él es mucho más complejo que eso. Lo conozco de chico y da para mucho más que quedarse en esa esquina. Pero encuentro legítimo que haya duda en el tema de la píldora. Si alguien cree que hay aborto ahí, no sólo lo respeto, sino que admiro que defienda que se atente contra la vida de un niño que está por nacer. Por otro lado, alguien te puede decir no, porque estás atentando contra mi libertad… bueno, lo que pasa es que también atento contra la libertad del que quiere matar a la señora que acaba de pasar por acá.

EL ESTADO Y LA SEGREGACIÓN

¿Lo pasaste bien en Cuba?
Increíble. Estuve un año en La Habana, en la universidad. Tomé cinco cursos de sociología y cuatro de economía. Fue potente porque tenía 22 años cuando me retiré de mi país y me fui a un gran retiro lejos de mí mismo, de ese yo que tenía sus fronteras y que desde fuera venía muy cargado.

¿Qué cosas le compraste al marxismo?
A Fidel le compré la visión preclara que tenía de una sociedad justa en su minuto, y transformar eso en un movimiento social y cultural; cuando dices “en mi país no puede ser que el 10% de las personas, por ejemplo, entiendan lo que lee”, y que a partir de eso hagas una revolución social, de esfuerzos, de energías y recursos parea lograr un objetivo social y no económico. Lo social está primero, todos debemos caminar juntos.
Después se mareó, pero eso fue en el año 1963.

Eso es contrario a la visión liberal, que en vez de decir caminemos todos juntos, dice que hay que darle aire a los más fuertes y a los que tienen más poder para que creen riquezas y después vamos viendo cómo chorrea.
No, porque esa es una visión. Por eso partí diciendo que no soy completamente liberal.

¿Te gusta el Estado?
Mucho.

¿No eres de los que defiende un Estado más débil, chico, que se involucre menos?
No, creo que el Estado está muy atrofiado, pero tiene una labor insustituible: la justicia social. No solamente basta con tener una sociedad sin pobreza, donde hago que la torta se maximice, después distribuyo e intento nivelar para abajo… esa es la visión de justicia que no comparto, porque es muy sencilla. Una sociedad justa es aquella que tiene protección social, que es clave, porque existe esa inseguridad, existe la vulnerabilidad y existe la pobreza. Lo que me duele de Chile, y de la Concertación en los últimos 20 años, es que en educación tuvieron su gran pecado de omisión, teniendo capital político en su minuto con Ricardo Lagos, de haber metido cuchillo y reformas fuertes…

¿Que hubiesen consistido en qué?
Primero, aumentar la subvención brutalmente. La educación no fue una apuesta estratégica porque la calidad, que es lo que genera movilidad social, fue una bandera que nunca tomaron con fuerza. Es una paradoja que para la Concertación su política social haya estado mucho más focalizada a garantizar mínimos, que en esa dimensión de calidad, que es la dimensión que te mueve de esta sociedad a una donde hay igualdad de oportunidades, justicia social, donde tu origen no determina tu destino y donde no hay sociedad de privilegios.

¿Este gobierno está haciendo esta apuesta que tú dices?
Absolutamente. No sólo es discurso. Lo que estamos tratando de hacer con educación… cuando critican los liceos de excelencia de Lavín, ahí hay diferencias políticas, porque en el fondo la izquierda está equivocada, porque no valora la movilidad social.

¿Cómo que no valora la movilidad social?
No lo suficiente. O sea, valora más la igualdad per se, que la igualdad de oportunidades. No digo con esto que Lavín lo solucione todo, pero cuando lo atacan, veo que a ciertos sectores de la izquierda les violenta que a aquel que pone más esfuerzo y mérito le vaya mejor. Les cuesta que el esfuerzo te premie.

El gran pecado de la izquierda se llama resentimiento.
Puede ser…

Como el gran pecado de la derecha se llama ambición desbordada.
Me cuesta entender eso, porque lo que estás haciendo es generar condiciones para que el niño que está en un colegio medio malo y le fue más o menos bien, se vaya a un colegio mejor, pero te dicen que no porque todos tienen que ir juntos.

