Lo que llama la atención no es que algunos comentarios vertidos por mí en una entrevista concedida a revista Paula susciten controversia, -las palabras de los escritores suelen hacerlo, o debieran- sino que el diario La Tercera formule una suerte de quién es quién en las nuevas generaciones de escritores chilenos a modo de respuesta con una gráfica muy elocuente donde aparecen todos ellos muy serios sentados a una mesa. Lo que nunca pensé es que mis palabras tuvieran el alcance secundario de dar nacimiento a una nueva generación. Este ayuda memoria, el listado, ¿constituye la proclamación de una nueva generación? Bienvenida sea. No es de mi incumbencia discutir las membresías de una mesa de índole artúrica (se me vienen de inmediato a la cabeza dos o tres nombres faltantes, y ojo que vienen otros), cada cual es libre de autoconvocarse, de autoproclamarse lo que quiera que sea, ni es mi tarea pronunciarme si es apresurado, aventurado o arbitrario, eso lo verán sus pares.

Además de que es el tiempo y la historia la que pone orden en estos asuntos, con la sola exposición de aquel who’s who, la cuestión de fondo de mis dichos no ha sido respondida. Dado que me gusta sobremanera la discusión literaria y mis opiniones eran justamente eso, literarias, me veo en la obligación de insistir y ahondar en ellas.

Un primer aspecto. La llamada Nueva Narrativa respecto de la que esta generación, según el artículo, se define por oposición, no pretendió jamás ser tal cosa, una generación, ni siquiera un movimiento. He debido repetir hasta el cansancio que no fue un proyecto de nada, sólo la coincidente publicación de determinados títulos en una sola colección, Biblioteca del Sur, de editorial Planeta (convocados por Ricardo Sabanes y Juan Forn, no por Carlos Orellana) y con cierta simultaneidad en el tiempo.

Si tal vez nos diferenciara de las nuevas generaciones el hecho que aquellos escritores desconocíamos absolutamente a nuestros lectores, éstos nos eran totalmente desconocidos, por lo que no escribíamos con focus grup, ni se pretendía seducir o halagar a grupos identitarios o de pertenencia o afinidades emocionales. Era la literatura como tal y su contenido las que estaban juego. Estos libros, a modo de método de trabajo, son: Oír su Voz de Arturo Fontaine, Gente al acecho de Jaime Collyer, Mala onda, de Alberto Fuguet, Morir en Berlín, de Carlos Cerda, y La ciudad anterior, de mi autoría. Unos y otros interpelaron a distintos sectores de la sociedad de su tiempo, y generaron distintos tipos de discusión, pero tuvieron la virtud de estar en el centro de la discusión social. Menciono esta centralidad como un aspecto fundamental de esa narrativa. Pero tan inorgánico era tal susodicho grupo que no existía como ocurre ahora con los autores mencionados arriba, una crítica amiga normalizada, ni el subsidio de un diario específico, ni cadenas de radio afines (todo ello de un mismo grupo económico), ni editoriales, ni menos contaba alguno con el entero departamento de letras de una universidad a su disposición.

Es por ello cuando leo en el artículo en cuestión que este grupo se pretende o se mira sí mismo como marginal, uno salta de la silla…¡¿Qué?! Con seguridad no hay registro en la historia de la literatura chilena un grupo más organizado, institucionalizado, academizado, con más desarrollado sentido de aquello que su crítico mayor Ignacio Echeverría llama “espacios de poder”, finalmente, con más sentido estratégico, que los mentados escritores. El artículo que nos ocupa es parte de esa estrategia. En medio de ese enclave de poder tan férreo, me pregunto por la vitalidad de la obra que pueda surgir de ahí, y a eso me referí en mi entrevista. Dije que buena parte de la literatura que veía faltaba de energía y en su prosa, de color y olor, que su lectura era como ver televisión en un viejo televisor en blanco y negro. Y debo suponer que es deliberado. Una prosa escasa de sustantivos, sintaxis sin riesgo, una narrativa carente de tiempo (transcurso, instante y duración), de lugar físico (locaciones) y escena, que reemplaza el argumento por el estado de ánimo, confunde lo realista con lo domestico, que ha simplificado el lenguaje hasta su mero fin utilitario, que se detiene en una estación previa a la trasmutación literaria, (lenguaje metáfórico, poder cognitivo, exuberancia en la dicción, que pide H.Bloom), como si se escribiera con cierta pesadumbre o vacilación, o derechamente se trate de una obsecuencia meditada al servicio de la dificultad lectora ambiental. Por lo mismo, me pregunto, ¿para qué alguien querría escribir una novela si no pretende escribir una novela? Nadie está obligado a lo imposible. Basta con no escribirla. ¡Exégesis mis amigos, elaborad vuestra exégesis!, y así, más adelante, cuando el tiempo decante las cosas, tal vez podamos conversar.