Fotos: Alejandro Olivares

Acaba de publicar una gran novela y un volumen de cuentos sorpresivos, sus libros empiezan a ganar lectores en Argentina, México y España, aunque también divide aguas, al punto de ser omitido olímpicamente por Camilo Marks en su antología de los mejores cuentos chilenos del siglo XXI. Aquí la voz de quien, más que escritor, se dice “informador de actos fallidos”. En La batalla de Placilla (Ed. Hueders) se lee que en Chile “todo se habría desplazado a la razón emprendedora”. Esta idea me parece que es la madre del cordero, o de todas las batallas, en la crítica que se lleva a cabo en tus libros.

-La razón emprendedora es, en la lectura más elemental, el formato neoliberal aplicado a la cosa simbólica. Hoy día incluso los escritores son emprendedores. Un escritor es alguien que desarrolla proyectos que van a producir algún efecto en la economía real. Siempre la razón política impone jergas, y acá el liberalismo trajo la de la razón emprendedora.

¿En los 90, ahora con Piñera?
-En los 90, y continúa. Ya es parte del sentido común. Piñera es un emprendimiento. Es parte de su carrera empresarial tomar el gobierno. El concepto de “emprendimiento” está desatado. Y los socialistas asumen con mucha dulzura todo esto. La razón emprendedora viene a ser la traducción de lo que alguna vez tendría que haber sido la cultura emancipadora.

¿Por qué la “traducción”?
-Más bien, todo lo que no fue cultura emancipadora hoy es cultura emprendedora. Esto también tiene sus bemoles, porque la cosa no es dicotómica, aunque lo es, pero no lo quiero ver dicotómicamente, como el demonio, porque también la razón emancipadora era bastante perversa, en el sentido de que era uniformadora. Son ciertas uniformidades que se imponen al registro retórico de cierta época.

RAZÓN PATRONAL

Los historiadores son vilipendiados en La batalla de Placilla. La novela insiste en la incapacidad de la historiografía para dar cuenta de los olores de las guerras. Y se lee: “Los historiadores, al igual que los poetas, huelen irremediablemente a mierda”.

-Conozco poco el trabajo de los historiadores así es que desde el punto de vista del verosímil eso debe ser una injusticia contra ellos, pero justo ahora estoy leyendo un libro de Manuel Vicuña sobre Benjamín Vicuña Mackenna (Un juez en los infiernos), y me parece fascinante la voluntad de Vicuña Mackenna de hacer historia, de construir un relato histórico a la altura de las necesidades de la república. La república tiene una necesidad de escribirse de cierta manera. Eso implica rigores documentales y rigores intelectuales. Y yo creo que en esta modernidad todos esos rigores, los “deber ser” profesionales de los operadores discursivos –el poeta teóricamente es un operador discursivo, el historiador igual–, redundan en una no libertad, una no autonomía o una no independencia, o sea en la necesidad de adscribir a un cierto canon, a una cierta regla, a un cierto sistema regulatorio. En el fondo, creo que la tesis del libro tiene que ver con que los historiadores –y lo dice el mismo Vicuña– son historiadores del sistema familiar. En Chile el orden del discurso o el orden político está determinado por el orden de las familias. Y yo diría que hoy más que nunca.

¿Tanto?
-Bueno, ahora han surgido los historiadores de la clase media y los del pueblo, pero son en el fondo distintos rendimientos que tiene la academia. La academia inventa ese tipo de cosas. Esas historias siempre están bajo la regencia del discurso patronal, del historiador patrón, de las familias vinosas.

RAZÓN MINORITARIA

Titular un libro con el nombre del hecho histórico al que se refiere es una usanza más propia de la historiografía que de la literatura, lo que en el caso de La batalla de Placilla ha propiciado cierta confusión o falsa expectativa. Porque este nuevo libro de Mellado no es “la” historia ni tampoco “una” historia de la batalla en la que cayó Balmaceda, sino la reconstrucción precaria y distanciada que de ella hace Cancino, un profesor amargo de Valparaíso que empieza a investigarla, con desgano, para justificar su pega en una universidad local. Instado por Magda, una proactiva amiga agudamente perfilada por el narrador, Cancino se asocia con un modelista militar, con la comunidad de Placilla y con un joven computín. Y desde ese presente amargo pero lúcido se dan los acercamientos al episodio histórico del fines del siglo XIX. Mellado toma la figura del pintor Juan Francisco González para construir un relato conjetural acerca de su paseo por el campo de batalla al día siguiente de la masacre: González no habría incorporado lo visto a su trabajo pictórico.

