Roma, julio 2012

Me puse a revisar mis recuerdos de la época del NO, viejas revistas, fotos y diarios, cartas, afiches y me empezó a doler la guata y mientras preparaba el almuerzo se me cayó una lágrima en la salsa de tomates. La verdad es que me dio pena y, cierta angustia. Un flash back emocional que no sentí siquiera cuando vi el estreno de la película No de Larraín en Cannes, porque hurgeteé en mis propios recuerdos y éstos gatillaron esa custión en la guata (miedo se llama) con la que viví toda mi adolescencia, todos mis primeros años de adultez, hasta bien grande fue, porque después del NO los miedos quedaron intactos, las pesadillas con milicos las tuve hasta después de Frei creo yo, era siempre el mismo sueño: en una iglesia corríamos desbandados perseguidos por los milicos y yo me hacía la muerta, me tiraba al suelo en medio de los cadáveres, porque ni en la iglesia estábamos protegidos, ni dios se ocupaba ya de los chilenos, es más, cómplice los dejaba matar.

Una juventud sin padre protector, sin dios ni ley.

Hacerse la muerta para salvar la vida es también esconderse, es una canallada, es vivir con los ojos cerrados, es renunciar a la vida por miedo a morir. A esa pesadilla, a esa alternativa me rebelé.

LA TRIBU
“Quién lucha puede perder, quién no lucha ha ya perdido” V. Hugo

Algo como el instinto me decía que habían otras formas de sobrevivir, en 1984 – 85 encontré la mía: la tribu, la familia alargada; un movimiento artístico en el que confluían músicos, cineastas, actores, pintores, poetas, escritores unidos por el deseo de romper con tabus, encontrar espacios de expresion, fabricar ideas, crear nuevos lenguajes, dar rienda suelta a la experimentación, denunciar la represión, buscar aire puro, salvarnos del silencio y del aislamiento que se imponía. Era un movimiento sagrado porque era sano, porque era intuitivo, concreto y dionisiaco y nos transportaba al centro de la vida: ser y evolucionar.

El acertado nombre Pinochet Boys marca a esta tribu que invocando esa potente realidad, pretendía revertir. Podíamos transformar la realidad: éramos alquimistas sicodélicos y si bien la época nos marcaba como hijos de la dictadura, éramos capaces de transformar el plomo en oro. Se acudía a sesiones de LSD guiados por las lecturas de Timothy Leary y de San Pedro que alguien traía del norte; entonces sabías que el miedo no eres tú porque éramos un Uno con los otros y en la unidad no había peligro, ni tampoco en la creación, en el arte nos sentíamos entregados al espíritu de la colectividad, un público hambriento que en vivo nos sostenía con su presencia porque lo que ahí ocurría, en cada fiesta de El Trolley o Matucana 19, en cada concierto, en cada performance era un signo de libertad, de confianza mutua, de asistencia, de solidaridad, de comunión. Cuando el ditirambo ocurre la guerra se retira.

Nunca hablábamos del miedo, el coraje de la juventud y las enormes cantidades de hormonas nos hacían temerarios, reíamos, bailábamos como locos, frecuentábamos lugares peligrosos, bares llenos de ratis y putas como la Casa Cena y las discos de trans donde a veces iban los CNI tanto a hacer redadas como a huevear y sapear.

La tribu se movía entre Plaza Italia y Matucana y entre Club Hípico y Mapocho. A veces se subía al Barrio Alto, Providencia, donde la potentada amiga Paula Zobeck nos acogía en su super boutique, después estaba el Burlitzer, y se me olvidaba Bellavista, donde tenía casa y taller Pablo Domínguez y la casa de Punta Arenas que compartíamos con amigos entrañables Tahía y Cecilia Gómez, Daniel Valdés y Pablo Barrenechea y donde viví cuando nació mi hijo.

Era divertido, aplanábamos las calles, caminábamos como dementes buscándonos los unos a los otros y organizándonos para vernos, siempre, a todas las horas, ojalá todos los días. Nadie tenía teléfono (los celulares no existían) para encontrarnos había que caminar. Fiestas interminables, amores, protestas, bares y trabajo, trabajo creativo como un océano, olas y más olas de ideas, recogidas en las casas que arrendábamos en grupo y que eran sala de ensayo y parque de diversiones. Había un abuso endemoniado de creatividad, amor, sexo y desafío y terror a dormirse. En las noches se escuchaban disparos.

