Lo siento, pero a pesar de lo sabroso de la polémica por el papiro de la esposa de Jesús, éste no aporta mucho al tema, y resulta más razonable quedarse con la versión oficial. Lo más probable es que el texto, al igual que otros del mismo movimiento y época –pensemos que es original- más bien se refiera a la Iglesia, a la que desde el siglo I se llamaba “esposa” de Jesús. ¿Desilusionante? Abundan los testimonios en esta dirección.

En caso de que no fuera una metáfora, el texto serviría para una apología del matrimonio en las comunidades greco-cristianas, frente a tendencias extremistas que consideraban un error la vida humana tal como la conocemos, y proponían como solución simplemente dejar de procrear. Interesante para historia de la Iglesia, pero muy lejano a la situación de Jesús.

Vamos al punto: Jesús fue parte de los movimientos de predicadores itinerantes que abundaron por esos años. Estos hombres, como respuesta al contexto socio-político-religioso, optaban por vivir al margen de la estructura social de la época. Abandonaban sus familias, con sus seguridades y responsabilidades, todo. Vivían caminando de pueblo en pueblo, pasando peligros entre ladrones y asesinos, durmiendo generalmente en los márgenes de las ciudades, y compartiendo allí con todo tipo de marginados y desheredados. Hombres libres al fin y al cabo, porque el que nada tiene nada teme. Admirados y despreciados, eran tenidos por profetas o por locos endemoniados. Muchos tuvieron habilidades como curanderos y esa hermosa capacidad de ponerle palabras a lo que todos tenemos en el corazón; entonces atraían a la gente. Algunos provocaron serias revueltas con sus críticas al sistema y a las autoridades de todo tipo. No pocos, como Jesús, terminaron siendo juzgados como sediciosos, y varios lo fueron.

¿Y la familia? Son muchos los textos que hablan del tema en los evangelios como para ocultar esta faceta de Jesús: “Todo aquel que deja padre, madre, esposa, hijos o tierras por mi nombre…”. En la estructura social judía no se podía criticar el orden establecido sin poner en jaque la estructura familiar en la que se sustentaba. Y Jesús lo hizo.

Las fuentes más cercanas hablan de la madre y los hermanos de Jesús, y parece ser que la relación era bastante conflictiva –lo llaman loco y el reniega de ellos en público. Tu sangre era tu arraigo en el pueblo elegido. Sin ella no eras nadie –literalmente- y la postura de Jesús frente a su madre y sus hermanos fue escandalosa. Si los evangelistas no tienen problema en mostrar a Jesús renegando de ellos para dedicarse a “la voluntad del padre”, también podrían haberlo mostrado renegando de mujer e hijos, de haber sido así la historia. Pero no hay nada. Pura elucubración.

Por otro lado, de las muchas mujeres que acompañaban a Jesús en sus andanzas, no se dice nada respecto a que alguna haya tenido una relación especial con él. Nos gusta pensarlo, pero eso ya es solamente parte de nuestra imaginación. Sí hay historias de la vida sexual, incluso extramarital, de otras figuras judías importantes. Pero en el caso de Jesús los testimonios apuntan más bien al celibato, tema que no resulta muy grato para sus contemporáneos, pero que calza con su carácter marginal. Más digno habría sido presentar al Mesías como un judío de tomo y lomo, y la descendencia es fundamental. Un hombre que muere joven –y de tal manera-, sin tierra, sin casa, sin esposa, y especialmente sin hijos, es un don nadie.

Lo hermoso de la polémica hoy es constatar que, por más que la Iglesia Católica pase por una de las más graves crisis de su historia, la figura de Jesús sigue tan vigente como siempre, incluso al margen o a pesar de las iglesias: lo admiramos, lo invocamos y le colgamos todos nuestros valores más preciados. Si la sexualidad es un valor, entonces Jesús ha de haber tenido vida sexual, porque Jesús es lo máximo. ¡Nos cuesta imaginarlo pacato!
Pero el “pacato” es un producto cultural moderno, no de su época.

En vez de colgarle todo lo que nos parece digno de aprecio, vale la pena tratar de ir por el personaje histórico, apasionarse por su libertad y mandar también a la cresta lo que haya que mandar a la cresta, como él lo hizo. Con su marginalidad y libertad, Jesús de Nazaret nos atrae, desafiando a los escépticos, a los acomodados, a los tibios y a los que transamos un poquito con las esperanzas y valores… pero sabemos que en el fondo tenemos su misma libertad palpitando adentro.

Nos hace falta una Iglesia así, cuestionándonos desde la marginalidad profética e hiriente, como la tuvimos hace no tan poco, con miles de cristianos asesinados en Latinoamérica por llevar la esperanza en las manos y no sólo en el credo. Muchos quisiéramos que a la religión le pasara lo mismo que le está pasando a la política: que miles de jóvenes se la tomaran y amenazaran con desalojarnos a todos (eso hizo Jesús en el templo), para ser libres y marginales, y para hablarnos al corazón, como él.