¿Pero qué pasa con el porro de la población, que deben ser la mayoría?
Es que no hay que nivelar para abajo. Lo que queremos es que el mínimo se mueva para arriba, pero además que ese mínimo parta de más arriba. Los liceos de excelencia sirven para una cosa y hay que buscar otra fórmula para que no tengamos a ningún niño con un Simce con menos de cierto umbral.

¿Te gusta la educación pública?
Esa es una discusión errada, porque al niño le da lo mismo si su profesor lo contrató el Estado, o el Hogar de Cristo, o la fundación de los Matte.

Hay diferencias. En el caso de los liceos de excelencia se selecciona y eso genera grandes posibilidades para esos seleccionados. Si quiero tener un colegio que gane todos los interescolares de atletismo, no es muy difícil que me ponga nazi y elija a puros niños que vienen desde la biología muy fortalecidos.
Pero eso no se soluciona con la educación pública. Estoy de acuerdo con que hay un problema de segregación, porque los más pobres se quedan en lo público y los menos pobres se mueven a los particulares subvencionados. Quizás efectivamente podrías tener todo público, y tal vez eliminarías ese problema, pero generarías otra distorsión que es la calidad o la movilidad.

Es complicado hablar de reducir la segregación cuando a los pobres desde un principio se los ha mandado a la periferia, donde no tienen servicios, donde les cuesta llegar a sus trabajos.
La política de suelo fue muy nefasta. En políticas sociales tienes dos opciones: maximizas la cantidad de soluciones o maximizas la calidad. Desgraciadamente, muchas veces se ha maximizado la cantidad. Cuando decías hay diez millones de pesos para dar una solución habitacional, muchas veces el incentivo estaba en buscar el precio más barato de la tierra y se sacrificó, porque al final los pobres desgraciadamente no alegan.

Ni mucho menos en tiempo de dictadura, donde esto pasó fuertemente.
Efectivamente en el gobierno militar se comenzó con esta política. Lo bueno es que se hicieron soluciones modulares, lo mismo que está haciendo el ministerio de la Vivienda con Elemental, dando la parte básica de la casa y que después toda la ampliación sea una inversión de la familia.

POBREZA

¿Qué es ser pobre?
En Chile al principio teníamos una distribución del ingreso muy plana y el 65 o el 70 por ciento de los chilenos estamos muy cerca unos del otro. De hecho en el Ministerio de Desarrollo Social tengo tres objetivos: uno, lo que podrías llamar pobreza dura, que es aquella madre que tiene a sus hijos y que aunque encuentre trabajo no le va a alcanzar para vivir una vida suficientemente tranquila. Después tienes, un poquito más arriba, la vulnerabilidad, que es la familia de clase media baja, que en tiempos normales vive en relativa tranquilidad, pero tiene cualquier shock -desempleo, enfermedad o separación de la pareja- y la cuestión se va a la mugre; y tienes otras dimensiones de la pobreza.

Estas dos dimensiones que acabas de decir, ¿las mides por nivel de ingreso o le incorporas el dato de nivel de protección social que es justamente el que le puede dar el Estado?
Es con ingreso, porque en el fondo en Chile no tenemos alimentación gratis, no tenemos ropa gratis, no tenemos transporte gratis. En el concierto internacional, esa es la pobreza más real, porque por mucho que su hija esté asistiendo al colegio, por mucho que vaya a Fonasa, el dejar de recibir ingresos es muy grave, porque hay cosas que no se pueden comprar con ingresos, como la educación. El 85% de los chilenos no compra su educación, por lo tanto es muy relevante que tengas indicadores de pobreza multidimensionales que incorporen esos índices. Tienes tres elementos que en Chile no se compran con ingresos: salud, educación y vivienda.

Ir cubriendo esas necesidades de parte del Estado implica que cada uno de los miembros de esta sociedad se ponga con más.
¿En que sentido?

