Karina Sepúlveda lleva catorce meses en la cárcel por matar de un balazo a su pareja, Claudio Reyes. Durante dieciocho años, él la torturó física, sicológica y sexualmente. Todo eso está acreditado en el proceso que se le sigue a Karina. Un día de octubre del 2011, ella aprovechó que él dormía para matarlo. El día anterior, Reyes había extendido los golpes a su hijo, de 17 años.

Hoy, Karina enfrenta la primera jornada de su juicio oral, un proceso que se ha alargado mucho.

Una semana antes, después de Navidad, converso con ella en el patio de visitas de la cárcel de San Miguel: un gimnasio techado y caluroso. Sus padres y su hermana trajeron a su hija menor, A , para saludarla y recibir algunos regalos. Alrededor, un montón de niños gritan abriendo paquetes y compartiendo un desayuno con sus familias. Las voces retumban en el gimnasio y tenemos que hablar casi a gritos.

Karina me cuenta que este jueves ella comenzará declarando. Sabe que lo hará frente a toda la familia de su ex pareja. Le han aconsejado que antes de contestar cada pregunta en el tribunal respire y cuente hasta tres.

-Estoy nerviosa porque no sé qué va a pasar -dice.

Son los nervios de la espera, más la incertidumbre de enfrentarse a las preguntas de un fiscal, Patricio Vergara, que ha logrado extender su prisión preventiva en más de un año apelando que necesita más testigos para finalizar su investigación.

Hasta ahora, la fiscalía cuenta con seis testigos. La defensa de Karina Sepúlveda, a cargo del abogado Nelson Cid, tiene dieciocho. La demora en la investigación, dice Karina, se debe a que Vergara intenta probar que ella tenía un amante. Pero ella y sus cercanos saben que nada justifica las agresiones que sufrió.

Karina se ve más tranquila que cuando la entrevisté hace seis meses. Hay menos urgencia en sus gestos -conmigo, con su hija menor, con sus padres que la visitan- y cada vez que habla se refiere al momento en que salga del encierro, cuando lo primero que haga sea ir a buscar a sus hijos. Dos de ellos, los mayores, viven con los padres de su ex pareja; la menor, con los padres de Karina.

En los meses de espera al juicio, Karina ha trabajado limpiando sectores de la cárcel tres veces a la semana. Empezó con unos salones y siguió con el gimnasio, el patio de visitas. La plata que gana se la envía a sus hijos mayores. El año pasado la Navidad fue “muy fuerte”, dice: no hubo cena. Este año se reunieron cinco amigas internas y celebraron en torno a una mesa bonita.

-De repente uno tiene que asumir y esperar, tener paciencia. Yo tuve paciencia tantos años. Pero las fechas se cumplen- dice.
Hace un mes, mientras veía el noticiario en la televisión con sus compañeras de prisión, Karina se enteró de la muerte de la alcaide de la cárcel San Miguel, donde está recluida. Marisol Estay, de 38 años, fue asesinada por su pareja, el alcaide de la cárcel de Putaendo, en San Felipe. Durante una discusión, Luis Ardiles le dio tres disparos y luego se suicidó.

Karina dice que cada vez que ve una noticia de este tipo piensa que a ella también le podría haber pasado.
-Es que nadie está libre de esto. Yo estuve a punto de que me mataran muchas veces. Una funcionaria de Gendarmería me dijo, “tú lograste librarte, Karina, ella no tuvo la oportunidad”.

No es primera vez que las gendarmes le manifiestan su apoyo. Le dicen que no debería estar encerrada, que no pertenece a este lugar. Lo mismo sus compañeras de reclusión en San Miguel. Cuando ha ido a tribunales escucha de parte de las funcionarias lo mismo. “Tú no deberías estar aquí”.

SE TERMINÓ EL LLANTO

Karina reconstruye lo que ha pasado desde que la mañana del 17 de octubre del 2011 mató de un tiro en la cabeza a su pareja durante dieciocho años, Claudio Reyes.

El recuerdo más antiguo es el terror a que Reyes, muerto en la cama, volviera a levantarse y maltratarla. Todavía se ve a sí misma pidiéndole a sus hijos que no metieran bulla para no despertarlo. También recuerda las palabras del carabinero que la tomó detenida cuando se entregó: “Quédate tranquila, porque ya no te va a molestar más”.

Los resultados de los exámenes sicológicos a los que la sometieron los recuerda bien: “decían que era apta para vivir en la sociedad, que había sido víctima de violencia, que no era agresiva y que era muy sensible con la familia”, cuenta. También tiene claros los peritajes de la PDI que fotografiaron las 64 cicatrices que acumuló su cuerpo después de 18 años de torturas. Luego vino el encierro y el fiscal Vergara desestimando la prueba de su fractura de mandíbula y otras más.

Karina sabe que las declaraciones iniciales de sus dos hijos mayores han cambiado con el tiempo. En la primera, C., de 17 años, reconoce haberse cansado de pedirle a su padre que no le pegara más a Karina y “terminar encerrándose en el dormitorio”. En su segunda declaración, le recrimina a ella no haberse hecho cargo de su casa. Y Karina está segura de que el fiscal intenta afirmarse de esas ideas. Dice que en las audiencias la ha hostigado tratándola de mala madre, “cuando yo todo lo he hecho por mis hijos”. Karina era la que mantenía la casa, trabajando en una feria. Él era lanza internacional y después se retiró y se quedó en la casa.

-¿Qué ley dice que está mal que un hombre se haga cargo de su casa y sus hijos cuando la mujer está trabajando?- se pregunta ella, y no olvida lo que le dijo su hija de 13 años la última vez que la vio, cuando la fue a visitar a la cárcel el año pasado: “mamá, no tienes que llorar porque esto ya se terminó y ahora vamos a poder salir, ir al mall, comer y vivir tranquilas. Ya se terminó el llanto. Si nos invitan a un cumpleaños, vamos a poder ir”.
Después de esa visita no hubo más contacto. Karina acusa que han manipulado a los niños y que ahora sus hijos mayores no quieren visitarla. Tampoco han enviado ninguna respuesta a las cartas que les manda, pero ella siente que se ha acercado a ellos a través de lo que les escribe. “Me motivo harto en hacerles cartas”. Cuenta que no los encuentra en Facebook. Recuerda que todos los días mira sus fotografías –que están colgadas en su celda- y sabe que lo primero que haga cuando la suelten va a ser ir a buscarlos. Tiene miedo de que no quieran verla.

En tres días más, Karina cumple 34 años. “Imagínate me concedieran la libertad”, me dice.

-Me merezco la libertad por mis hijos. Yo sufrí pero ellos también. Asumo la culpa de mis errores, de que mentí cuando dije que no me maltrataban, que me equivoqué. Pero no por eso me tienen que encarcelar. Se han visto tantas libertades injustas, a cuántos violadores han dejado libres. Eso es injusto –dice Karina en la puerta de la cárcel antes de despedirse. Luego, agrega pensando en la audiencia de hoy: -Mientras más mujeres vayan a apoyarme, mejor.