NO y la forma sentimental de la mercancía


Si el resultado de una buena película se basa en el cuidado y equilibrio de sus aspectos artísticos, técnicos y comerciales cobijados por el beneplácito del individuo, dispuesto para el publico y—muchas veces— premeditado para el consumidor, la asociación de la película NO —y su estreno en el Festival de Cannes— no pudo ser mejor ecuación para pavimentar un ascendente protagonismo en el circuito internacional y, sin lugar a duda, un plausible y destacado lugar en la historia de la cinematografía local.

La ciudad algo más que balneario situada al sur de Francia, famosa por el festival que lleva su nombre, es un espectáculo que —como pocos— triunfa al concebir, programar y proyectar una extraordinaria maquinaria de representación simbólica, un aparato cinematográfico “di per sé ” dirigido indistintamente tanto a las elites artísticas e industriales como a distinguidos directores, productores, actores, distribuidores, y publico general y especializado.

Indisoluble el todo, al igual que NO “la película”, conforman un meticuloso y triunfante producto de consumo, ecosistema de sí mismo, modelo de negocio “360” —como dirían los chicos de Chicago.

Recordemos que el prestigioso festival francés nace como respuesta política a la “mostra” internacional del Cine de Venecia, con el objetivo de contrarrestar la injerencia del gobierno fascista Italiano que, junto con los nazis alemanes, afirmaba su propaganda ideología en la selección , programación y promoción de sus películas en ese encuentro.

La transición a la democracia en Chile nace —de igual modo— como respuesta política al modelo fascista impuesto, con una diferencia: mientras la primera versión de Cannes (presidida por el mismísimo Lumière ) duraría solo un par de días —pues Alemania invade Polonia y encuentra la respuesta franco-británica que le declara guerra al III Reich en la ante sala de la segunda matanza mundial—, en Chile “la función debe continuar” y ni la tortura ni la sangre derramada y desaparecida detiene la conformación de una clase transpolítica que afirma su propaganda ideológica, refuta cuestionar su ética y procura coludirse para suministrar, vender y proveer “bebidas free” con la misma “libertad” alcanzada por el modelo donde ya no presiden Estados sino empresas y directorios.

El plebiscito es el titulo y sujeto artístico de una original obra teatral de Antonio Skármeta en el cual se inspira Pedro Peirano para crear un calibrado guión, ambos escritores de reconocido talento para dimensionar obras sostenidas en “la forma sentimental de la mercancía”, como diría Baudelaire.

Y es desde allí que los hermanos Larraín logran articular un discurso audiovisual que recoge, contiene y traduce la realidad contemporánea de Chile ( y el actual descontento social de temperatura mundial) en una apropiación de la realidad en que conviven presente y pasado —muy notable el uso de material de archivo—con un correlato que instala al espectador frente a una dictadura de imágenes, esa dictadura irónica de la realidad televisual y la libertad del mercado en que se mueve talentosamente esta gran pieza publicitaria que fue la franja del “No”, que es hoy NO la Película.

Inteligentemente incuestionable, engendro productor de ilusión, el filme devuelve a una industria obesa de “filmadores de películas” y promotores de banalidad y fetichismo , esa esperanza del mensaje como representación del mamífero humano, ese deseo de ilusión, que felizmente sobrevive en el séptimo arte .

Niveladas actuaciones, música pertinente, distribución mundial que le hace bien a Chile, virtuosa estética Umatic que transporta a una experiencia cautivante, logran catapultar si no como la mejor, como una de las producciones de mayor jerarquía de la presente cinematografía chilena.

Mientras aplaudimos en Chile y con alegría esperamos un próximo premio internacional que ya viene, nos seguiremos preguntando ¿dónde están?

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