El otro día me tocó ir a la Feria del Libro de la capital a la presentación de una novela de mi autoría (ruego disculpar autorreferencia, pero a veces la vida es así, autorreferida) y gracias a la calidad de los presentadores todo salió excelente. Las reglas del pudor me impiden dar cuenta del contenido del lanzamiento, que rondó por el lado de la ficción catastrofista de la izquierda y el resentimiento. Después de eso me dediqué a transitar por la feria con dos miembros de mi grupo familiar. No era un buen día para la feria porque no era fin de semana y no había mucha gente, pero era bueno para los clientes. Recorrí los stands y mi señora compró unos libros de sicoanálisis que, a estas alturas, es un tema muy doméstico para nosotros.
Casualmente, en el hall de la feria me topé con el rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, que me reprochó un artículo en que me refería a la venida de Rancière (“Emancípamelo”, se llamaba). El resentimiento una vez más me jugaba una mala pasada.

Luego estuve con los amigos de las editoriales independientes, relegados a un costado de la feria, como correspondía. Cuando ya nos íbamos me encontré con un lector de cuentos llamado Luis, él me abordó muy amablemente y aprovechó de hacerle una crítica a la feria en el sentido de no juntar a los escritores para que compartan y debatan y se conozcan. Coincidimos en que se privilegió a las editoriales, los escritores quedaron relegados a un segundo plano y los lectores al nivel de simples consumidores. Luis, el lector, andaba buscando un libro de cuentos de Patricio Pron y me confesó que él sólo leía cuentos, le cargaba la novela por razones que terminé compartiendo. La novela para él era una pretensión intelectual, una impostura, una especie de demostración de fuerza inútil (no dijo eso exactamente, es una versión mía). El cuento, en cambio, era un objeto estéticamente mucho más depurado. Por algo Borges sólo escribió cuentos.

Compartimos alguna información más sobre cuentistas y sobre la pretensión novelesca. Incluso mencionamos la vieja máxima comparativa de Cortázar de que la novela gana por puntos y el cuento por nocaut. No conversamos más de quince minutos. Nunca había conversado con un lector en esos términos, me refiero a la responsabilidad que ambos asumíamos. Luis, el lector, manejaba un nivel de información insólito y tenía una certeza sobrecogedora en relación con la supremacía del cuento. Tanto, que pensé que debía dedicarme de lleno al género y cambiar radicalmente mi estrategia de obra. Fue toda una revelación. Esa debiera ser la relación entre un lector y un autor, pensé, directa y precisa, cooperativa y quizás corporativa (¿algo de eso planteó Eco en “Lector In Fabula”? No me acuerdo bien).

No creo que haya sido la feria la que haya permitido nuestro encuentro, pero sí la circunstancia, eso mismo pudo haber ocurrido en una librería o en la calle. Una feria no sólo debiera ser el encuentro entre editoriales, público y escritores, creo que la categoría de lector debe ocupar un nuevo lugar en la escena libresca, me refiero al sujeto que lee y es capaz de producir un efecto textual. Otras instituciones debieran ocupar ese registro, quizás la academia o las municipalidades, pero sin caer en la escena de rocks stars librescos que convierte a los lectores en fans o en consumidores interesados en participar del negocio de la mitificación del culto a la personalidad, como los pendejos que fueron a ver a Rancière. De pronto los escritores están muy ensimismados en la peguita menor, autorreferente y de inserción libresca y laboral, y se pierde esa dimensión del lector humilde que anda buscando relatos que satisfagan su demanda simbólica. Sin lugar a dudas se trató de una lección que hay que agradecer.