Llegué a Atenas pasada las 4 de la tarde, cansado luego de un vuelo de doce horas con conexión en Bruselas. Había dejado por un par de semanas Montreal, la ciudad donde vivo hace poco más de un año, su verano húmedo, su ritmo lento y silencioso, la puntualidad de sus buses, los festivales de jazz y la contienda pre-electoral. Me registré en policía internacional en Bélgica, por lo que mi paso por el aeropuerto “Eleftherios Venizelos”, en Atenas, fue como quién sale libremente de un vagón para entrar a otro. Una vez en el tren que conecta el aeropuerto con la capital helénica, el viaje se hizo un largo paseo que mezclaba plantaciones de olivos, suburbios calurosos, muros grafiteados y zonas industriales hasta llegar al corazón desde donde, acudiendo al viejo cliché, nació nuestra cultura occidental.

Fuera del ruido de motocicletas, del olor a orín, de sus calles que parecen ríos torrentosos de multitudes que avanzan en distintas direcciones, de su calor abrasador, del intenso olor a incienso que se escapa de añosas capillas bizantinas regadas por doquier, de su arquitectura marmórea hace miles de años levantada, miles de veces desmantelada y otras tantas vuelta a levantar, Atenas me pareció una ciudad más que improvisada una vieja sobreviviente de siglos de expoliación. A la luminosidad de la ciudad-estado que fue hasta la conquista romana, le sucedieron la decadencia del Imperio Bizantino, la conquista del Imperio Otomano en 1456, un ataque veneciano en 1687 que de paso significó una explosión que arruinó considerablemente el Partenón, la derrota militar frente a Turquía en 1922, y la ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial; y sin embargo, la vieja ciudadela que algún día soñó Pericles como la más bella de las creaciones del intelecto humano está ahí. La sed de vida siempre supera toda tragedia.

Ya en el centro de la ciudad, la estación Syntagma que conecta las líneas amarillas, roja y azul, me pareció sorprendente comenzando por su nombre, así que sin dudarlo me acerqué a un letrero que la avisaba y le tomé una fotografía. Fue ahí donde Stelios, mi amigo y guía griego, me preguntó en inglés: “— ¿Sabes lo que significa syntagma en griego?” Me tomé un tiempo en responder, busqué en lo más profundo del morral de la etimología algún puñado de prefijos que me permitieran articular una respuesta coherente en torno a lo que ya sabía: «recibe por nombre sintagma un grupo o conjunto de palabras que da forma a una oración y que están vinculadas entre sí mediante relaciones sintácticas y semánticas». Dada la pirueta demasiado rebuscada que hice en mi cabeza, concluí que era absolutamente imposible que la estación hubiera sido bautizada así en homenaje a Ferdinand de Saussure. Con el tiempo he llegado a la conclusión que a toda explicación compleja la precede una pregunta malentendida, así que tras una pausa que intentaba en vano disimular mi ignorancia, resignado respondí: “No tengo ni idea ¿qué significa?” Mi amigo, en un gesto mucho menos pretensioso respondió con toda serenidad: “syntagma significa constitución, precisamente porque acá se encuentra el parlamento.”

Mi cabeza dio vueltas, como si estructuras de cientos de años destronaran mis certezas levantando polvo de mármol que me acorraló hasta la emoción. Fuera en griego o en español sintagma no sólo aludía al prodigio de agrupar ideas, otorgarle un cierto orden y transformarlo en palabras, sino que además, de este ordenamiento a la escritura de una carta magna sólo hay enlaces y secuencias de conceptos en espiral. En ese momento vi a cada individuo como si fuera una palabra, un sintagma. Como si cada hombre, mujer y niño encarnaran cadenas de mensajes, desplazándose aparentemente inalienables, cortando eslabones para volver a reagruparse en distinto orden pero bajo una misma regla. Comprendí, ante los ojos oscuros y silenciosos de mi amigo, que a pesar de su historia convulsa y sus ciudades repletas de engañosos pasadizos, la Grecia moderna aún destilaba la esencia de verdades simples encerradas en su lengua pletórica de pasado.

Sin haber salido completamente del marasmo que producen las verdades a quemarropa, le pregunté a mi amigo cuál era el significado del nombre de la siguiente estación sobre la línea roja: “Panepistimio”, que al descifrarlo con mis escasas herramientas de prefijos y sufijos griegos reconocí “pan” y “episteme”, algo así como “todo el conocimiento”. “¡ah! (respondió mi amigo) Panepistimio significa universidad, es que a pocos metros se halla la Academia de Atenas.” Hablar es lo que se me da mejor, y sin embargo todo vocablo fue estropeado.

