Me ha costado esta columna. El día está abochornado y si bien Hinzpeter ha vuelto a encabezar una pachotada autoritaria, esto no alcanza a molestarme en serio ni a despertar una emoción cualquiera, suficiente para moverme a escribir. Todo lo que pienso sobre los acontecimientos en curso ya lo expresé de mil maneras en esta misma página, y lo que se me ocurre reclamar por la tontera de poner al mismo nivel a un alumno en toma que a un asaltante, entre que otros varios ya lo dijeron y que patalear más de la cuenta puede sonar a Perogrullo. Una cosa eso sí: el hecho demostró que Piñera anda más perdido que los perros nuevos. La guitarra del gobierno está completamente desafinada. Longueira dice una cosa y Larraín otra, Bulnes silba una melodía y Hinzpeter aparece golpeando tarros. La verdad es que no se sabe para dónde va la micro. En privado, hay ministros que dan por hecha una reforma al sistema binominal y otros que la descartan.

Lo mismo con repensar los impuestos. En la Concertación el descalabro es peor, pero ese es otro cuento. Se percibe un ambiente de revoltijo. Las fuerzas que lo mueven son, en mi parecer, virtuosas, pero de tanto dar vueltas, de pronto marean, y uno sin darse ni cuenta, se retira del carrusel cansado de girar en círculos. Una lúcida actriz de la plaza me dijo: “Lo que pasa es que la cosa no avanza”. Cunden las marchas –aproximadamente 20.000, si no más, desfilaron contra la discriminación el sábado en la tarde, sin que los diarios al día siguiente les dedicaran ni media página–, circulan discusiones frescas, se percibe una ciudadanía activa, está todo abonado para empezar a generar el nuevo acuerdo que rija los próximos lustros, los cambios al sistema político, la malla impositiva que un país con ansias de modernidad necesita, la matriz energética, el fortalecimiento del poder local, un nuevo acuerdo con el pueblo mapuche, y un proyecto educacional a largo plazo que acompañe y fecunde todos estas otras transformaciones, y, no obstante, en el plano del poder real, todas estas pretensiones se pierden en medio de litigios desmoralizantes que, como una maldición, se perpetúan. Cuando se le daba por muerto, vuelve a joder el espíritu pinochetista.

Los custodios del “orden” levantan la voz y en La Moneda tiemblan. El gobierno, en lugar de jugársela por una hoja de ruta, reacciona ante los problemas como un niño bajo una piñata. Alguien les sopló ahora que aquí faltaba autoridad, y no hallaron nada mejor que adoptar la lógica de Labbé, el DINA boina negra, para satisfacer la demanda. Debe ser que se la pasan en salones, que hace tiempo no caminan por las veredas ni se suben a la locomoción colectiva, porque salvo un grupo de viejas mal teñidas y sus respectivos cónyuges, no hay nadie que entienda el buen gobierno como la “mano dura” que les gusta. El “caso bombas” se les fue a las pailas. No existía tal organización anarquista capaz de poner en jaque ninguna estabilidad. Se trataba, o de la alucinación de unos paranoicos, o del invento aterrador de unos controladores. Es de esperar que no sigan tiñendo de terrorismo los actuales reclamos de la democracia.