Ahora resulta que el gran enemigo de la democracia es el voto voluntario. No son pocos los políticos que lo culpan de la baja participación. Los pobres, dicen unos, votan menos que los ricos, de manera que si no se les fuerza, en las elecciones quedarían sub representados. Aclaro, desde ya, que a mí me encanta votar y que un país en que todos participan me parece harto más admirable que otro en que las mayorías se desentienden de la comunidad. Creo, además, que no sólo de derechos vive una democracia, sino también de deberes, y que quizás uno de ellos tendría que consistir en sufragar cuando el colectivo requiere una decisión conjunta. Lo digo para evitar malos entendidos. Pero de ahí a contentarse con que los pobres no votan porque no se les obliga, bordea la sinvergüenzura.

Equivale a culpar por la flojera a la ausencia del garrote, y explicar los delitos por la falta de policías. En las galeras de los barcos los esclavos remaban a latigazos. No los movía la recompensa ni las ansias de llegar a puerto, sino el miedo a la represalia. Es muy probable, por otra parte, que sea más difícil asaltar a un hombre con guardaespaldas que a un caminante incauto, y que los ladrones prefieran entrar a una casa descuidada antes que a su vecina protegida por franco tiradores. No se trata de un argumento extraño, lo escuchamos todo el tiempo, así como en los colegios con aulas numerosas y rentables los profesores prefieren medicar a los niños inquietos en lugar de esforzarse por conducir sus energías: si el niño no aprende, es porque no le dieron su Ritalín. De responsabilidades propias, ni hablar. Pero resulta que las ciudades con menos delitos no son las con más policías. A estos se les necesita para controlar los efectos nefastos de problemas mucho más profundos. Pregúntenle a los argentinos, donde bastó que la fuerza pública se declarara en huelga para que comenzaran los saqueos.

En los pueblos armónicos, en cambio, los carabineros también duermen siesta después de almuerzo. De esos pueblos, sin embargo, van quedando pocos, y no estaría de más preguntarse por qué. Lo mismo sucede con la participación política. Chile no es una excepción. Nuestros actuales niveles de participación bordean los de buena parte de las democracias maduras del planeta. No se trata de un dato estimulante, pero tampoco justifican la histeria que parece estarse preparando para el día siguiente a nuestra jornada electoral. ¿A qué se deberá la creciente falta de participación? Algunos la llenan de contenido y le asignan una indemostrable decepción, algo parecido a lo que dicen los taxistas: “cualquiera sea quien gane, yo tengo que trabajar igual”. Otros, más llorones todavía, ya hicieron suyo el slogan de que los políticos son todos igual de ladrones para explicar el fenómeno. Yo creo que algo tienen que ver las nuevas tecnologías, que permiten al menos la ilusión de pertenencias mucho menos institucionales. También la falta de educación cívica y el desprestigio de la política, la convicción de que la ganancia individual es lo único de verdad importante. Y en nuestro caso particular, la certeza generalizada de que no está en juego el resultado, que votos más o votos menos, Michelle Bachelet será la próxima presidenta de Chile. Agregaría todavía un argumento más a esta lista precaria: la sensación de que nada grave sucederá, porque en tiempos de alarma, la gente corre a votar.