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Opinión

13 de mayo de 2013

Nuestro amor era la muerte

Por Tal Pinto Dos jóvenes son amantes y luego ya no lo son más. Ella es actriz, él un aspirante a escritor. Van a fiestas donde consumen cocaína, marihuana y mucho alcohol. Tomás y Amanda (Manuela, Mariana) toman la decisión de pasar una temporada en Barcelona para que él estudie lo que quiera y escriba […]

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Por Tal Pinto


Dos jóvenes son amantes y luego ya no lo son más. Ella es actriz, él un aspirante a escritor. Van a fiestas donde consumen cocaína, marihuana y mucho alcohol. Tomás y Amanda (Manuela, Mariana) toman la decisión de pasar una temporada en Barcelona para que él estudie lo que quiera y escriba una novela. El plan se viene abajo cuando Amanda (Manuela, Mariana) hace escala en Nueva York, se enamora de la Gran Manzana luego de un encuentro con una pordiosera negra y medio loca y un tour improvisado de la mano de un homosexual chileno (canadiense, norteamericano), y estima que para crecer debe abandonar la idea de su vida con Tomás y entregarse al desenfreno de la vida neoyorquina.

“El arrebato”, la primera novela del guionista Sebastián Arrau, es un retrato desmayado y cursi del ocaso del taquillero amor juvenil de Tomás y Amanda (que luego se llama Manuela y más adelante en el relato Mariana). Los personajes centrales del drama amoroso son bosquejos ríspidos: Tomás es algo así como la imagen más pueril posible del aspirante a escritor de clase alta, enfangado por nociones terriblemente básicas de lo que es la literatura, que considera “poéticas” algunas de sus frases, malhumorado y depresivo, una suerte de Matías Vicuña todavía más plano. Amanda – o Mariana o Manuela- es todavía peor. Es un diseño de mujer que confunde capricho con libertad, reduciendo sus decisiones a “la falta de un raciocinio”. Apenas sabe escribir, sin embargo, sabe “sentir” (es, después de todo, actriz).

Con el correr del tiempo, Amanda –que ya se llama Mariana- consigue cierto éxito en la escena neoyorquina y, ahora de la mano de una organizadora de fiestas profesional y un cineasta español medio amanerado, se convierte en una chica Warhol, una chica Studio 54, sólo que treinta años después. Por su lado, Tomás comienza con desgano y sufrimiento a desprenderse de la idea amorosa de Amanda. La novela se cierra en una nota espantosa. Mientras toman un café, ella parlotea sobre su vida en Nueva York intercalando anglicismos, frases de moda, y en toda regla, ignorando que frente a ella está su antiguo amante. Amanda se transformó en una mujer pagada de sí misma. El crecimiento, la maduración de una mujer con intenciones artísticas, la convierte en una egocéntrica temerosa.

No hay mucho más que añadir a “El arrebato”, salvo que es una novela de formación realmente atrasada, mal escrita, plagada de cursilerías, estructuralmente deficiente. La aparición de un tercer personaje, el escritor de la novela que estamos leyendo, es una recursión que no dota de ninguna autoconciencia a la novela. El escritor de “El arrebato” advierte que comenzó a escribir esta novela once años atrás y la culminación del proyecto es una deuda con el pasado (“Yo soy Amanda, yo soy Tomás…”), una forma de evaluar el comportamiento de los antiguos amantes. La realidad es otra: esos once años trajeron muy poca reflexión, y el escritor no entiende, o no puede entender, o no puede ver que el recuento de la descomposición del amor reclama mayor hondura psicológica, mayor sensibilidad, mayor, en suma, talento.

El arrebato
Sebastián Arrau
Editorial Planeta, 2013, 183 páginas

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