¿Qué hay detrás de esa especulación?
-Torpeza. Lo que pasa es que yo hago informes, y este es un informe mal hecho. Lo concreto es que González no trabaja sobre ese material; no se tiene noticia de si bosquejó o pintó la batalla, a pesar de los falsificadores.

¿Qué falsificadores?
-Alguien me comentó que en Valparaíso funcionaba una famosa empresa falsificadora de pintura chilena. Valparaíso es un lugar clave de falsificación de pintura, una zona de falsificadores. Y está lleno de modelistas militares. Es parte de la rutina.

Estuviste hartos años escribiendo La batalla.
-Varios. Entre medio la dejé, hice otras cosas, pero fueron como 5 o 6 años.

La recepción crítica ha sido dispar.
-Yo no sé cómo sea el producto novelesco, y la parte documental es secundaria. Pero siendo una novela, hay un giro porque tiende a coquetear con otro género. Y renuncia a hablar de San Antonio, que era el eje de mis anteriores novelas. Es entonces un registro nuevo, hay que ver cómo funciona.

Patricia Espinosa la puso como “ejemplo de decadencia literaria” y escribió que “el sentido satírico se ve sobrepasado por el peso del registro discriminador”. Ella misma años atrás había celebrado ese registro diciendo: “Me interesa la escritura de Mellado (…) porque sus textos destilan rabia y no duda en apalear a sus personajes”. ¿Qué crees que cambió? O más específicamente, ¿qué piensas de la impugnación de discriminación?
-En general Chile es un país vaticano, un país de Karadima todavía. Las críticas son vaticanas, para no decir canónicas. Hay ciertos vaticanismos, ya sean de derecha o de derecha. O de derecha de izquierda.

¿En qué sentido vaticanas?
-Adscriben a cierta academia o sistemas académicos o modelos ideológicos sesgados. Yo creo que está bien esa crítica. Es solo que yo no me dedico a la literatura en esos términos, yo hago informes malos.

¿Qué significa eso?
-Que yo no me dedico a hacer novelas astutas, inteligentes. Yo trato de sobrevivir a un cierto registro de lo escribible y de lo hablable para poder ocupar un lugar discursivo. Sino estaría en Santiago haciendo lo que hay que hacer.

¿Que es qué?
-Tratando de hacer clases, perfilándome, escribiendo guiones. Siendo astuto. En Chile, muchos de estos críticos están preocupados de hacer listas negras.

¿Cómo?
-La lista negra del ajuste de cuentas. La de los que van o no van a Guadalajara, la de los que son esto y no son lo otro. Uno puede aparecer de repente como homofóbico… Yo soy fóbico, por lo tanto desprecio a los que se aprovechan de ciertas minoritariedades. Siempre he sospechado de lo políticamente correcto. Entonces no voy a adscribir a una minoría porque sí. Sobre todo porque vivo en una zona donde lo minoritario es clientelista. Ya sea de un hospital, de la municipalidad. No creo en lo minoritario. Y los minoritarios no creen en mí.

Dice Cancino en la novela: “Mejor si es homofóbico porque no hay nada más facho que la movidas minoritarias”.
-Sí.

Me recordó la idea de Barthes de que el verdadero fascismo no consiste en obligar a callar sino en obligar a decir.
-Exactamente. Los minoritarios siempre te enrostran para que tú te abras de piernas. Pasa con cierto mapuchismo anarquistoide, con el feminismo fascista, con el machismo de los compadritos, con el fascismo popular y con el fascismo homosexual, fascismos todos de los cuales uno siempre ha estado arrancando. No quiero tener que decir lo que hay que decir: Oye, estoy de acuerdo con la diversidad. Yo he vivido siempre en la diversidad porque la práctica lo impone. En San Antonio siempre ha habido respeto por la diversidad, pero son prácticas endémicas y no un discurso cuico de escritor. Es como cuando para la guerra con Argentina todos tenían que estar con la posición nacional. Eso es Chile. Pienso que Santiago es Chile, y eso es terrible. Son críticas de santiaguinos.

¿A qué te refieres?
-Los santiaguinos viven una ficción de territorio que no es tal, y eso implica ciertas prácticas académico-teóricas. Es la santiaguinización de la cultura chilensis.

No te capto bien.
-Cuando la Generación del 50 destruye toda la literatura chilena para atrás hace un gesto súper interesante que tiene que ver con la academia.