Impuestos.
Si y no. No me cierro a que tengamos que revisar la carga tributaria, pero los economistas tenemos un concepto que habla de la frontera positiva de producción. ¿Qué significa esto? Que si con los recursos que tengo estoy haciendo lo que tengo que hacer o no, porque si yo le meto plata y más plata a una cosa que no funciona, es muy complejo.

¿Pero qué pasa con la pobreza que no se mide, con la educación, con el acceso a la salud? ¿No se mejora con una reforma tributaria?
Creo que no. Si fuese así, sería muy fácil.

¿Pero tenernos en Chile una carga tributaria baja o no?
En algunos elementos sí y en otros no. En el IVA somos muy altos y su gran desventaja es que lo pagan los pobres.

Porque además los ricos tienen empresas y pagan mucho menos.
Pagan mucho menos. Tenemos un sistema tributario bueno que no genera distorsiones. En términos de montos, el IVA es alto, comparado con otros países. En otros elementos, y como sabemos todos que hay miles de formas de evadir, podemos recuperar espacios usando ingeniería bien hecha. Esa es otra obsesión de la izquierda, que le molesta que haya alguien que le vaya bien y que quieren más redistribución. Incluso puede haber alguien que diga que da lo mismo que la plata se malgaste, pero por lo menos estoy contento porque le quité algo al que le iba bien.

Hiciste la caricatura de esto como alguien la hace desde el otro lado, ¿pero te importa sustancialmente el tema de la desigualdad o te parece que está muy inflado?
Primero: sí, me importa la desigualdad, porque es un síntoma de que aquí al que le va bien al papá, al hijo le va a ir bien. Dado ese supuesto, efectivamente creo que es muy grave que tengamos una desigualdad que se mantenga en el tiempo, que sean los mismos los que mantienen esa desigualdad.

Pero supongamos que eso no es así.
Si no es así y si tuviésemos una cosa llamada independencia de origen, no me complica.

MAPUCHES

Participaste en la mesa con los mapuches ¿Cómo fue?
Participé en dos mesas de diálogo: primero en la de Ñielol y después en Angol. El diálogo fue de un respeto muy grande, estaban muy agradecidos que hubiésemos ido y cada uno se tomó el tiempo de explicar su punto de vista. El problema que tuvimos es un tema de confianza con el Estado de Chile, con el pueblo de Chile las confianzas están fracturadas. Me queda claro que la gran demanda, aunque parezca siútico, es respeto y no es fácil solucionarlo. Quieren respeto de que el pueblo mapuche tenga un constante diálogo.

Respeto por su autonomía también.
No, no necesariamente. Hay mucho más heterogeneidad. Piden respeto por el pueblo mapuche. ¿Cómo bajas eso a la realidad? Hay algunos que quieren autonomía, hay otros que quieren un consejo de pueblos, otros que ojalá que en el congreso haya cupos para ellos, que haya un reconocimiento constitucional.

¿Qué opinas de eso tú?
Lo comparto absolutamente. Otro pecado de omisión que tenemos como sociedad es no ver esta situación como una oportunidad de que nuestras diferencias nos enriquecen, como lo hacen otros países.

¿Cuánto piso político hay para solucionar eso?
Mucho. El hecho que estuviera Rodrigo Hinzpeter, Cristian Larroulet, y yo, es importantísimo para ellos, pero no es lo único. Hay mucho piso y tenemos un Presidente que tiene ganas de marcar la diferencia en esto.

¿Qué cosas no hizo la Concertación que sí están haciendo ustedes?
Primero, no se sentó a dialogar con altas autoridades. Al final llegó Viera Gallo, pero prometió mucho y el pueblo mapuche se siente defraudado cuando le pones un papel y pasan meses y no pasa nada. Nos encontramos con una cantidad de papeles firmados, promesas de tierra, que no pasaba nada…

Pero fueron pasando, porque se compraron tierras.
Desgraciadamente a un precio desorbitado, por lo tanto fueron muy pocas las hectáreas. Al final era un negociado entre el que vendía y el que compraba.

Ese que vendía era el que se quejaba de que el mapuche le quemaba su propiedad y que salía con escopeta.
Hay casos complejos.

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