La muerte del vedetto

Franco Caneo, uno de los vedettos más famosos de Santiago murió la víspera de Navidad y dos mujeres lloraron por él. Una era su esposa y la otra, su amante. Una historia de amor contada desde el camarín de los musculosos.

Por Leo Marcazzolo

Mediodía del 25 de Diciembre. En el cementerio Parque del Sendero de San Bernardo es enterrado el vedetto Franco Ítalo Caneo de 30 años. De fondo se escucha el tema que lo hizo famoso en la discoteque Grammy, la canción Ámame de Alexandre Pires. Se han congregado más de 100 personas. Se lanzan pétalos de rosas rojas en señal de despedida. Dos mujeres lloran su fallecimiento. Las dos mujeres que lo acompañaron y lo idolatraron de por vida. Ambas se abrazan desesperadamente al ataúd. Las dos dicen que Franco odiaba estar solo. Ninguna puede creer que se haya ido. Una es su señora Lizett Cevallos y la otra es su amante, Alondra Sandoval. Con Lizett vivió más de cinco años y tuvo a su hijo Fabrizio. Con Alondra bailó y gozó de la noche hasta altas horas de la madrugada por más de cuatro años.

-A las dos las quiso por igual -resume la actriz Adela Calderón, gran amiga de Franco.

Este es el primer encuentro de las dos mujeres. Lizett alega que es una falta de respeto -hacia ella y su hijo- que Alondra esté con su cuerpo desparramado llorando encima del ataúd. Alondra afirma que Lizett es una “egoísta” porque en ningún momento ha sacado la mano del rostro del difunto, sólo para negarle a ella la oportunidad de “verle la carita”. La tensión es obvia, pero la hora es demasiado trágica para crear un escándalo. De alguna manera las dos viudas se respetan el luto.

La última vez que Lizett Cevallos vio con vida a su marido fue el jueves 23 de diciembre a las 8 de la noche. Esa víspera discutían el menú que compartirían la noche de Navidad. Lizett quería preparar carne a la cacerola con papas duquesa y Franco prefería pollo con ensalada. A él no le agradaban las papas duquesa.

-Queríamos tener una cena especial, así que finalmente decidimos cocinar de todo para no discutir- recuerda Lizett.

Como a eso de las 21:30 Franco llevó a su mujer y a su hijo al supermercado Monserrat de Quilicura en su Mazda 929. Los dejó ahí, se despidió cariñoso y luego se fue rumbo a Los Andes. En la discoteque Bross de esa ciudad montaría un show junto a otros cuatro vedettos con el fin de ganar dinero extra para completar la lista navideña de su hijo de cuatro años: el último regalo que le faltaba era un playstation. Le iban a pagar cuarenta mil pesos. Ganaba alrededor de setecientos mil en un mes.

-Me dijo que bailaría y después se devolvería temprano para amanecer fresco el día de noche buena -rememora Lizett.

Cuatro horas más tarde, pasadas las 2 de la madrugada del 24, Franco ya había terminado su show. Se cambió de ropa y se contactó de inmediato con su amante, la bailarina Alondra Sandoval. Alondra también estaba en Los Andes, en otra discoteque, a sólo un par de minutos de la Bross, haciendo un show de stripper. Tenían planeado reunirse y devolverse juntos a Santiago. Franco llamó por celular a Alondra para ponerse de acuerdo.

-Me dijo que me apurara porque tenía un regalo muy especial para mí y quería entregármelo esa misma noche en Santiago -cuenta Alondra.

Diez minutos después sonó nuevamente el celular de Alondra. Era José Luis, uno de los cuatro vedettos que montaban esa noche el show junto a Franco. Con voz entrecortada le dijo que a Caneo acababan de atropellarlo en un accidente terrible. Alondra agarró su bolso y consiguió que alguien la llevara al lugar del accidente. Allí buscó el cuerpo de Franco.

-Quería verlo y convencerme de que no había fallecido. Estaba como loca. Caí en crisis cuando divisé su cara desfigurada. Nunca pude entregarle su regalo. Eso es lo que más me parte el alma -cuenta.

Alondra Sandoval terminó en una ambulancia dopada casi por completo. Sólo al día siguiente se enteró de los detalles de la tragedia. Todo ocurrió de la siguiente forma: minutos después de que ella hablara por última vez con Franco Caneo, éste fue con sus colegas a comprar algo de comer a un servicentro cercano. En el camino se encontraron con un choque: un vehículo se había estrellado contra un poste y el conductor había quedado atrapado entre la chatarra.