¿Cuál gesto?
-En el fondo la literatura pasa a ser un fenómeno santiaguino, a pesar de que la producción fundamental de los Coloane o los Manuel Rojas o lo De Rokha está descentrada. No hablemos en términos territoriales referenciales, sino de una literatura que viajaba, que daba cuenta de un sujeto emancipado, de un sujeto fuera del orden. Hasta que se impone este orden de clase, de las oligarquías, y acá lo asumen perfectamente. Y la crítica es hija de eso, la crítica no viaja, es sentada, es metropolitana. Y yo lo entiendo. A mí no me ha ido mal con la crítica, pero siento que hay juicios vaticanos brutales. Y de repente hay juicio moral, eso me parece increíble. Está cambiando el régimen de lo cultural. Volvió el juicio moral.

¿Adónde?
-Al discurso emancipatorio chilenesis. A la crítica. Se desestructuralizó, ya no son tan semiólogos los críticos. Raro. Ya no son tan materialistas. Yo soy marxista, en un sentido muy concreto.

¿Cuál?
-Trato de ser profundamente materialista, o sea, no me guío por los efectos de contenido. Y me parece que aquí hay crítica contenidista. No soy marxista en un sentido charcha o ideológico, sino simplemente en el mismo sentido en que trato de ser freudiano o nietzscheano, de la escuela de la sospecha. Trato de ver cómo está el registro de lo latente. Y tener sospechas sobre lo manifiesto. En ese sentido soy profundamente marxista, mientras estas críticas son vaticanas porque son de sacerdote que debajo de su sotana esconde un trozo de poder importante para introducir en algún hueco que es necesario que él llene.

¿A quién te estás refiriendo?
-No es personal este debate, tiene que ver con un tema de registro. De repente la crítica se desvanece, es poco barthesiana, por nombrar un canon al que yo sí adhiero, el canon barthesiano de respetar cierta textualidad. Pero bueno. Todos trabajamos para la derecha en Chile, todos trabajamos para Karadima o todos fuimos víctimas de él. De repente también hay sesgo político, creo que la razón concertacionista está inscrita acá. La Concertación debe ser destruida porque la derecha ya existe, ¿para qué existe entonces la Concertación?

EL ECONOMISTA ENAMORADO

¿Qué te pareció la columna de Sebastián Edwards contra la crítica y/o defendiendo la última novelight de Carla Guelfenbein?
-Esta polémica se echaba de menos. Es buena para la economía sicológica de la crítica y de la cultura. Tácticamente uno está con la Patricia Espinosa, a pesar de sus errores estratégicos. Obvio que el resentimiento, el odio y el desprecio (la ideología en sentido althusseriano) son claves. Es decir, la lucha de clases, dimensión que en Chile adquiere una dinámica casi étnica o al menos de discriminación por apellidos, vehicula gran parte de nuestra energía creadora, patologizándola. Es fascinante el tono calmo, totémico y distante del economista enamorado que hace crítica de la crítica. Se pone en un lugar de ingenua superioridad que lo convierte en un personaje despreciablemente encantador para nosotros los fracasados y mediocres. Su actitud es, quizás, la que nos convierte en encapuchados. Él, más que apelar a un canon, se postula como un Conan salvífico que rescata a su objeto deseoso no para poseerlo, sino para exhibir su musculatura. Pan comido para la histeria espinosiana (ojo, no digo histeria en términos peyorativos, sino como un instrumento fundamental de la crítica, de esa que desmonta y deconstruye objetos, ojalá patriarcales). Esta es una buena polémica que tiene que seguir.

No podemos dejar de contar con ella.
Una cosa es la crítica y otra eso que tú en alguna parte has llamado el desprecio por omisión o la omisión por desprecio. Estoy pensando en el libro

Los mejores cuentos chilenos del siglo XXI que acaba de publicar Camilo Marks, donde ostentosamente no te incluye. ¿Cómo te cae eso?
-Me viene súper bien, o sea, yo me levanto en Chile y me preparo para la humillación que viene: soy profesor. Estoy acostumbrado al desprecio y la humillación sistémica e institucional, y él representa ese vaticanismo. Incluso más, si me hubiera pedido un cuento me habría cagado. Su sistema es blando, blando, blando. Su comparecencia como comentador del campo libresco local es muy blandengue. Tiene fórmulas de juicios de valor muy poco interesantes. No lo considero un tipo válido, sino elemental. Sus criterios no los comparto, pero lo entiendo perfectamente.

