Cojera, maletín, sombrero blanco, traje con líneas, corbata rosada, abogado del hijo de Pinochet, abogado de Dante Yutronic, abogado de Anita Alvarado, abogado de homicidas anónimos, abogado de los indefendibles, abogado de los que están en la cárcel.

Todo le da un airecito gansteril a él, Aldo Duque, que también sabe lo que es no estar libre. Que, hace quince años, comió y durmió por nueve días en una celda tan grande como un ascensor.

Dice que fue un malentendido: un cliente suyo compra acciones sin saber que el vendedor es falso, sin saber que los papeles son falsos. Los papeles falsos en las manos de Aldo Duque que tampoco sabe nada. De pronto, investigaciones echando abajo la puerta de la oficina en la que está sentado. Investigaciones esposándolo. Investigaciones llevándolo detenido.

Ahí -dice- entendió algo que ya sabía sobre la cárcel:

-No son todos los que están y no están todos los que son.

Luego, entendió otra cosa:

-Las penas no son proporcionales a los delitos: un tipo que roba una gallina para darle de comer a sus hijos se va quince años a la cárcel.

Pero Aldo Duque sabe algo más que de gallinas.

-Un día un ex carabinero aparece de golpe en la casa y encuentra a su mujer yaciendo con un hombre que no era él. Con un repartidor de la Coca Cola. Se enloquece. Es como la canción de Lucho Barrios: “busqué el arma en el ropero y la acribillé”. Exactamente fue así. Se mete al ropero, vuelto loco, dispara cinco balazos, la acribilla. El juez lo acusa y, como estaban casados, le pide diez años y un día por parricidio. Y yo lo defiendo. Cuento corto: tres y uno, firmando. Acredité el adulterio. Hasta cartas de ellos logré interceptar. Yo investigo. Eso hace la diferencia.

Yutronic y Pinochet jr

-¿Si alguien quiere salir rápido lo llama a usted?

Me llaman a mí. Me llaman.

Lo llamó una mujer de pelo rojizo que ahora conversa con él en el Centro de Justicia para que saque de la cárcel a su hermano. Lo llaman varios de los que le piden su tarjeta -sale de la casa con treinta y a las doce del día ya se le han acabado todas- lo llamó una chica, Daniela, que pasó seis meses en la cárcel porque la acusaron de traficar droga.

Aldo Duque no duerme peor por defender a un culpable. Porque -piensa- el territorio de la moral tiene sus límites desdibujados. Porque, dice:

-Nadie es tan bueno ni tan malo.

Algunos ni-tan-malos que han pasado por Duque son:

Dante Yutronic, el entonces dueño de La Casa del Espía, protagonista de un thriller policial, que consiguió un “trabajito” cuando el fallecido dueño de la Corporación San Tomás, Gerardo Rocha, le encargó espiar a Fernando Oliva, el martillero que murió calcinado producto de la celopatía del empresario:

-El hizo lo que hace un espía: espiar. Pero participó en todas las reconstituciones de escena, en todas las diligencias, conversó lo que había sido su participación y no pensaba salir del país. Y aún así le pidieron prisión preventiva. ¿Sabe por qué? Para enviar una imagen a la opinión pública. Porque era impresentable que nadie fuera a la cárcel. Pero todo en la carpeta de investigación son patrañas. ¿Aclarado el caso rocha? Pffff.

O Carolina Leal, acusada de extorsionar al Conservador de Bienes Raíces pidiéndole doscientos millones de pesos a cambio de no mostrar unas fotos en las que él salía sin ropa. Que no es cualquier cosa, cuando el Conservador es quien gana más plata que cualquier chileno en un cargo público. Y -como no es cualquier cosa- Aldo Duque recibió llamadas y llamadas de números desconocidos, de gente sin nombre, en las que le decían: “Cuídate, cuídate, cuídate”.

Otro: Augusto Pinochet Hiriart, por el caso del BMW robado que estaba a su nombre. Tomándose un café, Duque escuchó una historia que le pareció verosímil. Y no le importó que Augusto hijo tuviera los antecedentes que tenía.

-Si me preocupara de eso no defendería a nadie.

