Preguntas insolutas sobre el periodismo, los periodistas y la prensa

Preguntas insolutas sobre el periodismo, los periodistas y la prensa

Columna del periodista Carlos Basso Pregunta clásica de primer día de clases en cualquier escuela de Periodismo: ¿Qué es el periodismo? Cualquier médico, abogado o arquitecto, enfrentado a semejante dilema, tendrá ciertamente alguna respuesta más o menos estándar, o al menos se sabrá algunas definiciones de libro. Recitará el Artículo Número 1 del Código Civil, en el caso del abogado, o al menos podrá explicar cuál es el objeto utópico de su profesión: sanar enfermos, realizar autopsias, limpiar intestinos, construir casas, levantar malls, etc. En el caso del Periodismo, hace 20 años era muy difícil dar una respuesta estándar y, mucho menos, definir el objeto de la profesión. Se podría pensar que este es difundir noticias, pero ahí caemos en el mismo problema anterior: ¿Qué es una noticia? ¿Es una noticia algo bueno, algo malo, algo que se puede categorizar valóricamente? ¿Tienen las noticias una dimensión temporal?¿Puede algo ocurrido hace 70 años ser noticia? ¿Tienen que llevar –las noticias- necesariamente elementos como sexo, morbo, proximidad geográfica? ¿Es noticia la vieja definición de Charles Anderson Dana, aquella de que un hombre muerda a un perro? ¿Es noticia sólo lo que le interesa a un medio, o también lo que le interesa particularmente al periodista? Más aún. En la era de internet ¿Es noticia el video aficionado de un gato cayendo desde un árbol, la joven que estampa una laucha en su carné de identidad como firma, la seudo estrella de algún reality que se inyectó 500 cc. de siliciona? ¿Es noticia la hija de Tom Cruise? ¿Es noticia la cienciología que practica Tom Cruise? ¿Es noticia la última película de Tom Cruise? ¿Es noticia la conversación privada de alguien grabada con una cámara oculta, la nota de domingo a mediodía sobre los grados que marcó el alcotest la noche anterior? ¿Es noticia el cumpleaños de Diego Maradona? ¿Es noticia algo que contenga elementos de ficción, como sostiene Matamala? ¿Es noticia un libro como La Reina del Sur, o la historia de Cristopher McCandless? ¿Es noticia este texto? ¿Es noticia un tuiteo? ¿Es noticia una foto falsa de tiburones nadando –felices de la vida- en el metro de New Jersey? ¿Puede ser noticia algo que sea manifiestamente engañoso, cuando algunos puristas –anótenme aquí, por favor- proclaman que las noticias deben ser verídicas? ¿Es noticia algo que parece no ser noticia, pero que la competencia lleva y por ende hay que llevar también (por aquello de la agenda Setting, ya sabemos)? ¿Es noticia lo que ocurre en el interior de los medios? ¿Es noticia lo que le pasa a los periodistas, los despidos, las presiones, las fusiones de medios? ¿Quién puede definir qué es un periodista? ¿Es necesario un título para decirse periodista? ¿Es aún el periodismo un cuarto poder? ¿Lo fue alguna vez? ¿No será que decir aquello sea una suerte de alabanza espuria hacia los periodistas? ¿Tienen que ser objetivas las noticias? ¿Existe algo medianamente objetivo?¿Existe el “periodismo ciudadano”? ¿Es noticia lo que publica Las Ultimas Noticias? ¿Es noticia la creencia paranormal que pueda tener don Mitt Romney? ¿Es noticia lo que dice una tarotista en un matinal?¿Y los cuentos chinos de Salfate? ¿Es noticia que unos brasileños chantas desconocidos clamen que predicen terremotos? Sinceramente, es muy difícil contestar cualquiera de esas preguntas u otras por el estilo porque, si bien sentido común arroja algunas respuestas en forma casi mecánica, para muchos medios todo ello es parte de sus pautas habituales. Además, muchas de estas interrogantes devienen de la vieja guardia del periodismo, aquella en que el periodista se veía a sí mismo como un caballero de capa y espada que se arrogaba una misión épica, en una forma casi mesiánica en la cual era el llamado a determinar “lo que necesita el público, frasecilla que justificó muchas brutalidades y que permitió que, muchas veces, el periodismo se convirtiera en una simple cartilla de propaganda de derecha o izquierda, como sucedió con gran parte de la prensa de ambos lados entre 1970 y 1973, lo que llevó al sociólogo Patricio Dooner a concluir –en un discreto y notable librito que circuló hace varios años y que aún es posible encontrar con algo de suerte en las tiendas de libros usados- que una buena parte de lo acontecido el 11/S chileno había sido culpa de la prensa, de diestra y siniestra por igual[1]. Hoy, lo sabemos también, es más fácil determinar qué es lo que quiere el público. Basta ver las métricas de cualquier web exitosa para determinarlo: el respetable no es un monstruo, como muchos piensan, sino un tiernucho constructo informe que quiere ver videos de gatitos, de bebés y de cachorritos en general. Haga el experimento. Ponga en su web un video de dos gatitos cabezones –de preferencia, uno negro y otro blanco- jugando con un ovillo de lana y será viral al poco rato. Por cierto, el público también quiere ver videos de gente bailando (cuando más ridículamente, mejor), enterarse de los últimos chismes de las estrellitas de la TV e, igualmente, de los últimos acontecimientos en que hubo 22 señores corriendo detrás de una pelota sobre un pasto verde, la mayoría de las veces. En función de todo lo anterior, parece medianamente evidente suponer que el periodismo requiere redefiniciones urgentes y la verdad es que, más que eso, definiciones, las mismas que nunca han existido y que aparentemente nadie se apura en buscar, pero que son necesarias actualmente porque, por un lado, ya nadie se plantea la vieja discusión entre los paternalistas, que sugerían que había que instruir al público sobre las bondades de la revolución, o lo fabuloso que era la libre competencia, según lo que decían loslibremercadistas pues, claro, estos son los únicos que sobrevivieron y, guste o no, los medios de comunicación formales son empresas y los sueldos se pagan con el dinero que proviene de la publicidad y para conseguirla, se requieren muchos clicks, muchos puntos en el people meter o muchos puntos en las encuestas de lectoría o audiencia. Desde otro costado, el periodismo es quizá una de las actividades humanas más tecnodependientes. Se transforma a velocidades agigantadas, de mano de las tecnologías de la comunicación. Hoy es posible ver un huracán en Nueva York vía streaming, enterarse por un  tuit que un señor que probablemente sea Bin Laden acaba de ser muerto en Abottabad, y se puede despachar audio, video fotos y texto desde un equipo celular que mide y pesa unas 10 veces menos de lo que medían y pesaban las más modernas grabadoras de cassetes, hace sólo 15 años. Por ende, la tentación de convertir cualquier hecho insólito, enternecedor, llamativo o falso en noticia es muy potente, y junto con ello subyace además la tentación de cualquier hijo de vecino de convertirse en “cazanoticias” o cualquier otra denominación que se invente para admitir que, en definitiva, los propios periodistas están abandonando el campo de batalla, en circunstancias que justamente hoy, con la proliferación de “noticias” y la sobre infoxicación que existe, es cuando más se requiere de profesionales que puedan sopesar la validez de un hecho, determinar su veracidad y lograr que las noticias tengan algún nivel de contenidos que valgan la pena, aunque –sin duda-para ello es necesario que antes nos pongamos de acuerdo sobre qué demonios es una noticia.

[1] Dooner, Patricio, “Periodismo y Política: la prensa política en Chile 1970-1973”, Ediciones Andante/Hoy, Santiago, 1989)
Comentarios
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