¿Qué?
-Que él haga ese gesto de desprecio por omisión: “Tú no existes en mi registro”. Aunque yo ya me acostumbré en Chile, la omisión es violenta, es muy brutal, de ahí el “Ódiame por piedad / yo te lo pido”. Pero es muy chileno, es la vieja de UTP, es la directora del liceo. A mí me han echado de liceos. Del de Cartagena, por ejemplo, probablemente porque uno ha escrito lo que no hay que escribir o simplemente porque uno no hace lo que hay que hacer, por desprecio profundo nomás. Hay que ser correcto.

RAZÓN MADERERA

Acabas de publicar también un libro de cuentos, República maderera, del que sobresale el relato que le da título al libro, que está situado en el Chiloé de fines del siglo XIX y que, como bien indica el contratapista, puede leerse como un western protagonizado por piratas chilotes, colonos y enviados ministeriales.

-Ese cuento se me armó a partir de residuos de información de La batalla. De pronto, el personaje, un poco como Vicuña Mackenna, hace república él mismo, su cuerpo hace república. Él se mete en un lugar donde no está la república. En Chile ha sido muy difícil hacer que esté la república en ciertos lugares limítrofes. Nosotros no tenemos políticas de frontera, como la tienen en Argentina por ejemplo, para instalar mundo ahí.

¿Y Punta Arenas?
-Pero Punta Arenas se hizo, ellos son autónomos, no porque el estado chileno así lo haya querido, sino a contrapelo. El estado chileno quiso este año reducir a Punta Arenas y cobrarle duro. Se acabó la fiesta aquí. Cagárselo, destruirlo. Tienen que pagarnos los huevones. Pero con el frío que hace allá tienes que tener subvención al gas. En el fondo, ese cuento es una alegoría, trata de la posibilidad de una república maderera a propósito de nuestros delirios territoriales con el Óscar Barrientos en Punta Arenas. Existió un mundo de grandes madereras en Chiloé. Y yo invento este cuento porque hay muchos episodios ocultos en la historia de Chile.

Está claro.
-El último levantamiento indígena ocurrió en Chiloé y lo hizo el cacique Huenteo el año 48. El pirata Ñancupel -que aparece en el cuento- existió, fue un chilote que fue fusilado en la escuela de Ancud en 1911. Hacía piratería de orilla. No era tan difícil pillarlo, pero era un huevón re malo. Son temas que están y que tienen que ver con la no instalación del discurso republicano en esas zonas. Además, ese cuento es un poco un homenaje a Coloane.

A quien en la dedicatoria dices haber conocido allá en 1985.
-Sí, en la fiesta de matrimonio del Gaga Durán, en el Canal de Chacao, uno de los matrimonios más hermosos a los que he ido en mi vida. Ahí estaba Coloane.

¿Qué tal él?
-Entretenido. Hablamos de Zurita, que le encantaba, lo apreciaba ya en esos años. El viejo tenía una preocupación por todo, estaba muy bien, muy lúcido. Tiene cosas muy buenas.

Y otras no tanto.
-Claro, pero trazó el tema de la aventura, del navegante. Era uno de esos tipos que dan cuenta de la impronta territorial.

ZALO REYES

En este libro hay un par de cuentos con la figura, no ya del escritor, sino del individuo en fuga, de aquel que abandona todo, como el jardinero autónomo o el hombre de los cánidos, que dejan el mundo y se pierden (en su propio huerto, en los cerros).
-Yo hubiera querido ser una especie de sujeto emancipado y vivir de la agricultura. Pero fracasé, por eso me dediqué a la cosa libresca, a dar cuenta del acto fallido. Evacuar informes sobre actos fallidos, eso en la práctica es lo que hago. Me interesa ser una especie de escritor en movimiento más que un escritor de ciudad instalado en el barrio Bellas Artes.

Insistes en eso. ¿Qué es un escritor de a de veras y por qué tú no lo serías?
-Es el que está regido por la razón académica, la razón editorial y el esnobismo. Son sus tres razones fundamentales. Hoy día un escritor se hace en alianza con cierta razón académica que lo fundamente. Antiguamente no era tan claro, pero hoy tienes que adscribir a algunos de esos mundos o trabajar en ellos. Y la razón editorial es lo mismo. Así opera el escritor de a de veras, escribe bien, es políticamente correcto, se la juega en esos términos.