Franco paró su auto y convenció a los demás para que fueran a salvar al herido. Cuando estaban en eso, pasó otro auto a más de 180 kilómetros por hora y lo atropelló. Lo arrastró por casi 35 metros. Su cuerpo quedó sumergido en el barro a un costado de la berma. Sus botas de baile quedaron tiradas en medio de la carretera, como única prueba tangible de que alguna vez estuvo vivo. El culpable del atropello, un joven de apellidos Lola Fernández de 23 años, estaba tan ebrio que ni siquiera se percató de que había matado a alguien. Según varios testigos presenciales -minutos después de sucedido todo- llamó por teléfono a su papá y le dijo:

-Papá tuve un accidente pero no pasó nada. El 24 de diciembre, casi a las seis de la mañana, los amigos de Franco Caneo llegaron a la casa Lizett Cevallos, para decirle que su marido estaba muerto. Recién a las cuatro de la tarde de ese mismo día, las autoridades de Los Andes le entregaron a Lizett el cuerpo de Caneo para velarlo en Santiago. Alrededor de esa misma hora, Lola Fernández salió en libertad bajo fianza. Pagó cien mil pesos en la comisaría.

Lizett, esa noche, se la pasó tratando de explicarle a su hijo de cuatro años, que su padre se había ido al cielo en un viaje sin retorno. La carne que dejó descongelando la noche del 23 para la cena de Nochebuena terminó pudriéndose en el horno. Hoy Lizett, a un mes del accidente, espera sentada sola en un consultorio que llegue la hora con su psiquiatra. Con la vista fija en una fotografía de su marido, aún no se convence de que este condenada por siempre a vivir y revivir la Navidad como la fecha más triste de su vida.

-Ni yo ni mi hijo podremos nunca más volver a tener una navidad feliz. Le prometí a Franco que no descansaré hasta que el culpable pague lo que hizo.

VEDETTOS EN LUTO

En los camarines de la discoteque Grammy donde Franco Caneo se disfrazaba cada noche con su traje del hombre araña, antes de salir a desnudarse al escenario, aún se vive su muerte. Lo primero que se ve son varias fotos suyas estampadas con scocht en casi todos los rincones de las paredes de cholguán. Aquí el espacio es tan comprimido que la temperatura sube a 39º incluso en invierno. Los bailarines sudan. Y al parecer estar con ellos y poder observarlos mientras se cambian de ropa y se embetunan con aceite es un premio. Un premio que el local concede sólo a novias y cumpleañeras.

Yo también fui premiada, tengo a varios hombres a sólo un par de centímetros de mí desnudos. Mi presencia no los inhibe ni un ápice. Muy por el contrario varios de ellos me guiñen el ojo. Les encanta exhibirse frente a una mujer. Están acostumbrados. Imaginarse a Franco como uno más, no es difícil. Al igual que ellos se pasaba el día completo hablando de sus bíceps, mirándose al espejo y adorándose. Tal vez es como dice su amigo Alejando Guajardo, que si él no se la creía, las mujeres después lo destruían en el escenario.

-Franco tenía que ser egocéntrico y lo era y mucho. Aquí son las minas las que mandan y si él no se sentía un Dios nadie iba a pescarlo y simplemente no iba a bailar más. Menos mal que siempre lo adoraron y él las adoró- afirma Alejandro.

En la Grammy las féminas andan bravas. Minutos antes de que comience el show, un guardia entra al baño de mujeres a separar a dos que están peleando y mientras está en esto, las demás se amotinan, lo agarran del pelo y comienzan a gritarle: “en pelota, en pelota”. El guardia escapa con suerte ileso. Segundos después una de las amotinadas comenta:

-Si se mete a un baño de minas calientes, no puede esperar otra cosa.

Este era el tipo de público que debía enfrentar noche a noche Franco Caneo. Para agradarlo hacía lo que todos sus compañeros están haciendo ahora frente a mis narices: el truco. El truco consiste en masturbarse pensando en una imagen erótica, llegar a la erección y después amarrarse el miembro con un condón para mantenerlo en ese estado durante todo el baile. El show comúnmente no excede los tres minutos.

Adela Calderón, dentro de los camarines mientras observa a uno que se está haciendo el truco, me comenta que Franco también tenía está práctica. -Se lo hacía para que sus admiradoras no dijeran que andaba con el pico dormido. Eso decía él- Recuerda. Adela sale al escenario y le rinde homenaje a Franco.

-Era idolatrado, amado y deseado por todas. Un aplauso a quien tuvo una sonrisa de niño y un pico de los dioses -vocifera. Las chicas aplauden, acto seguido Adela anuncia al marinero y las chicas gritan aún más.

El marinero baila las canciones que bailaba Franco. Según Adela es como revivirlo. Primero el torero de Chayan, donde se movía rápido por el escenario acercándose a cada niña para que lo tocara como si fuera un adonis. Iba sobretodo donde las más gorditas. Esas eran las que más le gustaban a él. Ahí hundía su cara entre los pechos abultados, luego miraba a Adela y ésta le gritaba: gozador. Después se bajaban las luces, comenzaba a desvestirse y sólo un foco alumbraba su cuerpo.