Delante de la Academia de Atenas se encuentra la escultura de Atenea, erguida sobre una columna de mármol frente a otra de Apolo antecediendo a un edificio neoclásico que gozaba del fuero veraniego del descontento estudiantil, que ha hecho de sus muros un libelo acusatorio de la aflicción social. “El primer ministro es una marioneta del FMI”; “La vida dentro del euro es una sentencia a muerte”; “¡no votes!”. Imprecaciones en griego que expresaban la desesperanza ante un futuro incierto previo a las elecciones ocurridas en Junio pasado. A pesar de ser un hombre de arte y humanidades no guardo una especial aprehensión a las obras o las ruinas del pasado. Cosas son cosas, me lo han enseñado los años de permanente mudanza. Lo que me captura al ver monumentos rayados es sentir que hubo alguien que no tuvo o no vio otra vía para expresar su descontento. Todo patrimonio que se destruye por la turbulencia de la masa o por la tiranía de un poder invasivo va dejando una estela de incertidumbre.

Me recordó los muros rayados de la casa central de la Universidad de Chile, la estatua de Andrés Bello encapuchada como paradigma mudo de los movimientos estudiantiles. El cartel de dimensiones colosales extendido de lado a lado reclamando “educación pública, gratuita y de calidad”. Recordé los grafitis atentando contra la impavidez de los muros en el centro de Santiago, reflejo de años de impotencia generados por la cruda estratificación de clase que caracteriza a mi país. Recordé la efervescencia social, su calles donde el aire suele estar mezclado con gases lacrimógenos, haciendo de las “puras brisas” mencionadas por Eusebio Lillo en el himno nacional una paradoja socarrona. Concluí que en eso Atenas y Santiago se parecían más allá de sus diferencias formales establecidas por la distancia y los años. Ambas configuran un palimpsesto de posturas ideológicas, de sueños de futuro estropeados, de tiempos de bonanza y también de vergüenza. Como diría Paul Valéry sobre las ciudades: su distribución doméstica da cuenta de su realidad sensorial. Y tal como los mármoles blancos del Partenón, destruidos tras el ataque de los venecianos en 1687, la Moneda, uno de los palacios más armónicos de estilo neoclásico italiano en América, hace 39 años atrás fue severamente castigada gracias al dictamen irrevocable de Nixon y sus aviones. Años después, la pulsión progresista del gobierno de Lagos se encargaría de revestir las últimas cicatrices de balas que muchos nunca vimos, y finalmente, como ama de casa histérica que remueve los rastros de una fiesta adolescente, la administración de Piñera se encargó de retirar obras como las del artista Ricardo Meza para colocar en esos rincones “disponibles” estandartes presidenciales, a la manera de quién coloca un jarrón comprado en el último viaje a China.

Solía decir a mis alumnos que el tiempo presente es un laberinto repleto de pasillos y puertas que conducen al pasado, su reverberación es variable y depende muchas veces de la atención que se preste a cada esquina, cada muro, cada vestigio para reconstruir una arqueología de nuestros días. Hoy, cuando incluso el Museo de la Memoria ha sido tristemente amenazado por la compulsión desinfectante de las burocracias neoliberales, diera la impresión que poco o nada estamos queriendo comprender de lo que los eventos más destacados en el tiempo nos quieren decir, y sobre los cuales reposan valores que superan los limites de todo nacionalismo. Los pasajes por donde circula la memoria si bien están armados con materiales extraídos de experiencias individuales, llevan la amalgama de la experiencia social. El momento de la decisión se revela cuando más allá de la empatía o distancia con los hechos del pasado optamos por la transparente, humana y necesaria compasión por el hecho de ser humanos.

En medio de estas profundas reflexiones visité el puerto de Heraclio en Creta. Sin duda que lo que me llevó hasta ahí fue ese mismo amor por la memoria y los deseos de pisar la tierra de Nikos Kazantzakis, un autor que me perturbó la primera vez que lo leí a los dieciséis años. Recordé la novela “Vida y Aventuras de Alexis Zorbas” que en la adaptación al cine de 1964 fue interpretado por Allan Bates y bautizada simplemente como “Zorba el griego” y que hizo tan popular a Antony Quinn en su interpretación del viejo cretense que bailaba el ritmo contagioso de Mikis Theodorakis. Finalmente recordé a mi padre, un hombre de campo de la sexta región que solía contarnos cuando niños que la única vez que pisó una sala de un cine fue para ver aquella película, pocos años antes que cayera la noche oscura sobre Chile. Un día en Heraclio me dirigí al sur del casco histórico, subí una de las torres de la antigua muralla donde se observa la mejor vista hacia el puerto y el mar Egeo, lugar donde se hayan los restos del escritor luego de que la Iglesia Ortodoxa Griega se negara a darle sepultura en un cementerio. Confinado al jardín más hermoso, donde la brisa corre fresca, su epitafio en griego resulta una minuciosa y delicada bofetada a la existencia: “No espero nada. No temo nada. Soy libre”. Acunado por el apacible éter que suelen emanar las tumbas solitarias, repasé mi precario glosario de palabras aprendidas en griego, “sintagma”, constitución; “panepistimio”, universidad; y quizá la más importante: “mnimi”, memoria.