Fra Fra

Francisco Javier Errázuriz, su primer cliente conocido, es el único que no busca a Duque. Duque es quien busca: un día, 1989, pasea por Ahumada, ve a unas señoras que gritan Errázuriz, Errázuriz. Gritan y reparten empanadas. Aldo se acerca por las empanadas, se queda por las empanadas, hace campaña por Francisco Javier Errázuriz, se transforma en abogado de Francisco Javier Errázuriz y se cambia de departamento para vivir al lado de Francisco Javier Errázuriz porque Francisco Javier Errázuriz es un tipo absorbente:

-Un día se me ocurre decirle, con mi mejor cara de imbécil: “Don Francisco Javier ¿Este año me podría tomar vacaciones?” Me acuerdo que se baja sus lentes, me abre los ojos y me queda mirando. Y me dice “¿Queee. Mira muchacho. ¿Tú eres errazurista?”. “Sí, don Francisco Javier”, le digo yo”. “Mírame a mi”, me dice. “¿Me has visto tomarme vacaciones?”. “No, don Francisco Javier”. “Dime algo. Qué hora son”. “Cuatro de la mañana, don Francisco Javier”. “Y estoy trabajando acá. Y no me tomo vacaciones. Dime una cosa: ¿tú creís que tenís más plata que yo”. “No, don Francisco Javier”. “O sea no tenís mi edad, no tenís mi plata, no tenís nada de lo que yo tengo y tenis tiempo pa tomarte vacaciones, hueón”.

Aldo de vacaciones

Aldo Duque aguanta los hueón de Errázuriz. Aguanta no tener vacaciones en ocho años. Aguanta quedarse hasta las tres de la mañana trabajando. Aguanta el ritmo del Fra Fra cuando todos sus otros abogados duraban nada.

-Yo lo admiraba. Tenía más demandas que pelos en la cabeza, muchos terminaban a combos o a balazos con él, pero yo no.

Escoba

Aldo Duque deja de trabajar con el Fra Fra cuando llega Anita Alvarado con angustia japonesa a pedirle que la defienda. “O esa mujer o yo”, le dice Errázuriz. Duque se va con Anita. Se dan la mano. No vuelven a hablar más. Porque, después de doce años trabajando juntos, entendió que Francisco Javier Errázuriz no estaba para tener amigos.

El giro hacia Anita es el segundo que hace Aldo Duque en su vida. El primero, años antes, es cuando se va de la Fiscalía Militar a trabajar con Errázuriz. Llega a la fiscalía a los 25 años, 1986, en un día sofocante de verano. Se va un año más tarde, después de enterarse de algo que -dice hoy, a los 49 años- no sabía: mandaban a la cárcel por cualquier cosa.

Aldo con pelo

Pero ahora, cuando acaba de juntarse con el ministro Hinzpeter para proponerle sus planes de una estrategia de lucha contra el narcotráfico. Ahora, en un día luminoso de invierno, en un día de democracia, sentado en el living de su casa -el único lugar donde no usa su sombrero blanco estilo gángster- piensa más o menos lo mismo:

-No faltó por ahí un papanatas de marca mayor que creó la expresión la puerta giratoria. El humorista que creó esa expresión se nota que nunca en su vida ha pisado una fiscalia, un juzgado de garantía o un tribunal oral. Porque la puerta giratoria nunca ha existido. Incluso es más: acá la puerta giratoria funciona al revés. Aquí se envía gente a la cárcel por tratar de dar una imagen de eficiencia.

Aldo acaricia un caballo

Piensa:

-¿Sabe lo que tiene que hacer el Estado? ¿Sabe? Intervenir las poblaciones. Pero intervenir las poblaciones no significa meter cinco mil carabineros con una ametralladora. Eso es ridículo. Eso es ridículo. En este país de repente aparecen unos señores muy empingorotados y con gran bombo y platillo anuncian: decomisamos doscientos kilos de cocaína. Gran golpe al narcotráfico. Y a esa misma hora los narcotraficantes de verdad se toman la guata riéndose a carcajadas. Porque en Chile ingresan anualmente diez mil kilos de cocaína. El narcotráfico llegó para quedarse. Y el Estado chileno se ha transformado en un encubridor del delito.

Piensa, cuando le dicen mafioso, cuando le dicen turbio, cuando -una vez- un fiscal le dijo: “Usted camina por el camino de las sombras” que lo único que puede responder es lo que responde:

-Escoba.