En 1987 viví un rato en el departamento arriba del galpón de Matucana. En el galpón se abrió un espacio de ensueño gracias a su dueño Giordi Lloret que regresaba de España. Eventos enormes de música, teatro, arte y política se realizaban juntando fuerzas, talentos y monedas. Por allí pasaron todos, los Bororos, Samys, Barrenecheas, los Electrodomésticos, los Upa, los Prisioneros, hasta las Cleopatras, no voy hacer la lista, me puse a mirar y han hecho hasta libros sobre esto, escritos por plumas profesionales. Se convivía con los vecinos de Estación Central, en las madrugadas cuando no había toque de queda íbamos a comer sopaipillas y huevos duros a la Estación. Nos hicimos amigos de las putas y travestis de la calle Maipú, de San Camilo y de la calle San Martín donde estaba El Trolley. Todos sufríamos del mismo mal: la dictadura.

Estaba embarazada de varios meses cuando realizamos la performance Teorema inspirada en la obra de Pasolini bajo la dirección de Vicente Ruiz, música en vivo del Tv star de los Dadá. Con una estupenda cola de crin de caballo y mi guata resplandeciente me subí a mesas con fuego, a una camilla con botellas colgantes que hacían música. Teorema sigue siendo una de mis performance favoritas. En una mesa inestable que se movía como si hubiera un terremoto, los personajes trataban de tomar el té. Era como todo en Chile, seguíamos haciendo las mismas cosas solo que el terreno tambaleaba. La dictadura empezaba a tambalear también.

Más de una vez hicieron redadas, entraban batallones armados y nos ponían contra la pared, mujeres a un lado y hombres al otro y después nos llevaban detenidos. Amedrentamientos que ya no podían espantarnos. Nosotros no creíamos que la dictadura terminaría pero queríamos tanto. Creíamos en nosotros y nada más, en el poder de la voluntad en la libertad del ser que no se calla. Me acuerdo una obra de Vicente Ruiz en el Trolley que siguió con velas hasta el final después de un apagón.

EL PLEBISCITO
creer en el canto

El 88, el año del plebiscito yo era una joven madre, una actriz underground, una anárquica sicodélica con poca fe en la política con mucha fe en el arte como antídoto a mi pesadilla.

Habíamos odiado la visita papal del ’87, como lo más podrido que le podía ocurrir a Chile: la Iglesia que nos debía proteger una vez más adhería a los poderes fácticos y criminales reconocidos, saludando desde La Moneda. ¿Y entonces? ¿se podía creer en algo sino era en las armas para derrocar al régimen?

Nadie creía que el plebiscito se realizaría en transparencia pero al final hasta nosotros, los seudo punk de la escena santiaguina fuimos a votar y pienso que la esperanza del cambio nos invadió como una ola gigante y purificadora.

El 5 de octubre de 1988 dejé a mi hijo de pocos meses en casa de mi madre y partimos caminando por Eliodoro Yáñez hasta frente al Diego Portales y esperamos, esperamos y cantamos, me gustaba tanto la canción: les ganamos con el lápiz, les ganamos con el lápiz…!
La fiesta duró hasta tarde. Era como despertar de la pesadilla, mejor, era como si la pesadilla de pronto se transformara en un sueño reparador, en un sueño a color. Esa noche todos creímos.

LA TRANSICIÓN
o hacerse la muerta en bikini

Encontré entre los cachivaches una portada del diario La Época, con fecha 20 de noviembre 1988 titulaba: Pinochet amenaza con anular el plebiscito, si la oposición no se define acatando la Constitución.

Abajo del titular una foto: Jacqueline Fresard y Patricia Rivadeneira en bikini inaugurando la temporada de piscinas, en el cerro San Cristóbal, para muestra un botón de la paradoja en que vivimos esos años.

Así era esa vida, entre el pop y el horror, y el horror era como pan de todos los días, la normalidad del horror.

Pero después del plebiscito, creíamos! Qué todo iba a cambiar de verdad! y que la justicia llegaría rauda como nuestras canciones, veloz como el rock, implacable como nuestras voces de protesta…ligerito caímos de las nubes, con los diferentes acuartelamientos durante el gobierno de Aylwin a los que se respondió agachando el moño ¿por qué no salimos a las calles a protestar? ¿La transición exigía hacernos los muertos? La orden era quedarse en casa.

¿Por qué? Teníamos la fuerza, teníamos los votos y la temple. Habíamos esperado largos 17 años y éramos los vencedores. Según yo la transición habría sido más rápida y eficiente y no nos habría desgastado hasta hacernos parecer unos huevas, como aparecemos en la última escena de la peli de Larraín, celebrando sin darnos cuenta que nos capturaron en una trampa de ratas de laboratorio.

En noviembre del’89 empezamos a rodar Caluga y Menta, volvimos del norte justo para ir a votar por Aylwin. Esa película que ya antes que empezara la democracia describía con tanta claridad que el futuro que esperábamos ya había pasado.

Después vino todo lo otro, la política, la democracia vigilada, la democracia más democrática, la democracia neoliberal, la democracia desgastada, la democracia que no sabe por quién votar. LA DEMOCRACIA ¡m-a-r-a-v-i-ll-o-s-a-y-b-i-e-n-a-m-a-a-d-a!