Oferta para una demanda.
-Hace lo que hay que hacer, ya sea en el registro Isabel Allende o en el registro Simonetti o el registro Paul Auster, en el registro que hay que registrar. O en el registro de la ruptura, que también está instalado.

¿Y tú no estás en ese registro?
-Quizás, pero yo efectivamente me siento no escritor. En San Antonio la gente común me dice profe. Y claro, nadie me va a decir informante.

Informante tienes malas connotaciones.
-Sí, mejor informador, pero nadie me va a decir informador de actos fallidos. Como sea, busco instalar el coitus interruptus como registro literario.

¿Cómo te las ves, desde esa postura, con el reconocimiento a tu labor como escritor: vas a Guadalajara, te publican en México, te invitan de España, te elogian Quintin y Patricio Pron en Argentina…?
-Uno tendría que decir que está generando un registro que no estaba, tal vez. Pretenciosamente hablando. Como dirían los economistas, estamos abriendo un nicho, que podría ser el de las escrituras territoriales, un ajuste de cuentas de los que vivimos lejos con el registro santiaguino.

Vas a Guadalajara. Te han hueviado con eso, con la contradicción que implicaría con tu poética, etc.
-Yo adscribo a la razón de estado. Soy de la república. No puedo corregir a una comisión, ni soy tan vaticano para decir “no, esto no es tan representativo”.

Hubo defraudados, gente que esperaba de ti un no a la invitación.
-Operó, sí, la manipulación minoritaria, la manipulación moral. El obligarte a decir. Eso me huele a católico. Claro que hay momentos en que todos tenemos que estar contra las grandes injusticias, pero este no era el caso. Y siempre, como sea, son sospechosos los que representan la buena razón o el buen decir. Lo que pasa, tal vez, es que la distancia que uno tiene con el mundo puede que le sirva al centro para decir “miren, aquí está la diferencia”. Puede ser que a uno a veces lo validen por ser diferente, por ser otro, por ser el negrito para llevar a Harvard. Por eso se defraudan con este viaje. Yo me acuerdo cuando la tele, como en la dictadura no se podía hacer nada, tiraba para el lado de la farándula nocturna y llevaba a Zalo Reyes. De repente uno es Zalo Reyes.

RAZÓN MUNICIPAL

“Yo -dice Mellado- soy un escritor sucio, yo trabajo en política de la manera más brutal. No hay ningún escritor en Chile que trabaje en política como yo. Yo participo de una asamblea ciudadana. Todos los lunes tenemos reunión para enfrentar el tema de la basura electoral, para hacer bibliotecas populares, para interpelar a la gobernación. Y escribo sobre eso. Incluso pude ser hasta candidato. Pero no tengo vocación para esa basura. Soy muy fóbico. Y a veces también me siento cínico, porque me veo trabajando para mí mismo, haciendo literatura”.

En la primera página de tu novela Informe Tapia se asume como una misma cosa el “proceso de municipalización del territorio”, llevado a cabo por
Pinochet, y “la desestatización de la república”.

-Sí, la destrucción de Chile se hace a través de la municipalización porque es la atomización del estado. Se convierte a los municipios en lugares manejados por la voluntad economicista, la voluntad de emprendimiento de grandes empresas que compran a los municipios. Chile es un país comprado. Las municipalidades chicas quedaron a merced de la invasividad del proyecto neoliberal. Te compran completo, cambian los planos reguladores y dan legitimidad a los más brutales emprendimientos. Entregan patrimonios chilenos a privados, como ocurrió donde yo vivo, el decreto 130 no es nada más que eso. Incluida la ley de pesca. Y ese complot de la municipalización se lo comen completo los chilenos. Nadie habla mucho de esto.

Los estudiantes.
-Bueno, sí, con el tema educacional sí, pero estructuralmente no, no se cuestiona el modelo municipal. Una de mis luchas políticas es contra los municipios, contra la razón municipal, que es el fascismo puro porque los alcaldes se han convertido en señores feudales: tienen demasiado poder y se convierten en ricos. Son pequeños feudos, da lo mismo del partido que sea el huevón de turno. Es transversal.

¿Y qué te ha parecido esta campaña?
-Los carachos de las palometas me han llamado la atención, el caracho de Chile. Da vergüenza Chile, se perdió el decoro. Y lo otro es la traición del PC al pueblo chileno. Ellos llaman a votar por la Concertación, esa es una huevá indignante.

¿Tienes algún libro en carpeta?
-Un título eventual: La medida de lo posible.