Quedaba completamente desnudo en medio de los gritos dejándose querer. El tema finalizaba. Se abría otra cortina de música y Franco desnudo corría hacia los camarines cargando su traje del hombre araña en una sola mano. Todas las noches era lo mismo. Franco Caneo repetía este show por lo menos tres veces en una jornada. Después se vestía, salía del camarín con ropa normal y atendía a todas sus admiradoras, que lo esperaban para pedirle autógrafos y sacarle fotos. Él sonreía honrado. Mientras hacía esto, dos mujeres lo miraban con gesto ansioso desde la barra. Una en cada esquina: su señora Lizett Cevallos y su amante, Alondra Sandoval. A ambas se les partía el corazón de tantos celos. A veces casi no podían resistirlo.


HISTORIAS PARALELAS

Lizett siempre quiso que Franco dejara de ser vedetto. Se ponía celosa de la inevitable persecución femenina. Le enfermaba que su marido diera su teléfono y lo llamaran para ofrecerle propuestas sexuales a toda hora, le enfermaba que él respondiera simpático y no colgara porque no se podía dar el lujo de perder una posible clienta para una despedida de soltera o algún evento, le enfermaba que llegara tan tarde y que casi no se pudieran ver, porque él trabajaba de noche y ella de día. Todas esas cosas le molestaban. Le hacía escándalos pero él siempre sabía qué decirle para calmarla. Lizett recuerda que Franco comúnmente le explicaba que por mucho que lo llamaran o buscaran mujeres, él siempre la iba a preferir a ella.

-Me decía, no te preocupes, yo me puedo subir a un escenario y pueden gritar trescientas mujeres por mí, pero yo estoy contigo y eso nadie te lo puede quitar.

Lizett Cevallos se enamoró de Franco Caneo al primer golpe de vista, cuando lo vio de pecho descubierto, hotpants y humita, atendiendo clientas en el café con piernas Only Women. Lizett tenía 17 y ese día para agradarle le inventó que cumplía diecinueve, Franco galán, al saber que ella estaba de cumpleaños, de inmediato llamó a todos sus compañeros y les pidió que prendieran sus encendedores y le cantaran. Lizett quedó simplemente loca por él.

-Nunca imaginé que un hombre tan bonito se fijaría en una niñita como yo -recuerda. A los tres meses se pusieron a pololear, a los dos años se fueron a vivir juntos y después tuvieron a su hijo Fabrizio.

En esa misma época Caneo conoció a Alondra Sandoval. La divisó en un show de stripper vestida de odalisca. La vio bailar y desnudarse frente a cientos de hombres, le gustó su toque sensual y esa misma noche la invitó a salir. Alondra al igual que Lizett cayó rendida ante su “caballerosidad”.

-Nunca pensé que un hombre tan decente como él se pudiera fijar en una mujer como yo, que se desnudaba frente a otros hombres- cuenta. Aunque Alondra siempre supo que Franco era casado, para ella que había sufrido una seguidilla de malas relaciones, igual fue algo así como su “salvación”.

-Me hizo volver a creer en los hombres. Fue el único que me trató como una dama, no como una cualquiera -dice.

Franco sostuvo sus dos relaciones por cuatro años sin ningún problema. Mientras que con Lizett compartía su vida familiar, los asados con amigos y algunas noches en la Grammy. Con Alondra, que era stripper como él, tenía en común su otro mundo. Las tardes en el gimnasio cultivando su cuerpo, las noches de baile y las actuaciones fuera de Santiago, donde muchas veces, al igual que el día de su atropello, fueron juntos.

Alondra hace una pausa, suspira cansada y después con la mirada triste agrega:

-Las últimas veces que nos vimos me prometió que nunca me dejaría sola, y nunca lo ha hecho, todavía está conmigo. Sé que me acompaña desde el cielo. Lizett Cevallos se enteró en el funeral de su marido de la existencia de Alondra Sandoval. La vio llorando desolada, preguntó por ella y ahí le dijeron que había sido amante de Franco. Lizett no hizo nada, prefirió guardar silencio y vivió su luto recordando los mejores momentos que pasó con él.

-Ahora ya no vale la pena que me entristezca por sus errores del pasado- dice. Al igual que Alondra, Lizett piensa que Caneo fue “el amor de su vida” y aún no puede lidiar con la idea de su muerte. A veces para justificar sus domingos vacíos se dice a sí misma que Franco anda de viaje haciendo sus shows de vedetto y que regresará en cualquier minuto con su traje del hombre araña y sus anécdotas nocturnas.

-Nunca existirá un hombre araña tan hermoso como él. Sentencia con los ojos vidriosos sin aún lograr conformarse.

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