Educación: en la querella de la tecnocracia y el bien común

Por: Francisco de Undurraga.
Filósofo, Profesor U. De Chile.

El conflicto entre neoliberalismo y bien común ¿por qué lado se vería estallar? nos preguntábamos hace unos meses. Lejos del ocaso de las ideologías, estaríamos en un período en que la triunfadora de éstas (en otro flanco de la desastrosa sátira financiera que sigue protagonizando), se infiltra mañosamente en el quehacer social, en la forma de una tecnocracia de la eficiencia, la cual tiende a avasallar los principios de lo común y la igualdad de oportunidades, que rigen los valores democráticos.

Esto, cuando la técnica económica o su ideología (dónde el límite entre ambas, sería materia de un nuevo tratado de inteligencia emocional) se asumen sabedoras, y lo que es peor, se imponen como tal ¿Pero por qué esta torpeza, se preguntarán algunos, en hacer convivir una y otra forma de representación, la técnica económica y los principios democráticos? ¿En qué momento el principio o la idea se aleja, en ambos casos, de su contraparte necesaria?

Sin un ordenamiento civil, difícilmente la técnica económica puede contar con las condiciones para su ejercicio, y a estas alturas, el cromañón precientífico resulta poco probable ¿Habrá decidido la tecnocracia económica hacerse cargo de la igualdad de oportunidades y el principio de lo común? Entonces su pecadillo podría ser el pez gordo de la falta de alteridad, porque si hay una patología que aqueja a la técnica es su propensión a la falta de miras, y al parecer algo de eso – una apertura a la alteridad – se requiere en el arte de taumaturgo que consiste en dar con la pócima para tantos actores como intereses.

Lo que patrocina a todos esos intereses, lo que sustenta su ejercicio – a veces lo olvidamos – es el bien común, al que visionariamente llamaba Hobbes ¿No sería precisamente este bien común el artefacto de las posibilidades y a la vez lo amenazado por la técnica que se libra a su falta de alteridad? ¿Por qué y cómo, si ya parece la dueña de casa con título en mano, resuelta a no moverse?

En algún momento los dioses dormidos en las carcasas populares podrían despertarse. Y lo harán con razón. Por mucho que la técnica disponga de las fuerzas del orden, llega un momento en que su fundamental mandato popular le dobla la mano – lo han demostrado las revoluciones recientes en el norte de África ¿O vamos a pensar que con el neoliberalismo se trata de otro orden de oligarquía, en que los favoritismos no alteran su frágil urdimbre sostenedora? Ese sería un error. Nada está definitivamente resuelto, nos lo muestran tanto la crisis financiera, como los conflictos en el Magreb, esas dos manifestaciones de dos órdenes en pugna, y solo en apariencia excluyentes – lo público y lo privado. Más que de un reemplazo ¿no se tratará entonces de la habilidad en la búsqueda de ajustes, ese nuevo equilibrio en su frágil sustrato?

La gran salvedad ahora, es que un equilibrio no es suficiente. No cuando por años se arrastra una precariedad que algunos justificarán como el mal menor del crecimiento económico o, en el más inocente de los presupuestos – quiero decir, en el más irresponsable de los actos – el “ya se solucionará”. No cuando el verdadero crecimiento, el sustentable, el de todos, depende no de un simple sentarse a conversar, sino de hacerlo en vistas a una radical reforma, y aprovechando las favorables condiciones económicas que nos permiten (y aunque no lo hicieran) partir por casa.

Esto es, por lo común, por lo que nos tiene a todos en el mismo barco, ahora que en nuestra condición de ciudadanos maduros, los chilenos podremos decir hemos progresado, llegó el momento de pensar en la Educación. Una reforma constitucional que establezca la obligatoriedad del Estado de proveer una educación gratuita, laica y de calidad. Más recursos, acceso equitativo y democratización. Fiscalización para un régimen público y de excelencia, con las más eficientes medidas para garantizarla ¿Por qué tendríamos que seguir esperando?

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