Si este viernes se acaba el mundo, ha llegado el momento de despedirnos. A los compradores de este pasquín, muchas gracias; la lectura de ustedes ha sido nuestro sueldo. A los señores políticos, muchas gracias también. Fueron el barro con que jugamos mientras nos ganábamos la vida. ¡Que otros mantengan la templanza! Yo miro por la ventana y me dan ganas de llorar a mares. Hasta Teodoro Ribera me da pena. Haber vivido cargando el nombre de Teodoro… Y Carlos Larraín. Si hasta aquí no más llegamos, ese chico achorado se va morir rabiando. ¿Cuáles serán las últimas palabras de Bachelet? A la mayoría, el desastre nos tomará por sorpresa, porque, seamos francos, muy pocos se creen de verdad esta historia del fin del mundo. Algunos de esos, entiendo, partirán a la isla de Juan Fernández, lugar señalado por ciertos hermenéutas como el rincón más seguro del planeta. Y si efectivamente sale del sol una llamarada infernal, ¿por quiénes habría que lamentarlo más: por las guaguas que no vivieron o por los adultos que lo perdieron todo? ¿Se percatarán los animales de la dimensión de la tragedia, o seremos los únicos condenados a sufrir la muerte y su vigilia? Este mundo que termina ha sido bueno con nosotros. Problemas más, problemas menos, la hemos pasado bien.

Quizás los infelices consideren la hecatombe un acto de justicia. Si la dicha no alcanza para todos, que no sea para nadie. Pero lo cierto es que alcanza para todos, la hay de sobra, sólo que para algunos es mucho más difícil hallarla que para otros. Yo creo que Sebastián Piñera intentará salvarse en helicóptero. No podría explicar por qué, pero me tinca que tenderá a eso. ¿Para qué querría alguien salvarse, si todo el resto va a morir? Yo no desearía que mis hijos sean los únicos sobrevivientes. El amor a la vida tiene un límite. Como decía San Anacleto: “Si es todo terrible, no tiene chiste”. Está lleno de películas y libros de ciencia ficción, sin embargo, obsesionados con un protagonista hiperventilado que supera impresionantes dificultades para salvar a su familia. En fin, también quisiera despedirme de los dueños de los supermercados, en especial del señor Paulmann, en uno de cuyos primeros boliches, ubicado en Av. Kennedy, a la edad de diez años fui sorprendido por un guardia de seguridad cuando intentaba robarme un Sahne-Nuss. Me llevó a una sala al fondo del hipermercado, me registraron para comprobar si no llevaba otras mercancías y me hubieran mandado a la comisaría más cercana si en eso no aparece mi mamá para pagar la especie hurtada. ¡Tanta cosa por un Sahne-Nuss, señor Paulmann! ¡Imagine la de vidas que pudo mejorar si le hubiera dado chipe libre a los hambrientos! Ahora que todo termina, ¿qué hará con su dinero? En todo caso, no se preocupe. Es imposible que esta historia se acabe por completo. He vuelto a mirar por la ventana ya más calmo, y son demasiadas las hojas, los pájaros, los bichos y las nubes. No hay fuerza capaz de apagar este espectáculo completamente. Cada tanto, sin embargo, vendría bien tomarse en serio la desaparición imaginaria de cuanto somos y lo que nos rodea. Pone las cosas en su sitio. Cambia el foco de lo admirable.